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Cuatro años de la invasión rusa

El conflicto en Europa convierte a Rusia y Ucrania en principales potencias mundiales de la guerra de drones

Un 70% de bajas en el frente ya son provocadas por robots más baratos que los medios que hay que emplear para abatirlos

Un soldado ucraniano carga un dron multipropósito Leleka 100 en el frente de Zaporiya.

Un soldado ucraniano carga un dron multipropósito Leleka 100 en el frente de Zaporiya. / KATERYNA KLOCHKO - EFE

Juan José Fernández

Juan José Fernández

Madrid
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En una curva de esa carretera por la que se espera que avance una columna blindada enemiga, un furgón se adelanta a su llegada y se detiene en una cuneta, al abrigo de unos árboles. De sus puertas laterales abiertas empiezan a saltar, no soldados, sino pequeños drones con ruedas y orugas, algunos con patas, como insectos. Los más ligeros apenas llevan una cámara, un emisor y una antena. Los medianos son como cochecillos de juguete que acarrean una mina. Los más grandes corren hacia los altos de un monte cargando cohetes RPG antitanque.

Cuando el convoy adversario aparece, le está esperando el pelotón de máquinas. Los drones antena detectan la llegada, y envían señal e imágenes a un puesto de mando y control, donde el comandante humano decide dar vía libre, y entonces los pequeños kamikazes minadores corren a situarse bajo las ruedas de los vehículos de delante y detrás del convoy, saltan, se adhieren a los bajos, y estallan.

La columna y su dotación humana de soldados quedan bloqueados, como un mamut en una trampa. La vanguardia y la retaguardia en llamas impiden avanzar o retroceder. Los portacohetes, alertados por los drones vigías, buscan línea de disparo y atacan al resto de la comitiva. Todo esto está orquestado por otro dron, este volador, que hace de repetidor de las órdenes del mando y control situado a, pongamos, 10 kilómetros de distancia.

La escena no es de un guion para una entrega de la saga Terminator, sino la propuesta de la firma Tamerland, que no es una multinacional, sino una pyme ucraniana de desarrollo de armamento robótico de última generación.

Con este vídeo demostrativo, la firma ucraniana Temerland propone sus sistemas de defensa combinada con drones

Tamerland

No es casual que la firma opere en Ucrania. Ya no es la misma la nación que comenzó su resistencia contra la invasión rusa en febrero de 2022 encomendando su gobierno desesperadamente a los vecinos de Kiev que prepararan cócteles molotov con lo que tuvieran por casa para integrar brigadas civiles contra los carros de combate rusos. Cumpliéndose ya cuatro años de invasión, la defensa público-privada ucraniana ha evolucionado hasta desarrollar un ecosistema de start-ups de la guerra, que, “la verdad, en Occidente nos deja boquiabiertos”, comenta un coronel español de Tierra frecuentador de ferias de la industria de defensa.

Grandes proporciones

El campo de batalla de la guerra ruso-ucraniana es propicio para que florezcan estas iniciativas de defensa, que el gobierno de Ucrania impulsa con una plataforma industrial, Brave 1, tractora de ideas de ingenieros y empresarios de dentro y fuera del país. Hay capital comprometido de 45 sociedades europeas, interesadas en cosechar el know how que mana del frente. Y hay millares de personas de la enorme diáspora ucraniana que, en su exilio, aportan propuestas, colectas y material en una distópica versión de economía colaborativa.

En Rusia, el enfoque es menos moderno: grandes plantas para grandes tiradas de grandes drones fabricados por grandes plantillas de técnicos… situadas lejos del alcance de las armas de Kiev, en la república petrolera de Tartaristán. A 800 kilómetros de Moscú, al sur del Volga, cerca de Kazán, se extiende otro de los focos de esta nueva industria. Aunque también han desarrollado en Moscú un centro de experimentación de guerra drónica. Lo llaman Rubicón.

Tras cuatro años de guerra, las proporciones del fenómeno le dan talla de hito histórico. Ha habido informes de analistas militares occidentales que han cuantificado en casi un millón los vuelos y merodeos de drones que, de una manera u otra, han llegado a operar en 24 horas en un frente de 1.500 kilómetros de extensión.

