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Crónica desde Bruselas: El 44, un viaje en tranvía al capítulo más cruento de la historia de Bélgica
Leopoldo II mandó construir la línea para unir la capital con Tervuren, donde se celebró la Expo Universal en la que se exhibieron personas como bestias

El Tranvía 44 de Bruselas / Beatriz Ríos

El tranvía número 44 recorre una senda que atraviesa amplias avenidas y frondosos bosques entre Bruselas y Tervuren en un trayecto de diez kilómetros que está considerado uno de los más bonitos del mundo, pero que es también un viaje al pasado, a uno de los capítulos más cruentos de la historia de Bélgica.
El punto de partida del 44 está lejos de ser espectacular. Se encuentra en la estación de Montgomery en el barrio de Etterbeek en Bruselas, a apenas diez minutos andando del Parque del Cincuentenario. El tranvía arranca en una estación subterránea, en una curva lúgubre que contrasta con la belleza del camino.

Interior del tranvía 44 / Beatriz Ríos
Sin embargo, tan pronto como sale a la superficie, el 44 atraviesa la ciudad por la señorial avenida de Tervuren, donde se encuentran las embajadas de Perú, Azerbayán o Nigeria. Sin bajarse del tranvía, se pueden apreciar muestras de la arquitectura Art Nouveau como el Palacio Stoclet, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Incluso las estaciones del tranvía conservan en buena medida las marquesinas antiguas, e incluso algunas lámparas del mismo estilo.
El trayecto continúa atravesando los parques de Woluwe y Parmentier, donde se encuentra el museo del tranvía en una antigua cochera que data de la misma época que el propio 44, que deja en este punto atrás la ciudad para adentrarse en el impresionante Bosque de Soignes. Los frondosos árboles rodean las vías aislando al viajero del resto del mundo. El paisaje es especialmente espectacular en otoño, cuando las hojas se tiñen de ocre, o en primavera cuando el pasto se llena de pequeñas flores salvajes.
Un reflejo de la división lingüística
El 44 es, además, una de las pocas líneas que parten de una región y terminan en otra. El trayecto arranca en la región de Bruselas y culmina en Tervuren (Flandes). Si los viajeros prestan suficiente atención, podrán escuchar cómo al cruzar la frontera, la megafonía deja de anunciar las paradas en francés, la región bruselense es bilingüe, para hacerlo solo en flamenco.
Esta característica convirtió el tranvía en protagonista de uno de los episodios más curiosos de la historia reciente de Bélgica. En 2006, los informativos de la televisión pública belga francófona, RTB, emitieron una suerte de 'Guerra de los mundos'. Solo que en este caso, no narraron una invasión alienígena, sino la declaración de independencia unilateral de Flandes. En aquel informativo ficticio, el 44 aparece barado en Vier Armen, la estación situada justo en el punto donde acaba la región de Bruselas y empieza Flandes.
Colonialismo y zoos humanos
Pero la cruenta historia del 44 es en realidad la de su construcción. Fue el rey Leopoldo II quien mandó diseñar la línea de tranvía a finales del siglo XIX. Lo hizo con el objetivo de unir el parque del Cincuentenario, donde se encuentra el impresionante arco del triunfo que conmemora la independencia de Bélgica, y la exposición internacional de 1897 en Tervuren.
Leopoldo II, rey de Bélgica entre 1865 y 1909, es responsable de lo que se considera uno de los mayores genocidios de la historia. El monarca tomó por la fuerza el control de lo que hoy es la República Democrática del Congo (RDC), que gestionaba como una empresa para la extracción de recursos, imponiendo un reino del terror marcado por la violencia y la explotación. Se calcula que la población del país se redujo a la mitad bajo el control de Leopoldo II.
Leopoldo II utilizó la exposición universal de 1897 como escaparate para atraer inversores a su empresa colonial. La última parada del 44, en Tervuren, se encuentra a apenas unos metros del lugar que acogió el evento: el conocido entonces como 'Palacio de las colonias'. La exhibición incluía un zoo humano en el que cientos de congoleños fueron traídos a Bélgica a la fuerza y expuestos como animales. Al menos siete de ellos, Sambo, Mpemba, Ngemba, Ekia, Nzau, Kitukwa y Mibange, fallecieron como consecuencia de las condiciones extremas a las que eran sometidos.

Una escultura y en segundo plano el exmuseo de las colonias, actual museo de África. / Beatriz Ríos
Un museo de los horrores
En el mismo parque de Tervuren, Leopoldo II mandó construir el Museo Real de África, para glorificar la colonización y los "esfuerzos civilizadores" de Bélgica, promoviendo una visión profundamente racista. Aunque el espacio no fue inaugurado hasta 1910, tras su muerte. Cerrado al público durante años, el museo fue objeto de una profunda reforma y volvió a abrir sus puertas en 2018.
El espacio es ahora el museo de África Central, que profundiza en los horrores que se cometieron durante la colonización no solo en RDC sino también en Ruanda y Burundi, bajo control belga entre 1916 y 1962. Lo hace a través de programas de investigación y exposiciones, en colaboración con la Universidad de Kinshasa (RDC) y la Universidad de Ciencia y Tecnología de Mbarara en Uganda.
Pero la herida sigue abierta. Gran parte de los objetos que se exhiben en el museo fueron robados durante la colonización. Bélgica aprobó una ley de restitución en 2022 que ha abierto la puerta a devolverlos a las autoridades congoleñas. Un paso más en un proceso en el que Bélgica trata de reconciliarse con su pasado, mientras los congoleños reclaman reparación y justicia.
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