Segunda vuelta de las presidenciales

El discurso moderado de Le Pen atenúa el miedo a la ultraderecha en Francia

  • La candidata ultraderechista ha basado su campaña en parecer más cercana a la gente corriente

  • La irrupción del también ultra Zemmour la ayudó a ello, pero la mayoría de franceses parecen dispuestos a impedir su llegada al poder

Marine le Pen el miércoles 13 de abril en París.

Marine le Pen el miércoles 13 de abril en París. / EMMANUEL DUNAND / AFP

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Enric Bonet

Valium, Noctamid, Trankimazin… Ante la angustia provocada por la pandemia del covid-19, en los últimos años se popularizaron los nombres de medicamentos contra el insomnio. En el caso de Francia hay otro somnífero en boca de numerosos ciudadanos en estos últimos meses: el Lepenazim.

La ultraderechista Marine Le Pen ha basado su campaña para las presidenciales francesas del 24 de abril (segunda vuelta) prácticamente en un solo objetivo: dejar de dar miedo. La irrupción de Éric Zemmour —finalmente secundaria desde un punto de vista electoral al haber obtenido el 7% de los votos— la ayudó a dotarse de una imagen más moderada. La candidatura del polemista islamófobo aceleró con pasos de gigante la estrategia de 'dédiabolisation' (desdemonización o 'blanqueo de imagen') llevada a cabo por la Reagrupación Nacional (hasta 2018 se llamaba Frente Nacional) desde 2011, cuando Marine tomó las riendas de esta formación fundada en 1972 por su padre Jean-Marie Le Pen.

Pese a su auge en las últimas décadas, la ultraderecha francesa casi siempre ha chocado con los mismos escollos: el sistema electoral a doble vuelta —favorece la victoria del mal menor— y la tradición del “frente republicano”, expresión utilizada en Francia para designar el cordón democrático que evita los triunfos de la ultraderecha. Todo ello contribuyó a que el partido de Le Pen disponga de un poder institucional inferior al de Vox en España. Apenas cuenta con siete diputados en la Asamblea Nacional (con 577 escaños) y el Ayuntamiento de Perpinyà como única vitrina con cierta importancia.

La segunda dirigente menos impopular

“Le Pen parte del diagnóstico de una Francia traumatizada, que sale de cinco años marcados por una sucesión de crisis (violencias callejeras, pandemia o la guerra en Ucrania). Quiere apaciguar y moderar su discurso. Presentarse como la candidata terapeuta”, destaca en declaraciones a 'Le Monde' Raphaël Llorca, experto en comunicación política y miembro de la Fundación Jean Jaurès. En concreto, pretende anestesiar a los electores de izquierdas, decepcionados por Emmanuel Macron, que votaron en contra de Le Pen en la segunda vuelta de 2017. También aspira a seducir a una parte del electorado conservador atraído por sus ideas, pero que hasta ahora se resistía a votarla debido a la reputación de su partido como una amenaza para la democracia.

Esta estrategia ha resultado un éxito para los intereses de la ultraderecha. No solo mejoró sus resultados respecto a las anteriores presidenciales, pasando del 21% al 23%, sino que los sondeos también pronostican una segunda vuelta más ajustada que en 2017, cuando Emmanuel Macron se impuso con el 66% ante el 34% de Le Pen. Según un barómetro sobre la popularidad de los políticos del instituto Elabe, publicado a principios de abril en el diario 'Les Echos' y que no incluía los índices de popularidad de Macron ni del primer ministro Jean Castex, Le Pen se ha convertido en la segunda política menos impopular, con 35% de franceses que tienen una imagen positiva de ella. Únicamente la superaba el exprimer ministro Édouard Philippe (44%).

El espejo de Zemmour

“El debate banalizó completamente el discurso de Le Pen, ya que ella dispuso de un formidable director de campaña aún más desmesurado que ella: el señor Zemmour”, criticó Macron en una entrevista en el diario 'Le Parisien', publicada pocos días antes de la primera vuelta. La irrupción del polemista, a pesar de haber eclipsado durante el otoño y buena parte del invierno la campaña lepenista, terminó siendo una ventaja para la aspirante ultra. 

