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La revolución del açaí: el nuevo oro negro de la Amazonia
Fiebre por los locales de açaí en Barcelona
El açaí,elsuperalimento que cada vez está más de moda

Joao Lira desgranando los racimos de açai para sacar el fruto.
Desde lo alto de palmeras que superan los 25 metros, João Lira Rocham cosecha cada día el fruto que se ha puesto de moda en el mundo; el açaí. Su ascenso, literal y económico, refleja la transformación de un alimento ancestral en un superalimento mundial que sostiene a miles de familias, pero que también acelera la presión sobre la selva amazónica, encarece la dieta local y redefine el paisaje del mayor pulmón tropical del planeta. La región de Pará, en el norte de Brasil, mayor productor de açaí del mundo, busca cómo equilibrar tradición, comercio y conservación.
João Lira Rocham, de 43 años, es 'peconheiro', como llaman aquí, en la cuenca baja del Amazonas, a los recolectores de açaí, el fruto de moda en el mundo. En temporada de cosecha sube entre 20 y 30 veces al día a unas palmeras que pueden alcanzar los 25 metros de altura para arrancar los racimos de esta baya, considerada hoy como el oro negro de la Amazonia. Para los 'peconheiros', el trabajo es agotador y arriesgado: se trepa con machete, botas o descalzo, y se valen de una 'peconha', una cinta o cuerda, a veces fabricada con las hojas de la propia planta, que se amarran en los pies y que les permite ascender hasta lo más alto. Se necesita habilidad, fuerza y experiencia.

2. Productores de açai de una cooperativa de la isla de Marajó, realizan labores de limpieza de la selva con criterios de sostenibilidad para favorecer la cosecha de açai. / Javier SuléOrtega
Lira vive a una hora de Belém, la capital del Estado de Pará, en el norte de Brasil, que celebró el año pasado la cumbre del clima COP30. Lo hace en una comunidad quilombola, formada por personas que en su tiempo fueron esclavizadas. “Nos sentimos bendecidos por Dios. Para nosotros, el açaí es lo más esperado, tanto como alimento propio como para generar ingresos. Trabajamos también con la pesca, la recolección de miel o la captura de camarón, pero el açaí es el que nos da un mejor ingreso familiar”, dice.
Recuerda que tendría seis años cuando trabajaba con su padre y subió a una palmera por primera vez. Pero no quisiera que sus hijos se dedicaran a esto. “No quiero que sigan ese camino porque es muy agotador: subir y bajar, subir y bajar, caminar… Hay lugares donde caminamos tanto que el terreno se hunde, se llena de lodo, el barro llega hasta las rodillas y nosotros, cargando el saco, enseguida sufrimos de la espalda por el peso. Es duro, muy duro”, señala. En un buen día, João Lira puede llenar de 8 a 10 sacas de 15 kilos de açaí cada una obteniendo entre 300 y 625 reales (unos 60 a 120 euros).

Joao Lira con sus zapitas y su amarre para poder agarrarse bien para trepar la palmera. / Javier Sulé Ortega
Carácter perecedero
El açaí es un protagonista indiscutible en la región. Basta visitar el Mercado Ver-o-Peso de Belém, a orillas de la bahía de Guajará, un punto neurálgico para su comercio. Cada madrugada, cientos de pequeñas embarcaciones llegan cargadas con grandes cestas del fruto que descarga en el muelle para venderlo fresco de forma inmediata o enviarlo a procesar pasteurizándolo. Su carácter altamente perecedero obliga a actuar con rapidez antes de que se eche a perder: pierde sus propiedades antioxidantes si pasan más de ocho horas tras la cosecha. Por eso, los productores lo trasladan directamente desde las plantaciones, donde se recoge al final de la tarde, para ofrecerlo al amanecer. A las cuatro de la mañana, los compradores ya recorren el mercado en busca del fruto, que debe remojarse, ablandarse, limpiarse y batirse sin demora para obtener su pulpa.
Durante siglos, el açaí ha sido consumido por los pueblos indígenas y es un alimento básico en la cuenca baja del Amazonas. En Pará, su cuna, se consume todavía de forma tradicional: puro y acompañado de harina de mandioca o tapioca y de proteína animal como pescado o carne salada, formando parte esencial de la dieta diaria. Pero, en los últimos años, la situación ha cambiado y ha pasado de ser un alimento tradicional de las comunidades amazónicas ribereñas a considerarse un “superalimento global” que se puso de moda en el mundo.

