30 años de la Declaración de Barcelona
Europa cambia de estrategia en el Mediterráneo ante la penetración de China, Rusia y el Golfo
La integración euromediterránea impulsada por el Proceso de Barcelona se ha quedado lejos de sus objetivos más ambiciosos, lo que ha llevado a Bruselas a plantear un enfoque más geopolítico para no perder influencia en su espacio de proyección natural

Una mujer posa con los retratos de sus familares desaparecidos mientras trataban de cruzar el Mediterráneo en Menzel Bourguiba (Tunez). / Severine Sajous / EFE

Europa está perdiendo protagonismo en la orilla sur del Mediterráneo, su espacio natural de proyección geográfica, particularmente desde que su flanco oriental pasara a ser territorio comanche tras la invasión rusa de Ucrania. Treinta años después de la Declaración de Barcelona, que sentó las bases para tratar de crear una región euromediterránea de “paz y prosperidad compartida”, sus resultados han sido más bien modestos. Una constatación que ha llevado a Bruselas a recalibrar su estrategia con el nuevo Pacto por el Mediterráneo. No será fácil, sin embargo, recuperar el tiempo perdido. Si bien la Unión Europea sigue siendo el principal socio comercial de la ribera sur, actores como China, Turquía, Rusia y los países del Golfo están ocupando parte del espacio en la región.
La Declaración de Barcelona y el Proceso de Barcelona que la acompañó son sin duda productos de otra época. “Fue un proyecto visionario que surgió en un momento de enorme optimismo”, recuerda el diplomatico Senén Florensa, hoy presidente ejecutivo del IEMed. La Guerra Fría se había acabado. Palestinos e israelíes acababan de firmar los Acuerdos de Oslo. Y la paz en el Levante mediterráneo ya no era una quimera. “No había ningún otro proyecto con tal amplitud de miras para crear una gran zona de asociación entre Europa y sus vecinos del sur y el este del Mediterráneo que lo abarcara casi todo, desde el comercio a la seguridad”, añade a este diario.
Con un componente añadido. Tras la caída del Muro de Berlín, Alemania quiere trabajar en su reunificación, pero también acercar a toda la Europa postoviética. “Entonces Felipe González levanta la mano y llega a un pacto con su amigo Helmut Kohl: Europa ayudará a Alemania en el este, pero a cambio de que Europa haga lo propio en el sur”, afirma Florensa, por entonces, cónsul en Berlín. Esos elementos ayudan a explicar la ambición de la Declaración de Barcelona, firmada entre la UE y una docena de países ribereños del sur y el este del Mare Nostrum. No solo se buscaba integrar todas sus economías mediante una zona de libre comercio, sino también fomentar la democratización del norte de África y la región MENA, desde Egipto hasta Siria. Es decir, aprovechar “los dividendos de la paz”, como se decía entonces.
La parte comercial ha quedado a medio camino. En lugar de una zona de libre comercio como la que tiene China con los países asiáticos de la ASEAN se firmaron acuerdos de asociación bilaterales para reducir o eliminar aranceles. Muy centrados en las manufacturas y el sector industrial. “La zona del libre comercio requería que esos países abrieran sus mercados y respetaran los derechos humanos. Estaba todo condicionado. Pero es complicado cuando muchos de tus socios son regímenes autoritarios”, explica Anwar Zibaoui, coordinador general de ASCAME, la Asociación de Cámaras de Comercio e Industria del Mediterráneo. “Tampoco se ha contado con el sector privado y eso es determinante. Muchos programas de la UE se han hecho para el sector privado, pero los han gestionado los gobiernos y no ha funcionado”, añade Zibaoui.
Oportunidades perdidas
Aún así la relación económica con el sur se ha profundizado. Y países como Marruecos, Túnez o Turquía — con la que se creó una unión aduanera— se han beneficiado. Lo que no ha mejorado es la integración económica entre los países del sur. “Hace 30 años era muy baja y lo sigue siendo hoy”, afirma Joan Borrell, vicesecretario general de la Unión por el Mediterráneo (UpM), el organismo intergubernamental creado en 2008 con la intención de poner en práctica los principios de Barcelona. “Quieren integrarse con el norte, pero no quieren integrarse entre ellos en el sur. Esa pata está muy coja”.
De la democratización y la paz mejor no hablar, aunque las circunstancias no han ayudado. La primera década del siglo estuvo marcada por el yihadismo y la llamada guerra contra el terrorismo; la segunda, por la Primavera Árabe, una oportunidad que no se aprovechó. “La UE podría haber hecho la misma apuesta que hizo con la Europa del Este tras la caída del Muro, pero no lo hizo”, afirma Zibaoui. “Europa ha perdido muchos trenes en el Mediterráneo”.
Y su influencia en la región no ha dejado de menguar. (La postura de turcos y norteafricanos frente a la guerra de Ucrania es un buen ejemplo. Ni unos ni otros han apoyado las sanciones europeas contra Rusia). Un fenómeno que se atribuye en parte a la falta de ambición económica con la que ha operado. “A la ribera sur le interesaba mucho la ayuda financiera, pero nunca ha sido suficiente para ser determinante. Con 200 millones al año no tienes palanca para condicionar las políticas de un país”, reconoce Florensa dese el IEMet.
Nuevo Pacto por el Mediterráneo
Y de ahí al Pacto por el Mediterráneo, presentado recientemente en Bruselas. La enésima estrategia para tratar de dar un impulso renovado a la cooperación en inversión, energía, control migratorio, digitalización o generación de empleo. El idealismo cuasi paternalista de antaño da paso al realismo predominante de estos tiempos. “Es la voluntad de esta segunda Comision Von der Leyen de ser más geopolítica y mirar hacia el sur”, explica Borrell. “A nivel ideológico hamos vuelto al paradigma de, primero, desarrollo económico y la democracia ya vendrá después”.
Los derechos humanos quedan en segundo plano, el control migratorio pasa ocupar un espacio central. “Se busca fomentar el desarrollo endógeno de los países del sur porque, a medio plazo, es la única manera de reducir la desigualdad y la presión migratoria”, añade Borrell desde la UpM. El problema es que Europa ya no es el único ‘game in town’, como se decía hade 30 años. China ha multiplicado sus inversiones y exportaciones en la región. Egipto se ha unido a los BRICS, liderados por Pekín y Moscú. Rusia, Emiratos y Turquía tercian en Libia, y Ankara tiene una influencia significativa en la nueva Siria. Al mismo tiempo Francia ha perdido buena parte de su centralidad en Túnez o Líbano.
Algunos de esos actores — como las monarquías del Golfo o Turquía— se consideran complementarios a los intereses europeos; otros no son más que rivales. De modo que la UE se juega mucho con su nueva estrategia. “Quiere recuperar el tiempo perdido para tratar de volver a ser a través del Mediterráneo (y África) un actor global como China o EEUU”, afirma Zibaoui desde ASCAME. Habrá que ver si esta vez funciona.
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