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La China de Xi no es la Rusia de Putin

Pekín admite escenarios basados en la cooperación y el diálogo mientras que Moscú ha dejado de ser fiable

Vladiamir Putin con Xi Jinping durante una reunión en Pekín, en febrero de este año.

Vladiamir Putin con Xi Jinping durante una reunión en Pekín, en febrero de este año. / EFE/ALEXEI DRUZHININ

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Andreu Claret
Andreu Claret

Periodista y escritor. Comité editorial de EL PERIÓDICO

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Colocar a Rusia y China la misma etiqueta de enemigos de Occidente no resulta muy útil. Más inútil es todavía poner en el mismo saco de reconocidos autócratas a Xi Jinping y Vladimir Putin. No porque no lo sean, sino porque su trayectoria y propósitos son distintos, y porque dirigen países que tienen naturalezas dispares, pese a ser regímenes surgidos de revoluciones comunistas. La amalgama entre China y Rusia sólo sirve para confundir. No ayuda a entender lo que sucede en cada país y a decidir el tipo de relación que Europa puede tener con cada uno de ellos. Se ha visto recientemente con los falsos paralelismos que se han establecido entre la invasión de Ucrania y una eventual intervención de China en Taiwán. La coincidencia en el tiempo de la agresión rusa a su vecino occidental con la reacción desmedida de Pekín ante la inoportuna visita de Nancy Pelosi a la isla hermosa no es suficiente para hacer comparaciones. Ambos países son susceptibles de constituir amenazas para Occidente, pero más allá de esta condición, que viene dada por la geopolítica, aquí terminan las similitudes.

Mientras Rusia se asemeja cada vez más a un estado fallido –un ‘rogue state’, mezcla fatídica de la ineficiencia propia del comunismo ruso y de la miseria traída por el capitalismo más desabrido–, China es un país con una economía (todavía) boyante, que ha permitido mejorar la condición de cientos de millones de sus ciudadanos. Ninguno de los dos países es democrático, pero la Rusia de Putin no sólo no lo es: actúa de facto como una cleptocracia basada en el robo del capital, el nepotismo y la corrupción. Practicando incluso el terrorismo, como ha denunciado recientemente el Parlamento europeo. Mientras el poder en Moscú está en manos de sucesores del KGB (empezando por Putin), en China depende de una de las mayores organizaciones políticas del mundo, con 90 millones de afiliados, donde subsisten sutiles mecanismos de reparto del poder que se establecieron en la época de Mao Zedong.

Historias distintas

El resultado es que, mientras Rusia es un país en declive, socialmente fracasado, que supone el 3.1% del PIB mundial (a valores de Paridad de Poder Adquisitivo, PPA), China ha conocido un crecimiento prodigioso, pasando a constituir hoy, el 18,33% del PIB del planeta (a valores de PPA), por encima de Estados Unidos (15,83%) y de la Eurozona. De poco sirve asociar ambos países a un mismo estereotipo, si lo que se pretende es comprenderlos mejor y desarrollar políticas europeas para cada uno de ellos.

Las diferencias están arraigadas en historias distintas. Mientras China ha sido un estado marcado por la continuidad de sus fronteras, al menos desde la dinastía Qing (S.XVII), y por una cierta continuidad interna desde la muerte de Mao Zedong, Rusia ha sido escenario de continuas rupturas, tanto externas como internas, desde la revolución de 1917: la crítica a Stalin por parte de Nikita Khrushchev en el XX congreso del PCUS (1956), la desintegración de la URSS en 1990, bajo el mandato de Mijaíl Gorbachov, con el desgajamiento de 16 nuevos países, y la voluntad de recuperar el poderio de la URSS por parte de Putin.

Las profundas diferencias en su política exterior son consecuencia de esta trayectoria divergente. Mientras Rusia tiene un largo historial de intervenciones militares (Afganistán, Chechenia, Osetia del sur, Siria y Ucrania), China no ha desplegado tropas fuera de sus fronteras desde las intervenciones militares en Vietnam y Corea hace más de setenta años. Con una tradición tan dispar, no es de extrañar la incomodidad de los dirigentes de Pekín ante la aventura ucraniana de Moscú. Una contrariedad que se ha manifestado no sólo en la preocupación de Xi por la alusión de Putin a las armas nucleares (el único extremo donde Rusia supera a China, con más de 5.000 cabezas nucleares contra unas 350), sino por la idea misma de vulnerar la soberanía de un país.