Las trayectorias de los bombardeos nocturnos que sufre Ucrania con drones y misiles (es tenue la frontera entre unos y otros) acribillan el mapa. Y los escenarios de choque se plagan de finos hilos blancos, como una telaraña, pero no de seda, sino de fibra óptica con que se guía a los robots para evitar interferencias por radio de la guerra electrónica.

Un soldado de la 65 Brigada Mecanizada ucraniana pueba un dron terrestre (UGV) armado con fusil y cohetes anticarro..JPG

Un soldado de la 65 Brigada Mecanizada ucraniana pueba un dron terrestre (UGV) armado con fusil y cohetes anticarro..JPG / UKRAINE'S 65TH MECHANIZED BRIGADE PRESS SERVICE

Los sistemas no tripulados son la pesadilla de los soldados en el frente, y de los civiles en la retaguardia urbana ucraniana. A los bombardeos nocturnos rusos con drones kamikaze sobre barrios y centrales eléctricas les suceden de día las emboscadas robóticas ucranianas a pelotones de soldados, blindados y vehículos de aprovisionamiento.

Ninguna de las fuentes militares consultadas cree exagerado sostener que las máquinas no tripuladas son para la historia de la guerra similares a lo que en su día fue la llegada del carro de combate o el despliegue del submarino. Una de ellas, alto oficial analista del ministerio español de Defensa, cree que es inseparable la revolución de drones y vehículos autónomos de la otra, gigantesca, que la se desarrolla a la vez: la de la inteligencia artificial.

Pero, pese a la magnitud del cambio, "las revoluciones hay que interpretarlas bien", matiza. "Hay cosas que están cambiando, como un campo de batalla hipersensorizado y con reacciones rapidísimas -argumenta-. Sin embargo, puede que no se reproduzcan exactamente las condiciones del frente ucraniano, estancado durante años, superfortificado y en el que ha habido tiempo de desplegar decenas de miles de operadores de drones que se conocen el terreno de memoria".

Así las cosas, cree este oficial, "puede que, en los momentos iniciales de una guerra, que suelen ser decisivos, exista todavía una guerra de maniobra muy rápida, en la que será esencial la interacción entre drones, humanos y vehícuos nodriza de drones, que quizá en eso se conviertan carros y aviones de combate".

Noches sin dormir

Los estados mayores ruso y ucraniano son hoy impulsores de los dos principales vectores industriales del planeta en fabricación del arma robótica. Traen novedades que aguantan solo meses sin ser rebasadas por otras. Consiguen con sus cámaras la transparencia al campo de batalla, disipando la llamada “niebla de la guerra”; implantan la primera “franja de exterminio” dominada por máquinas en la historia de la Humanidad y con su golpeo cruel e indiscriminado a menudo se incurre en crímenes de guerra cuya atribución será difícil para un tribunal, si alguno se constituye cuando cese el conflicto, e investiga, por ejemplo, quién dirigió un cohete inteligente contra la maternidad de Mariupol, o quién decide en la batalla, con joystick y pantalla, la implacable denegación de ayuda médica a los heridos.

El uso de máquinas autónomas que matan a distancia reduce el espacio de la piedad y ensancha el de la impunidad. También el del terror: “Una noche con más de 300 drones y misiles cayendo resulta difícil de concebir en España -argumenta el coronel experto en industria de defensa-. Imagínate 300 explosiones como las del 11M en Atocha, pero por ciudades de todo el país y en unas horas”.

En enero pasado, según dos entes observadores -el estadounidense Institute for the Study of War (ISW) y el británico RUSI (Royal United Services Institute)-, llegaron en las noches ucranianas alrededor de 143 drones rusos de media, con picos de bombardeo masivo con 425. La defensa ucraniana ha contabilizado en más de 19.000 las veces que, en 2025 y en cualquier punto del país, ha tenido que activiar las sirenas antiaéreas y las alertas de bombardelo enviadas a los teléfonos móviles.

Trayectorias de drones y cohetes lanzados por Rusia sobre Ucrania en la noche del 16 al 17 de febrero.

Trayectorias de drones y cohetes lanzados por Rusia sobre Ucrania en la noche del 16 al 17 de febrero. / Monitorwar

El bombardeo masivo es marca rusa. Busca saturar las defensas ucranianas, hacer carísimo su funcionamiento, pues entre los drones reales vuelan también señuelos de porespán contra los que los ucranianos se ven obligados a derrochar munición y misiles antidrón.

