Balance del dirigente centrista

Macron, del optimismo neoliberal al presidente de las crisis

  • Tras cinco años en el Elíseo, el dirigente centrista presume de la buena salud económica de su país

  • La izquierda le reprocha sus reformas neoliberales y los pocos avances en materia de derechos civiles y cambio climático

Macron, del optimismo neoliberal al presidente de las crisis

REUTERS/BENOIT TESSIER

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Enric Bonet

Parecen haber pasado siglos desde el 7 de mayo de 2017, pero en realidad solo pasaron cinco años. Esa noche de primavera, un joven político, de 39 años, catapultado tres años antes en la primera escena de la política francesa y sin el apoyo de los partidos tradicionales, se proclamó vencedor en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia. “Quiero decir a quienes han votado hoy por Le Pen que los respeto, pero haré todo lo posible para que no tengan motivos para volver a votar por los extremos”, prometió un espléndido Emmanuel Macron en la explanada del museo del Louvre en París tras haber culminado su fulgurante ascenso, que fue posible gracias al apoyo de una parte de las élites financieras, económicas y de la tecnocracia gala.

Cinco años después, sin embargo, la ultraderecha superó el 30% de los sufragios en la primera vuelta del 10 de abril y amenaza con ganar la segunda, aunque el dirigente centrista es favorito para lograr su reelección, según los sondeos. Este nuevo duelo probablemente más ajustado entre Macron y Le Pen no solo refleja un presente agitado por una sucesión de crisis —desde la pandemia del covid-19 hasta la guerra en Ucrania, pasando por la inflación de los precios energéticos—, sino también un balance con claroscuros. 

Menos crecimiento económico que el de Hollande

“El gran éxito del mandato de Macron ha sido la disminución del desempleo”, asegura el periodista François-Xavier Bourmaud, gran reportero político en el diario conservador Le Figaro y autor del libro 'Macron, l’invité surprise', en declaraciones a El Periódico. De hecho, la candidatura macronista destaca los buenos datos macroeconómicos del país. El PIB francés creció un 7% el año pasado (en 2020 cayó un 8%) y el desempleo disminuyó hasta el 7,4%, dos puntos menos que en 2017. “Francia sufría un problema con un desempleo masivo y en parte fue resuelto durante el último quinquenio”, subraya Bourmaud sobre el balance de un dirigente que antes había ejercido como ministro de Economía, banquero de negocios en Rothschild e inspector de finanzas, uno de los cuerpos más influyentes en la administración francesa.

“No ha habido un milagro en la creación de puestos de trabajo”, matiza, en cambio, el analista económico Romaric Godin, del digital de izquierdas 'Mediapart' y autor del ensayo 'La guerre sociale en France'. Considera que esta política de reducción del desempleo se debe “a la recuperación general de la economía desde 2015 y las políticas de subvención estatales destinadas a las empresas, como los contratos de aprendizaje para jóvenes”, hasta 900.000 en 2021 y que tienen un coste importante para el tesoro público. De hecho, “el crecimiento anual medio del PIB durante el mandato de Macron fue del 0,43%, mientras que este había sido del 0,76% durante la presidencia del socialista François Hollande y del 0,29% en la del conservador Nicolas Sarkozy”, recuerda Godin, quien pone en duda el milagro económico macronista.

“Las reformas que la derecha no se atrevió a aplicar”

La actual situación económica francesa se debe a las políticas “del cueste lo que cueste” aplicadas durante la pandemia. Por ejemplo, un plan de reconstrucción económica, impulsado en septiembre de 2020 y valorado en 100.000 millones de euros. “Pero se trata de las mismas medidas aplicadas en muchos otros países, como Alemania, Italia o España”, sostiene Godin. Ante la actual crisis de los precios de la energía en pleno periodo electoral, el ejecutivo macronista no dudó en sacar la billetera. Gracias al hecho de disponer de una empresa eléctrica estatal, Francia logró limitar la subida de la factura de la luz y al mismo tiempo la inflación, del 4,5% en marzo.

A primera vista, hay un claro contraste entre el Macron de estos últimos años, que se presenta como un “presidente protector”, y aquel joven dirigente que llegó al Elíseo en la primavera de 2017 con la promesa de una “start-up nation”. Entonces, “llevó a cabo una serie de reformas neoliberales que la derecha republicana no se había atrevido a aplicar, como la supresión parcial del Impuesto sobre la Fortuna, una flexibilización del mercado laboral o la supresión del estatuto de los trabajadores de la empresa ferroviaria estatal (SNCF)”.

Estas medidas, junto a una serie de declaraciones clasistas, hicieron que se ganara la reputación de "presidente de los ricos" y favorecieron el estallido de la revuelta de los chalecos amarillos a finales de 2018. Entonces, respondió con una serie de medidas sociales, valoradas en 10.000 millones, y su mandato entró en una nueva etapa más difusa a nivel ideológico.

Pocos avances en derechos civiles

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Con la presentación de su nuevo programa electoral el 17 de marzo, dio indicios claros de que quería retomar la agenda de reformas de los primeros años, al querer alargar la edad de jubilación de los 62 a los 65 años (con 42 o 43 años cotizados) o condicionar al hecho de trabajar o estudiar la atribución de una renta mínima de inserción. Estas propuestas favorecieron que lograra devorar electoramente a la derecha republicana, cuya candidata solo obtuvo el 4% de los votos. A lo largo de este mandato el electorado de centro-derecha se sintió más cómodo que el de centro-izquierda.

Pese a su reputación en 2017 de candidato “neoliberal progresista”, apenas logró avances en derechos civiles —el más destacado de ellos fue la aprobación de la reproducción asistida para todas las mujeres— y apostó por políticas duras contra los migrantes y los franceses musulmanes. La Justicia condenó dos veces a su administración por inacción climática y eso manchó su balance en este asunto crucial, a pesar de impulsar algunas medidas interesantes, como la prohibición de los vuelos en el territorio francés siempre que exista una alternativa ferroviaria de dos horas y media. Todo eso explica las reticencias de una parte del electorado de izquierdas de votarlo a pesar del riesgo, poco probable, pero real, de una victoria de la ultra Le Pen.