Venezuela, la fábrica de relatos que la literatura cuestiona
Cuando los informativos se quedan cortos para explicar la compleja historia, el caótico presente y el incierto futuro del país caribeño, cinco obras bien distintas firmadas por Rafael Cadenas, Miguel Bonnefoy, Raúl Gallegos, Jaime Bayly y Karina Sainz Borgo nos ofrecen una visión sin el atajo de los eslóganes

Venezuela, la fábrica de relatos que la literatura cuestiona / Laura Monsoriú

«Me levanté y el país estaba helado. / No había cabida en él para nosotros». Venezuela no es un país del trópico para Rafael Cadenas. Para el poeta, premio Cervantes de 2023, su tierra está congelada en un ciclo de botas militares que vienen a liberar al pueblo y terminan por reprimirlo de igual manera. «Ninguna mañana viene a despertarte./ Los militares son eternos», casi suspira, en Florecemos en un abismo.
Si el 3 de enero, cuando el Ejército de EEUU entró en Venezuela -saltándose el derecho internacional- y capturó al presidente autócrata, pareció un día histórico, es porque rima con episodios anteriores, enésimo levantamiento militar, entre propios y ajenos, de liberadores devenidos en nuevos dictadores.
Y es que son «años de enterrar cartillas, himnos, celdas, anulando el militante extravío en un abandono del que trata de emerger un hombre sin cargas. A prueba de espejismos», narra el poeta, que militó en el Partido Comunista y que llama «grave error» a la deriva de las guerrillas de los 60 contra una democracia recién inaugurada. No es cinismo el desencanto del que rechaza las promesas demasiado perfectas que piden fe a cambio de silencio, sino una autocrítica que vierte luz sobre un choque interno, que pasa incluso dentro de uno mismo.
Cuando el periodismo, como borrador de la historia, no es suficiente para entender la realidad que nos atraviesa, la poesía se convierte en documento. Como Cadenas, algunos de ellos tuvieron que marcharse, «para que nuestros ojos sean claros hay exilios», en sus palabras.
Desde la distancia, la bruma espesa la nostalgia y el resentimiento de haber sido echado de un paraíso arrebatado por la corrupción material y moral. E incluso al regresar, como también hizo Cadenas, el frío no se disipa. Pero el viaje de ida y de vuelta de los que cruzaron el océano dos veces en busca de una salida, nos deja un rastro literario prolífico, que de puro íntimo, se convierte en universal.
Por eso, esta aproximación literaria a comprender Venezuela se despliega a través de cinco obras bien distintas: la saga familiar de Miguel Bonnefoy, venezolano nacido en París, a través de un realismo mágico genuinamente reinterpretado; la crónicas de Raúl Gallegos, que trata de averiguar cómo llegamos aquí, bajando a la sala de máquinas del Mago de Oz del petróleo; la novela satírica del peruano Jaime Bayly, que disecciona el golpe de 2002 como un teatro de élites y propaganda que resulta demasiado vigente, y la ficción áspera de la venezolana Karina Sainz Borgo, que narra la capacidad de huida como privilegio aleatorio a cambio de la renuncia a la identidad.
La profecía de la libertad
Miguel Bonnefoy empieza por el principio. «Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre», arranca El sueño del jaguar, con una herida que se abre desde el parto. Lo criará una mendiga muda, sin un centavo pero con más corazón que quien lo abandonó. El bebé, que llegará a abuelo en esta saga familiar, se casará con una mujer de igual coraje, la primera médica de la región, con quien tendrá a una hija a la que llamarán Venezuela. Bonnefoy escribe a esa niña como si fuera un destino colectivo: «De todos los bebés que nacieron aquel día, fue imposible imaginar que Venezuela no sería una mujer libre… ávida y golosa de todo… criada con el ímpetu de un motín». La libertad aparece como profecía que, al mismo tiempo, acarrea demasiado peso.
El país de Bonnefoy es también un país de oleaje: dictaduras, repúblicas y revueltas como mareas que arrollan la vida privada. La política empuja carreras, migraciones, lealtades y la novela se convierte en un sismógrafo de movimientos humanos colectivos.
Dice de Ana María, la médica, que pasa de protagonista a casi testigo de las generaciones venideras que, tras atravesar «cien años de democracias y dictaduras… un boom petrolero y un golpe de Estado», se encierra en su habitación y desaparece del mundo. Llega el metro, se llenan las cárceles, se suceden los papas, terremotos, eclipses, pero ella no sale hasta un 2 de febrero de 1999, cuando pide que la saquen «en su cama con dosel», el día en que «aquel joven teniente de la boina roja se había convertido en el presidente de Venezuela».
Eran los albores del chavismo que para muchos se sintieron como apertura de un horizonte, una esperanza también demasiado actual. Bonnefoy enumera los comienzos: poder popular, microcréditos, educación gratuita, nueva constitución; editoriales nacionalizadas para que un libro fuese «más barato que una botella de agua2; debates televisados para que la ley no fuera privilegio de nadie. La revolución aparece como promesa de acceso a la vida pública. Y abre interrogante: ¿cómo se envenena una promesa?
