Guerra en Ucrania

Transgénicos para acabar con la crisis alimentaria: Inglaterra se lanza para acelerar los cultivos

La Unión Europea es reticente y solo aprueba el cultivo de un tipo de maíz, aunque estudia despenalizar dos técnicas

Transgénicos para acabar con la crisis alimentaria: Inglaterra se lanza para acelerar los cultivos
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Alberto Muñoz

Son alimentos modificados genéticamente, pero no son mutantes. No hay naranjas que por dentro sean kiwis ni existen —que se sepa— extrañas conspiraciones para cambiar nuestro ADN a través de lo que comemos. Los alimentos transgénicos llevan más de tres décadas desarrollándose fuera de la Unión Europea y, por el momento, no han conseguido prácticamente nada de lo que se esperaba de ellos. Ni para bien ni para mal.

Ahora, sin embargo, con la crisis alimentaria que se está viviendo en el mundo a raíz de la invasión de Ucrania, considerado el ‘granero’ de Europa, Inglaterra, liberada de las directrices europeas tras el Brexit, se plantea abrir el mercado y la investigación transgénica en su territorio. La Comisión Europea, por su parte, ya está estudiando la posibilidad de aceptar dos técnicas de modificación genética como son la mutagénesis dirigida y la cisgénesis. Para 2023 se espera que haya una propuesta legislativa. ¿Son los transgénicos la respuesta a la crisis alimentaria que vive Europa?

El sector, al menos, lleva años esperando su momento, y la crisis actual que rodea al mundo de la alimentación puede habérsela ofrecido. Lo que hace unos meses era un problema con el precio del combustible ha pasado a ser, ahora, un problema con lo que llena las estanterías de los supermercados. En España, por ejemplo, el precio de la cesta de la compra ha subido de media un 10% y se calcula que, de seguir así, en 2022 cada hogar gastará 500 euros más en productos básicos que el año anterior.

El problema es más acuciante, sin embargo, para algunas partes de África, ya que buena parte del cereal en el que basan su alimentación se encuentra ahora mismo retenido en Ucrania. Por eso, el primer ministro italiano, Mario Draghi, preguntó esta semana a Vladimir Putin, presidente ruso, si podía desbloquear los suministros que están ahora mismo parados en los puertos del Mar Negro. “La crisis alimentaria que se avecina y que en algunos países africanos ya está presente tendrá proporciones gigantescas y terribles consecuencias humanitarias”, afirmó Draghi tras fracasar en su petición.

Quienes defienden los transgénicos aseguran que a través de las numerosas técnicas de modificación y edición genética de los alimentos se puede hacer que los cultivos sean, entre otras cosas, más resistentes a las inclemencias del cambio climático y a la sequía y menos dependientes de los fertilizantes. Esto genera, por tanto, la duda de si pueden ser una de las formas más eficientes de contener la contaminación generada por el cultivo intensivo, de facilitar la independencia alimentaria de los países y si pueden ayudar a garantizar la producción estable de comida para una población mundial que se encuentra en crecimiento exponencial.

“Los transgénicos no van a solucionar el hambre en el mundo, eso que nos quede claro, pero sí que han provocado problemas medioambientales. En Estados Unidos, por ejemplo, han aparecido súper malas hierbas al trasladarse los genes a las variantes silvestres y generar éstas resistencia. No podemos trabajar contra la naturaleza porque la naturaleza siempre se adapta, y si lo que queremos es una agricultura más sostenible y menos dependiente de los elementos químicos tenemos que trabajar a su favor”, apunta Carlos Mateos, responsable técnico de semillas de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG).

Sin embargo, uno de los argumentos que se esgrimen para justificar el desarrollo de los alimentos modificados genéticamente es que garantizarían que se echasen a perder menos cultivos. “En Europa no tenemos un problema de producción. Es normal que a corto plazo sea difícil sustituir las zonas que abastecen de productos básicos a buena parte del mundo, como es el caso de Ucrania, pero nuestro problema es otro. En Europa tenemos un problema de distribución”, señala Mateos.

‘Supertomates’ con vitamina D

Sin embargo, Reino Unido, un país que importa la mitad de los alimentos que consume, no lo tiene tan claro. La salida de la Unión Europea, ya sea por problemas de distribución como por la dependencia del acceso a sus mercados, ha encarecido fuertemente durante los últimos años la cesta de la compra de sus ciudadanos. 

Según la Organización Nacional de Estadística británica, el precio de la vida se ha encarecido a los peores niveles de los últimos 40 años con una inflación que llegó al 9% en abril y que en 2022 puede llegar al 10%. En los últimos meses el precio de carnes como la de cordero han llegado a subir un 14,3%, la leche, el queso y los huevos un 9,5%, la mantequilla un 12,5%... Y, sobre todo, esa subida generalizada de los precios, que cada trimestre dan un nuevo salto, ha hecho que en los últimos meses un 57% de los británicos admita que tiene dificultades para poder comprar comida.

Lejos de ver esto como un problema vinculado al Brexit, el Gobierno de Boris Johnson ha asegurado que la salida de la Unión Europea ofrece una oportunidad para acabar con la dependencia de la producción alimentaria en el extranjero. “Las tecnologías de [edición genética] de precisión nos permitirán acelerar el crecimiento de los cultivos, aumentar la resistencia natural a las enfermedades y el cambio climático y utilizar mejor los nutrientes del suelo para que podamos tener mejores cosechas utilizando menos pesticidas y fertilizantes”, explicó recientemente George Eustice, ministro de Medioambiente británico, en una entrevista para The Telegraph.

De esta forma, y pese a la oposición clara de territorios como Escocia, el parlamento inglés se prepara para acoger un proyecto de ley que aspira a permitir a los agricultores plantar transgénicos con mayor libertad y a los investigadores desarrollar nuevas ediciones genéticas. Todo ello enmarcado, además, en un libro blanco que fije la estrategia nacional de seguridad alimentaria.

La intención, por tanto, de los científicos que asesoran al Gobierno es que las nuevas variedades modificadas genéticamente puedan ser aprobadas en un año y no en diez, como ocurre con la legislación actual. El primer alimento de este tipo en llegar podría ser, por ejemplo, un ‘super tomate’ modificado genéticamente para que contenga tanta provitamina D3 como dos huevos de gallina.

La vitamina D, que sirve para mantener sanos los dientes, los músculos y los huesos y que se obtiene principalmente a través de la exposición al sol, es uno de los mayores déficits de los británicos, y se calcula que aproximadamente uno de cada cinco tiene carencia de ella.

España cultiva el 96% de los transgénicos de la UE

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En la Unión Europea, sin embargo, hay una mayor desconfianza hacia los productos transgénicos. Pese a que desde hace más de dos décadas existe la posibilidad de cultivar un tipo de maíz resistente a la plaga del insecto del taladro, los agricultores europeos no han apostado por ello. “Los transgénicos llevan años cultivándose y desarrollándose en Sudamérica, Estados Unidos y algunas partes de Asia, y no han conseguido ni siquiera aumentar la producción a niveles mucho mayores que los europeos”, señala el responsable técnico de semillas de COAG.

En 25 de los 27 países de la Unión Europea el cultivo de productos transgénicos prácticamente no existe. El 95,8% del maíz insecticida, como se le conoce, que se cultiva dentro del terreno de la UE, está en España, mientras que el resto crece en los campos de Portugal.