Cada 48 segundos, una muerte

Cada 48 segundos, una muerte
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Manuel Sobrino. Save the Children

No son cifras de la guerra de Ucrania, tampoco de una enfermedad o datos del pasado. La tormenta perfecta está acabando con cientos de miles de personas en África Oriental. A la sequía, los conflictos en la región y la crisis económica provocada por la Covid-19, se suma el impacto del conflicto en Ucrania más allá de sus fronteras, que ha provocado el mayor aumento de los precios de los alimentos jamás registrado. 

En Etiopía, Kenia y Somalia, una persona podría estar muriendo víctima del hambre cada 48 segundos. Estas son las estimaciones realizadas por Oxfam Intermón y Save the Children en un informe conjunto presentado este mes. En Dangerous Delay 2: the cost of inaction (Un retraso peligroso: el precio de la inacción), ambas organizaciones denuncian el continuo fracaso del mundo para evitar desastres prevenibles. 

Más de una década después de la tardía respuesta a la hambruna que en 2011 se cobró la vida de más de 260.000 personas en Somalia (la mitad de ellas, menores de cinco años), el mundo se muestra, una vez más, incapaz de evitar una situación catastrófica de hambre en el Cuerno de África. En la actualidad, casi medio millón de personas en varias regiones de Etiopía y Somalia viven en condiciones cercanas a la hambruna. En Kenia, 3,5 millones de personas se encuentran en una situación de hambre extrema. Los fondos desembolsados para afrontar la emergencia son totalmente insuficientes, mientras otras crisis –entre ellas, la guerra en Ucrania– contribuyen a agravar la escalada de hambre en la región.

El número de personas que padece hambre extrema en estos tres países se ha duplicado con creces desde 2021, pasando de 10 millones de personas a más de 23 millones en la actualidad. Mientras, en menos de una década, su abrumador nivel de endeudamiento se ha multiplicado por más de tres (de 20.700 millones de dólares en 2012 a 65.300 millones en 2020), hecho que obliga a estos países a desviar recursos destinados a servicios públicos y medidas de protección social para hacer frente a la deuda. 

A pesar de la mejora en la respuesta a la sequía que afectó a África Oriental en 2017 y que evitó una hambruna generalizada, en general, las respuestas nacionales e internacionales siguen siendo demasiado lentas y limitadas para evitar que se produzcan nuevas catástrofes, según Save the Children y Oxfam Intermón.

La ayuda comprometida no llega o llega tan tarde que su pretendido impacto no es el esperado. La complejidad de los sistemas burocráticos y las decisiones políticas interesadas continúan impidiendo una respuesta global unificada. Las ONG se desviven para paliar al máximo los daños en la población más vulnerable, pero sin el compromiso real del resto de actores implicados no es suficiente.  

Los países del G7 y otros países ricos han antepuesto sus prioridades ante las diversas crisis globales, como la pandemia de Covid-19 y, más recientemente, el conflicto en Ucrania, dando marcha atrás en sus promesas de ayuda a países pobres, y llevándolos al límite de la bancarrota debido a su elevado endeudamiento. Es intolerable que las regiones más pobres sigan siendo las más olvidadas, las más defraudadas. 

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Pero los propios gobiernos afectados también tienen su parte de culpa. Ellos deben asumir sus propias responsabilidades, ya que han retrasado sus respuestas y, a menudo, han evitado reconocer la dimensión de la crisis que se les avecinaba. Además, no han invertido de forma adecuada en agricultura o sistemas de protección social que ayuden a su población a hacer frente a las causas del hambre, incluyendo las emergencias climáticas y las crisis económicas.

Estamos viendo unas cifras terribles de desnutrición severa, y se prevén cerca de 5,7 millones de niñas y niños con desnutrición aguda para finales de este año. Ante la advertencia de las Naciones Unidas de que más de 350.000 podrían morir si no actuamos, cada minuto que pasa es un minuto más cerca de la inanición y la posible muerte de un niño o niña.