Racimos de açai con su fruto. / Javier Sulé Ortega
En las dos últimas décadas, la pulpa de color púrpura oscuro del açaí se popularizó en el resto de Brasil, consumida en jugos, batidos, polvos, cápsulas o en el conocido sorbete dulce con frutas y granola. Desde allí, el açaí dio el salto al mercado global de Estados Unidos, Europa y Japón en forma de pulpa congelada y donde un cuenco puede costar alrededor de 5 euros y un paquete de 100 gramos de polvo orgánico superar los 20. En España, las tiendas de açaí se están expandiendo por todas las ciudades, especialmente Madrid y Barcelona.
Transformación de la selva
Pero la mayor demanda de açaí está transformando la selva tropical más grande del planeta, para bien y para mal. Para bien porque el açaí, más allá de su importancia cultural y social, se ha convertido en una fuente vital de ingresos que transformó la vida de muchas comunidades y de miles de familias ribereñas del estado de Pará, donde se consolidó a su vez como la base económica de la región. Sandro Pinheiro, ingeniero agrónomo, lo sabe de primera mano. Trabaja en Emater, una entidad estatal de asistencia rural, con decenas de productores de açaí en Marajó, la mayor isla fluvio marina del mundo. “El producto se volvió más rentable, con una compra y venta más rápida, lo que fortaleció mucho la economía local. Los ingresos han permitido a los productores mejorar sus casas, su transporte, su calidad de vida. Hay municipios donde el 80%o de la población vive en zonas rurales, y allí la dependencia del açaí es casi total”,
El municipio de Igarapé-Miri, considerado la capital mundial del açaí, a dos horas de Belém, es el más claro ejemplo. El fruto salvó la situación económica de esta localidad después que otras actividades como la caña de azúcar, las destilerías artesanales de cachaza, la pesca o las madereras entraran en crisis. “Igarapé-Miri tiene unos 70.000 habitantes, y la mitad de la población vive directa o indirectamente del açaí. La gente ya tenía un conocimiento previo sobre la palmera, sabía cómo tratarla y aprovecharla pero era necesario comprender cómo podía manejarse en las áreas de várzea (zonas bajas inundables) que ocupan la mitad del territorio y donde las mareas del río realizan un proceso natural de irrigación muy favorable. Casi el 100% del açaí producido aquí es nativo”, indica Marcelo Miranda Sousa, técnico agrícola de Emater en esta población.
El estado de Pará es muy consciente del potencial del açaì. En palabras de su gobernador, Helder Barbalho, este fruto sostiene la renta de 250.000 productores, genera más de 1,5 billones de dólares para la economía amazónica y reafirma a Pará como el mayor productor y comercializador de açaí del mundo. Lo dijo en un discurso en la última feria del açaí previa a la COP30. El político de centro derecha del Movimiento Democrático Brasileño (MDB) instaba a su región a aprovechar plenamente la globalización del açaí: “El reto es transformar el açaí en una vocación económica estratégica para el futuro de Pará,” enfatizó
Y es que Brasil, principal productor, consumidor y exportador de açaí, produjo en 2024 1,74 millones de toneladas en 262.000 hectáreas, según el Instituto Brasileiro de Geografía y Estadística (IBGE). El 90% provino de Pará, donde la producción pasó de 756.000 toneladas en 2010 a más de 1,5 millones. Las exportaciones crecieron de una tonelada en 1998 a más de 61.000 en 2024.
Pero la creciente demanda global de este fruto tiene también su otra cara y es la transformación de los bosques del estuario del Amazonas; los bosques de várzea, antes diversos y ricos en especies, han sido reemplazados por monocultivos de açaí. La expansión de las áreas dedicadas a açaí se conoce ya como la 'açaización de la Amazonia' y ha mostrado sus efectos ambientales negativos. “Cuando la densidad supera las 160 o 180 palmeras por hectárea, muy por debajo del límite oficial de 400 establecido por la normativa estatal por hectárea, el ecosistema pierde biodiversidad y funcionalidad. Esto pone en riesgo el equilibrio de una de las regiones más ricas y frágiles del planeta con consecuencias negativas como la pérdida de especies y el empobrecimiento del suelo”, afirma la bióloga e investigadora del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología INCT) María Fabiola Barros.
Conciliar los ingresos familiares con la protección de la biodiversidad y del entorno forestal se ha convertido en un desafío clave para la región. Desde Emater insisten en impulsar sistemas agroforestales que integren el açaí con otras especies, una estrategia que favorece el equilibrio ecológico y reduce la presión sobre el bosque. “El bosque debe recuperar su valor integral, no solo por el açaí, sino por la biodiversidad, la cultura y los modos de vida amazónicos que sostiene. Mantener la variedad de especies es fundamental para asegurar la productividad y la subsistencia de las comunidades ribereñas”, subraya Raimundo Ribeiro, ingeniero agrónomo de esta institución en Belém.