Esa es la ventaja táctica. A la larga, obtienen también la estratégica: erosión de la moral de la población y su voluntad de combatir. Se atacan centrales eléctricas, comercios, centros de salud, almacenes de víveres, edificios residenciales, nodos de transporte, oficinas, haciendo invivible el gélido invierno.

Un protocolo adicional de la Convención de Ginebra proscribe el ataque a infraestructuras civiles si no tienen uso militar.

Medevac imposible

No se salva nada que se mueva a los ojos de una munición merodeadora o un dron gobernado a kilómetros de distancia. En esta guerra que cumple ahora cuatro años, los combatientes se entierran en refugios para ocultarse de la mirada de las máquinas que les sobrevuelan portando una granada, como si fuera una espada de Damocles.

En la guerra de Ucrania han resucitado los llamados “nidos de heridos” subterráneos, presas de lo que los militares llaman “medevac imposible”. Medevac es el acrónimo de Medical Evacuation. Si un soldado cae herido, no hay disponible una ambulancia bien identificada y lo evacúan en cualquier otro vehículo, un operador de dron atacará al vehículo que ve por la carretera. O sea, mejor no salir.

Lo sufren en primera línea los soldados rusos de reconocimiento y sabotaje, los DRG. Se les ha visto en vídeos virales de la guerra tratando de guarecerse de las máquinas en un bosquecillo, con sus heridos. Y eso también arroja una ventaja estratégica de erosión de la moral: “Saben que, si les hieren en combate, no tendrán rescate posible, y eso afecta”, explica un experimentado suboficial carrista español.

La profusión de drones en el frente a menudo hacen imposible la evacuación de heridos. En la foto, ejercicio de formación sanitaria a soldados españoles de Artillería en León.

La profusión de drones en el frente a menudo hacen imposible la evacuación de heridos. En la foto, ejercicio de formación sanitaria a soldados españoles de Artillería en León. / ET

La Convención de Ginebra manda que quienes “estén heridos o enfermos habrán de ser respetados y protegidos en todas las circunstancias” y deja “estrictamente prohibido todo atentado contra su vida”.

Letales...

Como todo en las armas, la moneda tiene dos caras: la ofensiva y la defensiva. Los drones “también salvan vidas. Fueron la primera razón para su uso, y tal vez sea la última”, comenta el almirante Juan Rodríguez Garat, que fue jefe la Flota entre otros cargos de la Armada y hoy es un reconocido analista militar. A más drones, menos humanos empleados en la batalla. Ganancia para las fuerzas ucranianas: ahorrarse exponer sus nada numerosos soldados al riesgo letal del contacto con el enemigo. Comenta el coronel que “a este paso, habrá más densidad de robots por kilómetro de frente que de seres humanos”.

Ocurre no solo en tierra. La combinación de drones y lanzadores móviles de misiles obliga a los buques de guerra a mantenerse muy alejados de la costa. En un futuro próximo la guerra naval se hará con buques y su escolta de dones “en grupos de combate distribuidos -prevé Rodríguez Garat- a mil millas de la costa enemiga. En el Pacífico, frente a China, se juega con esa cifra”.

Un dron carga y arroja una granada de no más de 2.000 euros que puede dejar fuera de combate a un carro de cuatro millones.

Un dron carga y arroja una granada de no más de 2.000 euros que puede dejar fuera de combate a un carro de cuatro millones. / AP

En tierra y aire, los drones han traído a la guerra de Ucrania tres efectos: han desplazado a la artillería en letalidad por primera vez en la historia y ya ocasionan, según el consenso de observadores militares occidentales, entre el 70 y el 80% de las bajas en el frente; con su capacidad de observar desde lo alto tornan visible el campo de batalla; y sirven para establecer una “franja de exterminio". Se bautizó así en la feria de armamento de Abu Dabi a una banda de entre 5 y 15 kilómetros de anchura donde cualquier movimiento humano detectable (a simple vista o con cámaras térmicas) se traduce en aniquilación.

