Inundaciones en Seúl

La tragedia que la oscarizada 'Parásitos' ya adelantó

  • Las inundaciones han causado muertos en los semisótanos típicos de Seúl

Un fotograma de ’Parásitos’.

Un fotograma de ’Parásitos’.

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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Parásitos ganó el Óscar y anticipó la tragedia. Bong Joon Ho mostraba en aquella fábula social a una pintoresca familia lidiando con su apartamento inundado, el agua hasta la cintura y un torrente negruzco manando del retrete. La semana pasada, en una noche tan lluviosa como la de la película, tres personas murieron ahogadas porque la fuerza de la corriente les impidió abrir la puerta de su vivienda. Un vecino con problemas de movilidad falleció intentando rescatar a su gato. Otra familia se salvó porque los vecinos cortaron con una sierra los barrotes de la ventana cuando el agua les alcanzaba el cuello. Fueron habituales las imágenes de funcionarios retirando a paladas el barro y la basura.

Los 13 fallecidos durante las mayores precipitaciones que se recuerdan en Seúl han devuelto el foco a las banjiha, "medio enterrado" en coreano, símbolo de las desigualdades sociales en una de las ciudades más exuberantes de Asia. Son semisótanos lóbregos e insalubres, húmedos y mohosos, con ventanas que muestran los zapatos de los transeúntes, tan expuestos a las inundaciones como a la canícula, con drenaje y cobertura telefónica precarios.

Corea del Sur cuenta con 330.000 banjihas y 200.000 están en Seúl, casi el 5% de sus viviendas. Son una reliquia de los días más áridos con el vecino del norte. En la década de los 70, Pionyang enviaba comandos para atentar en Seúl y amenazaba con bombardeos, así que las autoridades ordenaron construir refugios en los sótanos de los edificios para emergencias nacionales. El veloz proceso de urbanización aconsejó una década después que se permitiera ocupar aquellos búnkeres con escasas modificaciones para absorber el aluvión de emigrantes de las provincias rurales.

Acabar con las banjihas

Seúl ha prometido estos días acabar con las banjihas. "Estas inundaciones torrenciales nos han recordado de nuevo que los desastres no afectan a todos por igual y que dañan más a los desfavorecidos, a los que tienen rentas más bajas y a los minusválidos que viven en los semisótanos", ha afirmado Jang Hye-young, del Partido por la Justicia. El plan consiste en convertirlos en almacenes, ofrecer ayudas económicas a los moradores y aumentar las viviendas de protección oficial. El periodo de gracia, que se alargará entre 10 y 20 años, subraya la problemática eliminación de la única opción que pueden permitirse muchos ciudadanos. Las mismas promesas se escucharon tras las inundaciones mortales de una década atrás y desde entonces se han sumado 40.000 nuevas banjihas.

Las banjihas no son el problema sino su síntoma. La vivienda en Seúl es más cara que en Nueva York o Tokio si contemplamos los salarios en la ecuación. Su precio medio roza ya el millón de euros tras duplicarse en un lustro. La compra es quimérica para los jóvenes, con salarios habituales de 1.500 euros, y los alquileres exigen depósitos prohibitivos. Los 500 euros mensuales por una bahinja son la única escapatoria en un mercado inmobiliario desbocado.

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"Son un problema social, no arquitectónico. Las ayudas sociales han aumentado en los últimos años pero no lo suficiente y las clases más bajas están aún desamparadas. No es inteligente acabar con las bahinjas sin ofrecer una alternativa", comenta por teléfono Sungha Kim, arquitecta. "Cuando estudiaba en la Universidad Hangyang, en el distrito de Hangdang Dong, muchos de mis compañeros llegados del resto del país vivían en ellas", recuerda.

En la sociedad coreana, tradicional y clasista, la altura de la vivienda revela el estatus. Los moradores de las banjihas, un par de metros bajo el suelo, penan con el estigma. Parásitos también alude a ese característico hedor húmedo incrustado sin remedio en la ropa y sábanas que los identifica. Algunos jóvenes youtubers se han esforzado en los últimos años en encontrarles el lado guay con modernas decoraciones y su milagroso aprovechamiento de un puñado de metros. "Está bien que muestren que son positivos ante la vida, que pinten las paredes con bonitos colores y compren aparatos de última tecnología, pero todo quedará arrasado cuando lleguen las inundaciones. Nadie vive en las banjihas por voluntad sino por necesidad", añade Kim.