Hong Kong

Del idilio al desamor: China conmemora el 25º aniversario del traspaso de Hong Kong

El presidente del país defiende el modelo "un país, dos sistemas" y da la bienvenida al nuevo jefe ejecutivo de la ciudad, John Lee

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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La fórmula de un país, dos sistemas ha engrasado el éxito hongkonés y "no hay razón para cambiarla". Tampoco hay dudas sobre la reforma patriótica que ha vaciado el Parlamento de elementos hostiles. La "verdadera democracia", de hecho, quedó instaurada en cuanto los ingleses abandonaron la isla. Hong Kong va bien, ese es el mensaje. Lo ha desgranado el presidente chino, Xi Jinping, en su visita a la excolonia para celebrar el aniversario de su regreso a la madre patria.

Muchos disienten en la isla. El debate político en el Parlamento es un tedioso monólogo tras los obstáculos y filtros a candidatos que incluyó una reciente reforma legal, han cerrado los medios de comunicación críticos, decenas de políticos y activistas están en la cárcel o el exilio y han sido retiradas las estatuas de los campus universitarios que recordaban a los caídos en Tiananmén. "Hong Kong pasó del desorden a la estabilidad y ahora irá de la estabilidad a la prosperidad", ha resumido Xi.

Hace hoy 25 años se arriaba la bandera Union Jack y se izaba la china, sonaba el God Save the Queen por última vez y el himno chino por primera, 4.000 soldados chinos ocupaban el edificio Príncipe Carlos que acababan de dejar los ingleses, y el yate real Britannia ponía rumbo a Inglaterra con el príncipe, el primer ministro Tony Blair y Chris Patten, el último gobernador inglés, a bordo. Deng Xiaoping, el arquitecto de la reformas, solventó el complicado encaje de un territorio con derechos y libertades en la dictadura china. Funcionó a la perfección y el auxilio chino cuando la epidemia del SARS amenazaba con hundir la isla apuntaló el idilio. Las encuestas mostraban que más de un 75% confiaba en el modelo. A Londres, al fin y al cabo, había poco que agradecerle: siempre trató a Hong Kong como una colonia, apagó las revueltas sociales a sangre y fuego, no juzgó necesario concederles la democracia ni la nacionalidad que Portugal sí dio a los vecinos macaenses. El dinero fluía y nadie recordó que la democracia les seguía esquiva: el gobernador que antes imponía Londres les llegaba ahora desde China con unas elecciones afeitadas. La génesis de la conciencia política en la sociedad más pragmática del mundo es indisociable de la deriva económica. Aquella generación de jóvenes fue la primera con perspectivas más oscuras que la anterior: desigualdades sociales crecientes, buenos empleos menguantes y una burbuja inmobiliaria que impedía el acceso a la vivienda.  

Engranaje complicado

Son flagrantes los deberes pendientes de Hong Kong en política social. La China continental, en vías de desarrollo hace 30 años, ha erradicado la pobreza extrema, mientras aumenta sin remedio en la exuberante Hong Kong. Los magnates impiden la edificación en el suelo que sobra en la isla para mantener el precio más alto de la vivienda en el mundo. Es tan paradójico que Pekín haya permitido ese cuadro como que los jóvenes obviaran a las élites económicas que los subyugan en sus protestas.

"El engranaje de Hong Kong en China es complicado. La vivienda, el acceso a los hospitales de los chinos del interior... son pequeñas cosas de la vida cotidiana que han enturbiado la relación y acentuado la opinión negativa de los hongkoneses. El caldo de cultivo se ha complementado con las aspiraciones políticas de una parte de la sociedad", sostiene Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China. Al cambio de atmósfera también han contribuido, añade, factores externos como las tensas relaciones de China con Occidente.

El desencanto cristalizó en las calles en 2014 con la Revuelta de los paraguas y un lustro después con una ley de extradición en la que muchos vieron la pasarela a los turbios tribunales del continente. Las protestas, admirablemente pacíficas al principio, se deslizaron pronto hacia el vandalismo y la violencia más descarnada, con un desagradable supremacismo sobre los chinos del continente y, ya retirada la ley de extradición, con exigencias utópicas que imposibilitaban la salida negociada. China manejaba varias soluciones y ninguna buena: permitir la destrucción sine die de unos jóvenes sin síntomas de cansancio, sacar los tanques o impulsar una ley que desincentivara los desmanes. La ley de seguridad nacional, aprobada en 2020, prevé penas de hasta cadena perpetua para separatistas, terroristas, subversivos o aliados con fuerzas extranjeras.

Fractura social

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Esa ley epitomiza la fractura social en la excolonia. Para unos, la salvó del caos y devolvió la paz; para otros, sepultó aquella fórmula de "un país, dos sistemas" y la convirtió en una ciudad china más. Pekín ha aclarado que las libertades que disfruta Hong Kong son, exactamente, las que Pekín quiere otorgarle, y no las contempladas en aquel lejano acuerdo de devolución con una potencia colonial que la esquilmó.

Hong Kong no es ajena a las prioridades nacionales de estabilidad, seguridad y patriotismo. China profundiza en su integración económica en la gran región del Río de la Perla, con infraestructuras como la autopista sobre el mar que la une con Zhuhai, y en la que algunos intuyen un plan de diluir su identidad. Su horizonte es incierto. "No podemos descartar que veamos un cambio liberalizador. En 1989 (tras la masacre de Tiananmén) pensábamos que la deriva en China no tenía vuelta atrás pero tres años después avanzaron de nuevo las reformas. En Hong Kong, una vez se estabilice la situación y se analice el recorrido, quizá se pueda establecer una nueva hoja de ruta y recuperar el rumbo precedente. Es improbable, en todo caso, por las crecientes tensiones con Occidente y el blindaje político de China", juzga Ríos.