Detención del líder venezolano
En la frontera entre Colombia y Venezuela: "Si cae el régimen, a ver si podemos volver"
El linde fronterizo entre los dos países sudamericanos en Cúcuta se halla en calma y no registra movimientos migratorios inusuales

Puente internacional Simor Bolivar, cruce fronterizo entre Venezuela y Colombia. / Mario Caicedo / Efe
Aitor Sáez
Tres tanquetas, un puñado de soldados y un enjambre de periodistas. Esas son las tres diferencias tras la captura de Nicolás Maduro en el puente Simón Bolívar, la principal vía terrestre entre Colombia y Venezuela. El tránsito de personas sigue igual. Ni salen ni entran más venezolanos. "Aquí todo en calma y callaíto", asegura la vendedora de agua panela desde una de las aceras. "Dios meterá la mano en todo esto", sentencia. Pero, mientras eso sucede, prefiere no dar su nombre.
Nombres y rostros que le sobran a Nubia Mise, plantada en la caseta fronteriza con un manojo de hojas con fotografías de una veintena de colombianos encarcelados en Venezuela. "Ahora es el momento para que los liberen", reclama sobre esos ganaderos, activistas, estudiantes... "Gente común", agrega, que por una u otra razón llevan más de un año en una prisión del país vecino. Su hermano fue liberado a finales de octubre junto a otros 17 detenidos tras un intenso trabajo diplomático, como destacó la propia Cancillería colombiana. A comienzos de septiembre, la Administración de Donald Trump comenzó a bombardear lanchas en el mar Caribe que, según el presidente estadounidense, transportaban droga. Eran los primeros azotes de Washington a Nicolás Maduro, que el hoy preso en un penal de Nueva York trató de suavizar con la liberación de decenas de presos políticos. "Si no es ahora, ¿cuándo?", insiste Nubia. Sobre el techo se lee: "Vuelve pronto, Colombia te espera". Una invitación que la amarga.
Lo de Nubia se lo conoce la doña del puesto ambulante. "Aquí vienen a denunciar, porque allá nadie les escucha", dice. La vendedora de bebida dulce sabe más de ese cruce que los imberbes militares que sudan la gota gorda bajo sus cascos y sus chalecos antibalas. Ha visto cómo el puente se ha cerrado y abierto decenas de veces según soplen las tensiones o presiones políticas. Ha visto a miles de venezolanos durmiendo durante semanas en esa misma acera, huyendo de las acometidas de su Gobierno. Por todo eso sabe que en Cúcuta, esa ciudad limítrofe al norte de Colombia, todo puede cambiar de un día para el otro. Hoy no fue ese día, pero mejor hablar poco.
La misma cautela que guarda José Luis, o así dice llamarse. Un cuarentón de tirantes, bermudas y chanclas que lleva a la gente de aquí para allá en su motocicleta. Abandonó Cumaná, en la otra punta de Venezuela, hace nueve años, porque no había trabajo. "Con la caída del régimen, vemos si podemos volver", dice, con la misma indecisión con la que me ha dicho su nombre. Gana más como mototaxista y con la venta de helados que como ingeniero en su país.
La veintena de periodistas de todas partes del mundo persiguen a los pocos transeúntes que llegan desde Venezuela, muchos con maletas, todos responden similar: "Soy de Cúcuta, fui a visitar a unos familiares". Por el acento, no se sabría distinguir su origen. En esta zona fronteriza siempre ha habido fuertes los lazos sociales y comerciales. También todos coinciden en que la situación está tranquila del otro lado, en el estado de Táchira, una apacible región montañera. Pese a esa supuesta calma, el Gobierno venezolano mantiene sus estrictas restricciones para el ingreso de prensa extranjera a su territorio. Algunos colegas de medios colombianos se han aventurado a entrar a Venezuela, pero las autoridades de ese país los han retenido durante varias horas y los han devuelto.
La escasa información que llega desde Caracas es que las autoridades dejan salir a los vehículos, pero impiden su entrada. Es lo poco que cuentan conocidos la capital. Piden que se borren de inmediato los mensajes, y prefieren no ser contactados personalmente. Cunde el miedo y la incertidumbre, manifestada en largas filas para hacer acopio en supermercados y las persianas entre bajadas ante el rumor de saqueos. "Hemos comprado de todo lo que había, mucho, para ya ni salir", es otro de los escuetos mensajes que recibo. La euforia y los festejos que estallaron en Cúcuta y otras ciudades entre la diáspora venezolana, cerca de ocho millones en todo el mundo, contrasta con el nerviosismo y precaución que se vive en el interior del país y sobre todo en Caracas.
A la expectativa
A la expectativa de las acciones que tome la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, de momento, no hay indicios de próximos movimientos migratorios inusuales, ni de entrada ni de salida. Las estadísticas indican que por ese puente, el más transitado de la frontera, cruzan a diario unas 30.000 personas, pero la afluencia de vehículos parece mucho menor, seis o siete por minuto. Dentro de la normalidad, como corrobora el teniente coronel Jonathan Artus, a cargo del destacamento de tanquetas y una veintena de militares en el cruce fronterizo.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, anunció el despliegue de 30.000 elementos del Ejército a lo largo de una porosa frontera de 2.200 kilómetros. Solo en el departamento del Norte de Santander, donde se ubica Cúcuta, hay cuatro pasos legales y unos cincuenta ilegales. El mandatario indicó que el contingente reforzará la vigilancia, además de prometer asistencia a la posible llegada de refugiados. Su ministro de Defensa fue más allá y aseguró que se activaron todas las capacidades para "anticipar y neutralizar" cualquier ataque terrorista del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la guerrilla que opera a ambos lados de la frontera y en el último año ha recrudecido sus acciones bélicas. "Esa es nuestra amenaza permanente, sobre la cual enfocamos nuestro accionar para mitigar, debilitar y poder derrotar militarmente esa amenaza", explica el coronel, más preocupado por el control de esa guerrilla binacional en el Catatumbo, al norte de Cúcuta, la zona con más cultivos de coca.
Por eso, cabe pensar que cuando Trump ha sugerido en varias ocasiones un ataque terrestre o aéreo contra Colombia, ese territorio sería el primer objetivo. En la rueda de prensa posterior a la captura de Maduro, el líder republicano extendió la advertencia bélica a Petro. "Mejor, cuide su trasero", porque "está produciendo cocaína y la está mandando a Estados Unidos", afirmó. Su homólogo colombiano respondió: "Atacar nuestra soberanía es declarar guerra".
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