Esa franja es el reino de las máquinas. Cuando se obvia su mandato, las bajas son cuantiosas. La batalla por el nudo ferroviario de Pokrovsk, aún inconclusa, es el escenario de la guerra de Ucrania donde más profusamente se han utilizado drones aéreos y terrestres, de observación y de ataque, de rescate y aprovisionamiento de munición y víveres... y también drones que destruyen a otros drones. La defensa ucraniana ha suplido su carestía de soldados con eficaces muros de aparatos voladores y terrestres. A su vez, Rusia ha completado allí el estreno de su VII Regimiento de Drones de Ataque y Reconocimiento, con una especialidad incluida, y creciente, de caza de operadores de drones enemigos.

Como en el resto del conflicto, no trascienden cifras creíbles de muertos en esta batalla, pero nadie niega que en ambos bandos se cuentan por millares.

… y baratos

Rusia se ha especializado en los drones grandes Gerán para bombardear ciudades, a partir de la aeronave no tripulada Saheed, de la que Irán cedió los planos al Kremlin.

Ahora, el dron de bombardeo más potente que emplean las fuerzas armadas rusas es el Gerán 5, a medio camino entre robot y misil, con motor a reacción de diseño chino, 950 kilómetros de alcance y 90 kilos de carga explosiva. Dato para contextualizar: la bomba del atentado de ETA en el Hipercor de Barcelona llevaba 30 kilos de amonal.

Con la planta de Alabuga (Tartaristán) y otras repartidas por el país, Moscú ha alcanzado un pico de producción de 8.000 Gerán al mes. Su versión más cara alcanza los 45.000 euros, mucho menos que los misiles Patriot de dos millones de euros que a veces hay que emplear para abatirlos.

Con imágenes como esta, el ministerio de Defensa ruso ha querido mostrar su capacidd de producción de miles de drones en su planta de Alabuga (Tartaristán)

Con imágenes como esta, el ministerio de Defensa ruso ha querido mostrar su capacidd de producción de miles de drones en su planta de Alabuga (Tartaristán) / M defensa Federación Rusa

Por parte ucraniana, la especialidad es el ataque con drones pequeños. El más moderno, el Linza 3.0, lo fabrican la firma ucraniana Frontline Robotics y la alemana Quantum Systems. Navega con IA, resiste la interferencia electrónica y vuela hasta 15 kilómetros para alcanzar un objetivo con cuatro kilos de explosivo. Cuesta entre 1.500 y 3.000 euros; un carro ruso T-90 al que golpea, unos 4 millones.

Esta proporción de gasto no durará. “Los drones han venido para quedarse -considera Rodríguez Garat- pero su evolución natural los hará más caros y escasos, más jugadores de equipo que protagonistas absolutos”.

El alto oficial analista de Defensa consultado aporta también un poco de escepticismo: "Somos conscientes de que estamos ante una revolución, pero no tenemos muy claro dónde va", explica, antes de abogar por la calma ante las innovaciones muy disruptivas: "En un ejército modesto como el nuestro, tenemos que estar atentos y mantenernos al día, y a la vez no meternos en cambios demasiado radicales sin experimentación, pues, si nos equivocamos, nos puede costar mucho rectificar".

De momento, el arma robótica ha traído la asimetría en los costes entre ataque y defensa a los planes de los estados mayores. Y, pie a tierra, la necesidad de desempolvar viejas ametralladoras antiaéreas, munición de fragmentación… o la resignación.

En el campo de maniobras de la Academia de Infantería de Toledo, principal punto español de instrucción de combatientes ucranianos, hay una aldea fantasma construida con bloques de cemento, apta para entrenar la guerra urbana. En el ejercicio, cuando los ucranianos van a tomarla, no es el eco de sus botas lo primero que rebota en las aceras, sino el zumbido de drones que se adelantan para observar. Llegan los hombres cuando las máquinas han arrojado botes de humo que facilitan su aproximación. Otras traen granadas. Al término del ejercicio, a uno de los sargentos instructores le pregunta EL PERIÓDICO: “¿Cómo pueden estos reclutas defenderse si los localiza un dron?" Y contesta el suboficial: “Lo mejor que podemos enseñarles es a no ponerse a la vista, pero si ya te ha pillado y no puedes tirarlo, lo mejor es saber cómo colocarte para que la explosión no te provoque una hemorragia masiva...”

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