La derivación más relevante de todo ello es que, mientras China admite escenarios, voluntariosos pero racionales, basados en la cooperación y el diálogo, Rusia ha dejado de ser un país fiable. ¿Cómo llegar a acuerdos con un régimen que ha practicado de manera sistemática la mentira y la intervención en asuntos internos de terceros países? Sucedió durante las elecciones que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca, durante la campaña del brexit, y con el apoyo de Putin a partidos de extrema derecha con el objetivo de desestabilizar la Unión Europea. El encuentro reciente entre Joe Biden y Xi Jinping, con motivo de la reunión del G-20, parece confirmar un apaciguamiento de la tensión entre los dos países, a pesar de Taiwan y de la tensión comercial.

La modernización del país

Cuando visité China por primea vez, en 1973 (con Mao todavía en el poder y los guardias rojos controlando las calles de Shanghai), el país tenía 900 millones de habitantes. De estos, 850 eran pobres de solemnidad. Hoy, el país suma más de 1.400 millones y los pobres en sentido estricto no pasan de unos 10 millones. Basta este dato para captar lo mucho que China ha cambiado desde que Deng Xiaoping emprendió una senda de la modernización tras la muerte de Mao. De ahí que el país necesite tiempo, tranquilidad, para poder mantener altas cotas de desarrollo de las que depende el nivel de vida de una población inmensa. Dicho de otro modo, mientras Putin vive de la confrontación permanente y del conflicto, Xi y el partido comunista chino necesitan sosiego. En el primer caso, no cabe, desde Europa, otra política que la contención, como ha ocurrido en Ucrania. En el segundo, es posible llegar a acuerdos buscando la complementariedad entre las economías.

La pregunta que se formulan los expertos es la de saber sí el Xi Jinping reelegido por otros 5 años como líder indiscutible del Partido Comunista, será capaz de continuar la obra reformista comenzada por Deng. ¿Quién es Xi? se preguntan los sinólogos. Xi es un comunista, convencido de que la historia está del lado de China y de que el auge de Oriente coincidirá con el declive de Occidente. Un líder obsesionado por el colapso de la URSS que siempre ha atribuido a un relajamiento de la doctrina. De ahí la mano de hierro con la que parece dispuesto a gestionar el país, con un férreo control de la disidencia tanto social como política. La drástica implementación de la política de covid cero (de la que el reciente conflicto en la fábrica de Apple ha sido la última expresión) es una muestra de hasta donde está dispuesto a llegar para ejercer el control de la sociedad. La deplorable escena de la expulsión de la sala del congreso del expresidente de la república Hu Jintao, puso de relieve el control que Xi está dispuesto a ejercer sobre los órganos de dirección del partido, de los que ha apartado a disidentes y competidores potenciales.

Pese a su potencial económico y humano, China se enfrentará en los próximos años a enormes dificultades para mantener el crecimiento del PIB de dos dígitos que ha experimentado durante cuatro décadas. De hecho, desde el año 2010, ya no lo consigue, y hace dos años solo alcanzó el 2,2%. Visto desde Europa, puede parecer una cifra exitosa, pero conviene completar la estadística sobre nivel de vida de los chinos que dábamos antes. Más de 500 millones de chinos viven con menos de 140 dólares al mes, un dato que revela la magnitud de la crisis que padecería el país si una parte de ellos volviera a bascular en la pobreza absoluta.

El covid y el crecimiento

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El desafío es económico y también político. Puede incluso que sea más político que económico. En lo primero, Xi tendrá que hacer frente al impacto que la política de covid cero ha tenido sobre el crecimiento. También deberá conseguir que China supere su dependencia tecnológica de Occidente (y de Taiwan). Por último, deberá afrontar lo que algunos califican de catástrofe demográfica. El país creció en 480.000 personas el año pasado, cuando hace apenas una década crecía a ritmo de 8 millones al año. De no cambiar esta tendencia, ello supondría un envejecimiento brutal de la población con las consiguientes implicaciones culturales y económicas

Los retos políticos a los que tendrá que enfrentarse Xi también son ingentes. Entre ellos, el que siempre supone una concentración excesiva de poder como la que ha acumulado en el reciente congreso. A cuanto más poder, más enemigos y más inseguridad. Sobre todo, para un líder que no tiene el carisma de Mao y que tiene ante él a una sociedad distinta, menos dispuesta al sacrificio (cómo se ha visto con la implementación del Covid-cero), más exigente y que aspira a vivir mejor.