Mercado de açaí en Belém donde el fruto llegar a partir de las cuatro de la mañana / Javier Sulé Ortega
Muchos productores son también conscientes que la dominancia del açai podría volverse un problema. “Quienes vivimos en la Amazonía sabemos que no podemos depender de una sola especie”, dice Lira recordando los auges y caídas de otros productos, como la caña de azúcar y el caucho, y pide compensación para los quilombolas y otros habitantes que protegen la selva amazónica. Lira sostiene que se necesitan leyes de conservación más rigurosas, una mejor vigilancia y estímulos para que los agricultores preserven la selva, cuyos cientos de miles de millones de árboles capturan carbono y son vitales contra el cambio climático.
Precios disparados y agronegocio
La creciente demanda internacional de açaí ha encarecido el producto en su propia región de origen, hasta el punto de desplazarlo de la mesa de muchas familias amazónicas. Hace 15 años un litro de açaí se conseguía por dos reales (0’33 céntimos) y hoy puede costar entre 25 y 40 reales (de 4 a 6’5 euros), un salto que volvió casi prohibitivo un alimento históricamente básico para la población ribereña y los hogares urbanos de bajos ingresos. Ante esa escalada, algunos consumidores recurren a versiones más diluidas y económicas.
“En Belém, muchas familias lo comían a diario, incluso dos veces al día. Pero a 40 reales el litro se volvió inaccesible para gran parte de los hogares pobres”, señala Raimundo Ribeiro. La comparación ilustra el cambio: un litro de refresco cuesta alrededor de diez reales, mientras que el açaí más barato alcanza los veinte y solo la quinta parte es pulpa. Aun así, la demanda local se sostiene. “En algunos barrios hay hasta una docena de batidores artesanales para atender al público”, remarca Marcelo Miranda.
La región experimenta un aumento acelerado de plantaciones de açaí, aunque insuficiente para acompañar la demanda global. El equilibrio tradicional, donde predominaba el açaí nativo, dio paso ahora a un escenario dominado por cultivos comerciales impulsados por el agronegocio, que expandió sus operaciones en áreas de tierra firme mediante un modelo industrializado. “Aunque estas empresas no intervienen directamente en las zonas de várzea, por tratarse de terrenos inundables, su avance modifica también el paisaje amazónico. Hoy la Amazonía es un mosaico de pastos, soja, palma africana y ahora açaí. Ese conjunto de actividades alimenta procesos de desmonte y degradación que alteran la biodiversidad y el clima”, advierte la investigadora Maria Barros.

El açai ha sido siempre un alimento básico en la mesa de los habitantes de la región de Pará, en el Norte de Brasil. Lo consumen recién batido y acompañado de harina de mandioca y pescado normalmente / Javier Sulé Ortega
La industria rechaza las críticas y defiende su sistema de producción. “Nuestra operación es más controlada que la recolección tradicional. No permitimos que los trabajadores suban a las palmeras por el riesgo de accidentes. Contamos con tecnología que agiliza la cosecha, reduce el esfuerzo físico y garantiza seguridad. Producimos unas 30 mil toneladas por año”, sostiene Guillerme Machado, jefe de marketing de Açaí Amazonas, una de las empresas líderes del sector.
Uno de los cuestionamientos recurrentes es el uso intensivo de agua en las plantaciones de tierra firme, a diferencia de las palmeras nativas que se hidratan de manera natural con las mareas. El sector asegura, sin embargo, que ha incorporado prácticas para disminuir impactos y mejorar la eficiencia hídrica.
En cualquier caso, Maria Fabiola Barros llama a asumir una responsabilidad compartida frente al auge del açaí. Sostiene que el consumo internacional de esta fruta debe ir acompañado de una reflexión sobre sus implicaciones ambientales y sociales, a menudo invisibles para quienes la adquieren lejos de la Amazonia. “Muchos consumidores desconocen lo que hay detrás de su producción. Como sucede con la madera o la carne vacuna, es fundamental promover un consumo consciente que valore el origen, el manejo sostenible y las certificaciones ambientales”, enfatiza.
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