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Visitantes/ transeúntes en la parada-museo del metro.

Visitantes/ transeúntes en la parada-museo del metro. / Irene Savio

Irene Savio

Irene Savio

Roma
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Sería interesante realizar una encuesta entre las decenas de centenares de romanos que ya han pasado por las dos bautizadas como "arqueoestaciones" de la tercera línea del metro C de Roma, inauguradas hace poco más de un mes. Una visita al lugar —y, sobre todo, una escucha de las conversaciones— puede dejar al forastero razonablemente confundido. No queda del todo claro si los romanos celebran o desdeñan esta costosa obra que comenzó a construirse hace 13 años (19, contando las primeras planificaciones), que ha avanzado a paso de tortuga (o "a ritmo arqueológico", como han bromeado algunos), pero que también aspira al título de museo subterráneo más famoso del mundo.

El lugar, desde luego, impresiona. En todo. Negarlo o tergiversarlo sería bastante superficial. En particular, la estación del Coliseo, que por el momento es la única completamente acabada, ha supuesto una excavación de hasta 32 metros de profundidad y un total de 29.000 metros cuadrados (el equivalente a 300 autobuses). El resultado ha sido una estructura subterránea de cuatro niveles que permite una inmersión en el pasado arqueológico de la ciudad y narra la transformación urbanística de Roma desde la época tardorrepublicana hasta la imperial.

Visitantes/transeúntes en la parada del metro.

Visitantes/transeúntes en la parada del metro. / Irene Savio

El viaje comienza en el vestíbulo de la arqueoestación, cuyo acceso es gratuito, ya que no requiere ni la compra del billete de metro. Allí se encuentran 28 pozos de época republicana, datados entre los siglos V y I a. C., junto con algunos de los objetos hallados en su interior, expuestos en vitrinas en una zona específicamente habilitada para el recorrido museístico. Aparece aquí la primera curiosidad: no se sabe con certeza por qué esos objetos acabaron en los pozos, aunque algunos arqueólogos sostienen que fueron arrojados como ofrendas rituales vinculadas al agua. Una hipótesis que, al menos, añade un toque de misterio bien dosificado.

En cualquier caso, desde ese punto ya impone la singularidad del lugar. Desde su inauguración, un flujo constante de visitantes de todas las edades —muchos de ellos italianos— pasan buenos ratos frente a lo que, en esencia, es un largo pasillo flanqueado por dos grandes pantallas, una al inicio y otra al final. La primera recorre la historia de los foros romanos; la segunda, la historia más reciente del centro de la ciudad. "Maravilloso", es el comentario que más se repite, entre familias que ilustran a sus hijos la vida de sus antepasados y turistas ojipláticos ante semejante abundancia de vestigios.

Un viaje muy atrás

El recorrido continúa al cruzar los tornos del metro. O, más bien, al intentarlo, ya que es en ese punto donde los viajeros descubren que el viaje al pasado es casi literal: ni la aplicación para acceder al código QR del transporte público ni la conexión a Internet funcionan. La razón es simple: el wifi solo estuvo operativo un día (y, en el momento de redactar este texto, seguía sin funcionar). "Pronto esto se solucionará", llevan ya varios días diciendo las autoridades. Mientras tanto, el asunto tiene perplejos también a los propios trabajadores del metro, algunos de los cuales no escatiman en ironizar sobre el desperfecto.

No obstante, una planta más abajo, tras descender por unas escaleras también de gran impacto visual, el visitante obtiene una nueva recompensa. Al final del último tramo se abre otra zona museística que revela —además de más pozos— una domus romana dotada de un laconicum, es decir, un pequeño espacio termal típico de las viviendas más lujosas de la época. Una casa que también exhala historia: según los expertos, quedó destruida tras el conocido incendio de Roma atribuido a Nerón —un episodio que sigue siendo objeto de controversia— en el año 64.

Objetos expuestos en la parada del metro/museo.

Objetos expuestos en la parada del metro/museo. / Irene Savio

A continuación, el último descenso hacia los andenes sirve como despedida —por así decirlo— de la historia. En las paredes aparecen decoraciones que reproducen las plantas arquitectónicas de varios monumentos situados a lo largo de la Via dei Fori Imperiali: el Coliseo, el Templo de Venus y Roma, la Basílica de Majencio y los foros de Augusto y de Nerva.

Desde aquí, además, es posible subirse al metro hacia la segunda estación inaugurada, la de Porta Metronia, cuya zona museística permanece, sin embargo, casi completamente cerrada —su apertura está prevista para los próximos meses—, así como al resto de las 22 estaciones ya operativas de la línea C. La espera, además, también deja al descubierto otro detalle poco celebrado: muchos de los bancos no permiten sentarse, sino solo apoyarse. Un diseño que a una señora de unos 70 años le parece sencillamente incomprensible. "Voto 'no' a esta estación. ¿Cómo hacemos los ancianos?", sentencia, dando inicio a un animado intercambio con su marido.

Un sentir romano

No ha sido la única crítica, en esta ciudad donde la ironía nunca falta, mientras que las muestras de orgullo suelen ser moderadas y la paciencia escasea. Los detractores del metro C encontraron nuevos argumentos pocos días después de la inauguración, cuando algunas escaleras mecánicas se averiaron y tuvieron que cerrarse para su reparación. Y a ello se sumó una más reciente evacuación de la estación. El motivo: en medio de una discusión, un pasajero pulsó el botón del sistema antiincendios, lo que llevó al desalojo del recinto.

Asunto aparte es el del gasto que ha supuesto la obra, que va camino de convertir la línea C en una de las más costosas del mundo, lo que ha suscitado otra retahíla de reproches. En concreto, según los últimos datos hechos públicos, ya se han gastado alrededor de 3.500 millones de euros, con la estimación de que, cuando acaben todos los trabajos (posiblemente en 2033), se alcance una cifra cercana a los 7.000 millones. Un monto que, no obstante, ya incluye a otra 'arqueoestación' de la misma línea, la de San Giovanniinaugurada en 2018. 

Eso sí, las dos nuevas estaciones han terminado por ganarse la admiración de quienes aprecian los retos técnicos. No es para menos: tan solo para la ejecución de la del Coliseo, los ingenieros construyeron una gigantesca caja protectora equipada con 1.700 sensores y otros dispositivos destinados a detectar cualquier vibración y evitar daños durante las obras en los monumentos circundantes. Un despliegue de ingenio que, al menos bajo tierra y de momento, parece haber demostrado que es posible avanzar hacia el futuro sin destruir el pasado.

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