“La comparación con Zemmour le sirvió para parecer menos dura (…). Se repitió un fenómeno parecido al que sucedió cuando tomó las riendas del FN en 2011. Entonces, Marine parecía mucho más moderada que su padre Jean-Marie, a pesar de que ambos defendían el mismo programa”, explica a El Periódico el politólogo Jean-Yves Camus, director del Observatorio de Radicalidades Políticas de la Fundación Jean-Jaurès, afín al Partido Socialista.

Mientras que el polemista hacía correr ríos de tinta con sus mítines multitudinarios, como el de Villepinte en noviembre en que militantes de SOS Racismo recibieron una paliza por parte de simpatizantes del polemista o el de la plaza Trocadero (París) en que el público gritó “Macron asesino”, Le Pen pudo durante semanas llevar a cabo una campaña alejada del radar mediático. Al frente de un partido arruinado y con un número decreciente de militantes, se dedicaba a hacerse selfis en mercados de localidades pequeñas y medianas. Así se ganó la (falsa) reputación de defensora del poder adquisitivo, principal preocupación de los franceses.

Además, la líder ultra gestionó con inteligencia la sucesión de deserciones de dirigentes de su partido que pasaron a las filas de Zemmour. “He aprendido muchas cosas, he dado palos de ciego, a veces he fracasado. Pero cuando me he tropezado, siempre me he levantado. Estoy preparada”, dijo en febrero en su principal mitin antes de la primera vuelta en Reims, en el nordeste de Francia. Ante las “traiciones” de dirigentes destacados de su partido, como el eurodiputado Nicolas Bay o su sobrina Marion Maréchal, reaccionó haciéndose la víctima. Así se ganó la simpatía de una parte de los franceses. En cierta forma, quería encarnar la figura de la madre soltera que, pese a las numerosas dificultades de la vida cuotidiana, sale adelante.

Una pasión política por los gatos

“Ha intentado darse una imagen más humana y cercana a la gente hablando de sus sentimientos”, explicaba a El Periódico la semióloga Cécile Alduy, experta en los discursos de la ultraderecha. Tras haberse dotado a lo largo de su carrera la imagen de una dirigente dura, con un estilo muy masculino, en esta campaña recurrió por primera vez a la carta de la feminidad. Las mujeres “son más sensibles a los valores de protección, más cercanas a lo concreto”, sostuvo en Perpinyà en su último mitin antes de la primera vuelta. No deja de ser significativo que su electorado esté compuesto por un mayor número de mujeres que de hombres, todo lo contrario del habitual 'gender gap' (diferencial de género) de los partidos ultras.

Otra carta utilizada para dulcificar su imagen: su pasión por los gatos. En su domicilio en la rica localidad de La Celle-Saint-Cloud (oeste de la región parisina), no solo comparte la casa con una amiga, sino también con tres felinos. Durante la pandemia del covid-19, la líder de la RN estudió para obtener un diploma de “cuidadora profesional de gatos”. Ella misma dijo en el pasado que, si dejara la política, podría dedicarse a cuidar este tipo de animales. 

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Esta afición fue objeto de burla por algunos de sus adversarios: “Ella se ocupa de los gatos, yo de los libros”, le reprochó Zemmour. Sin embargo, este amor gatuno no solo le sirvió para parecer más cercana a los habitantes del tercer país de Europa con un mayor número de gatos domésticos, sino también para darse una cierta reputación animalista, aunque en su programa escasean las medidas de este tipo.

Pese a todas sus argucias comunicativas, Le Pen continúa defendiendo un programa xenófobo, nacionalista, euroescéptico y de derechas a nivel económico, como lo hizo la ultraderecha lepenista en los últimos 40 años. A medida que empezó la campaña entre las dos vueltas, Macron “está haciendo todo lo posible para explicar que ella representa la extrema derecha y un peligro para Francia”, recuerda Camus. De momento, esta estrategia parece funcionar. Según los últimos sondeos, el presidente se impondría con el 54% de los votos ante el 46% de la aspirante de la RN. Quizás desgastado, pero el “frente republicano” sigue vivo en Francia.