Oro en el subsuelo
En ¿Cuándo se jodió Venezuela?, Raúl Gallegos, excorresponsal del Wall Street Journal en Caracas, baja a la sala de máquinas del país rentista para ayudarnos a entender cómo llegamos hasta aquí -hasta Chávez, hasta Maduro, hasta Trump-. El problema no empieza con un hombre, sino con un tipo de Estado: cuando la riqueza llega fácil, la política confunde distribución con desarrollo y control con estabilidad.
En una economía que importa buena parte de lo que consume, una moneda débil castiga en días. Cuando el bolívar se devalúa, «prácticamente todo lo que una familia puede necesitar o querer», de la comida y la ropa a electrodomésticos y móviles, y «puede encarecerse en cuestión de días», por el traslado casi instantáneo del tipo de cambio a los precios. El país «produce muy poco aparte del petróleo, pero quiere consumirlo todo». En 2003, el Estado cerró el grifo de las divisas, fijó el tipo de cambio por ley y trató de contener la «fiebre por el dólar». Pero en la práctica, solo hizo el acceso al dólar más exclusivo para los que se sentaban cerca del poder -o para los que traficaban con la moneda, literalmente como sustancia ilícita-.
La escala del dinero explica el vértigo: durante años entraron unos 100.000 millones de dólares anuales por petróleo y, desde la llegada de Chávez hasta 2014, la estatal acumuló 1,36 billones de dólares en ventas, un flujo cercano al 60% del PIB. «Las cosas van bien mientras la gente tenga dónde sentarse, o consiga algunos dólares del Gobierno». Pero «al final el juego termina»: el Estado deja de vender divisa barata, la economía se queda sin piezas y muchos se quedan sin nada.
El giro institucional fue clave: una reforma eliminó la independencia del banco central y permitió al presidente gastar reservas en dólares, empujando a imprimir más bolívares y debilitando el tipo de cambio.
El libro, que trata de compensar el sesgo inherente del corresponsal extranjero que cubre tierra ajena con el reporterismo profundo de un veterano de la economía, ilustra sus aprendizajes con escenas vividas en primera persona. En una rueda de prensa televisada, Gallegos preguntó al ministro venezolano de economía si esa discrecionalidad no abría la puerta al abuso. La respuesta fue un monólogo-reprimenda de 40 minutos sosteniendo que «las reservas pertenecen a la nación, no al banco». Esa noche, cuenta, salió en la televisión oficial nacional presentado como enemigo público de la revolución.
No-ficción con licencias
Si el reportaje es una radiografía material para dar sentido racional al fatalismo y la novela puede permitirse el lujo de rellenar los vacíos, trazando líneas entre los puntos disponibles para contar una historia, Los golpistas, de Jaime Bayly, bebe de ambas. En una no-ficción con licencias, el humor se convierte en el último recoveco desde el que poner distancia con la inverosímil realidad.
Usando un zoom para aproximarse a uno de los momentos más absurdos de la historia reciente venezolana, nos traslada a abril de 2002, cuando Chávez fue apartado del poder durante apenas tres días y el país vivió su versión más extrema del «relato en disputa». Bayly lo cuenta con ironía: élites que conspiran y se estorban; militares, empresarios, jerarquías religiosas; la relación con Cuba como tablero de lealtades; preguntas abiertas: por qué no lo mataron, por qué no salió hacia la Havana.
Su utilidad no es funcionar como acta notarial, sino como espejo: en Venezuela, el poder también gobierna el significado. Un golpe no solo altera la jefatura del Estado; altera quién tiene derecho a describir qué ocurrió exactamente.
Ahí aparece el paralelo con enero de 2026. Abril de 2002 dejó al país entrenado en dos realidades simultáneas: «rescate» para unos, «golpe» para otros; «dictadura» para unos, «revolución» para otros. La intervención militar estadounidense y la captura de Maduro reabren esa tensión en otra escala: ya no solo se discute la legitimidad interna, sino el precedente de una salida impuesta desde fuera, con toda la carga histórica que esa idea arrastra en América Latina.
Caída de espejismos
De Cadenas y Bonnefoy a Gallegos y a Bayly, este recorrido arma una constelación para leer Venezuela sin el atajo del eslogan: una historia donde el petróleo no es sólo riqueza, sino tentación política, y donde el poder no solo gobierna, también fabrica el relato, que la literatura cuestiona.
Cada una de estas obras obliga a mirar el presente como resultado: la promesa que se vuelve método, la abundancia que acostumbra al milagro, el control que nace como solución y termina como forma de vida. En ese mapa, la poesía de Cadenas nombra lo que queda cuando se apagan las consignas, cuando el lenguaje se desgasta de repetir futuros y el país aprende a reconocer sus propios trucos.
Y aun así, la lucidez no basta si se convierte en resignación. Cadenas sostiene la tensión entre desengaño y persistencia, como quien sabe que la historia no se corrige sola: «De cada hora sale un grito… ¿Aprenderemos por fin?». La pregunta no es retórica; es una forma de responsabilidad. Y cuando insiste en que «y no hay fin… mañana / y pasado mañana y después y siempre», no clausura la posibilidad de cambio: advierte del precio de no romper el ciclo. En esa advertencia, y en la memoria que estas lecturas construyen, hay una salida modesta pero real: imaginar un país que no necesite espejismos para sostenerse, y que no vuelva siempre al mismo círculo para recordar que sigue vivo.
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