Ofensiva de las tropas

El PERIÓDICO, en la ciudad bombardeada de Járkov: "Esto es una guerra de odio"

La segunda población en importancia de Ucrania se ha transformado en un escenario bélico que recuerda a la segunda guerra mundial

Un bombero camina entre los escombros de un edificio bombardeado por las fuerzas rusas en la plaza de la Constitución, en Járkov. / AFP / SERGEY BOBOK

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Marc Marginedas
Marc Marginedas

Corresponsal para la exURSS

Escribe desde Moscú

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Hace algo menos de un mes, era un transitado espacio público, flanqueado por agradables cafés, frecuentados puestos de comida rápida y presidido por una concurrida pista de patinaje al aire libre. De la boca del metro, en las horas centrales del día, surgía una muchedumbre que, o bien se dirigía a sus puestos de trabajo, o bien acudía a resolver asuntos al centro, individuos algo inquietos ante la cercanía de las tropas rusas pero incapaces, la mayoría de ellos, de creer que el Kremlin acabaría lanzando la temida invasión. Hoy, la plaza de la Libertad de Járkov, la segunda población en importancia de Ucrania, con un tamaño similar al de Barcelona, se ha transformado en un escenario bélico muy parecido a esas fotografías publicadas en los manuales de Historia de ciudades devastadas durante la Segunda Guerra Mundial. 

Un vecino de Járkov en uno de los lugares bombardeados por el Ejército ruso.

/ MARC MARGINEDAS

Las entrañas del orgulloso edificio de la Administración Regional de Járkov, en el ala este de la plaza, con sus columnas neoclásicas y su inconfundible estilo arquitectónico propio de la era estalinista, han sido reventadas con gran violencia debido al bombardeo del día anterior. Con el techo hundido y reducido el complejo administrativo a apenas cuatro muros, aún es posible vislumbrar, en algunas de sus ventanas, dos banderas ondeando, una insignia nacional ucraniana y otra municipal, además de sacos terreros que permiten entrever la existencia, en medio de los escombros, de una posición militar cuyos integrantes probablemente prefieren no dejarse ver a la prensa.

Mijail Yanotenko, propietario de una tienda destruida junto a la plaza de la Libertad de Járkov.

/ MARC MARGINEDAS

De repente, como un fantasma, y en medio del rugido provocado por el vuelo rasante de un avión de combate ruso, surge un joven rondando la treintena, con la cabeza cubierta con una kipá y un largo peinado acabado en tirabuzones característico de la religión judía. Ondea orgulloso una bandera, también ucraniana, y muestra sin reparos a las cámaras un cartel en el que puede leerse, escrito a mano y en el idioma local, la siguiente frase: “Ucrania vencerá”. A escasos metros, desde una calle aledaña, un miliciano perteneciente a las fuerzas defensoras, inquieto ante la posibilidad de que se produzca un nuevo ataque aéreo, grita a fotógrafo y fotografiado, rayando los malos modos: “¡salgan de allí; están ustedes muy expuestos!”.

Mueren al menos dos personas en un ataque aéreo ruso en la localidad ucraniana de Zhitómir. / REUTERS / VÍDEO: EFE

Apoyado en dos muletas, Mijail Yanotenko, de 59 años, contempla con amargura los restos de su comercio destruido, sito en la esquina de una calle próxima a la plaza de la libertad. La onda expansiva ha extraído los ventanales de sus marcos, reventado la puerta y arrojado al suelo la mercancía de sus estantes. Con la ayuda de un voluntario, recoge todos los productos que aún puedan aprovecharse para entregarlos al Ejército o a la población civil. “Vamos a darlo todo, el agua, la comida, galletas, cigarrillos, cualquier cosa…” Aunque aún es pronto para calcular el dinero que ha perdido por el bombardeo, solo le ronda una certeza en la cabeza: “no me voy a ir; ésta es mi ciudad; yo aquí nací y crecí”. Como ciudadano ucraniano que emplea habitualmente la lengua rusa, integra, al menos en teoría, ese segmento de población local al que el presidente Vladímir Putin describe como objeto de un “genocidio” por parte del “Gobierno neonazi” que se ha instalado en Kiev. Pero para Mijaíl, nada más lejos de la realidad que considerar como salvadores a las tropas atacantes; abomina del Ejército, el sistema político y el Gobierno del país vecino. “Antes tenía un buen concepto de Rusia, ahora…”

Además de edificios administrativos y tiendas próximas, el bombardeo ha provocado el colapso del puesto callejero que recaudaba fondos y ayudas para las tropas ucranianas que luchan en el este del país contra las milicias prorrusas, un objetivo de escaso valor militar pero sí con una importante carga simbólica. Olga Vólkova, una voluntaria que ha intentado sin éxito alistarse en la Defensa Territorial y que ahora ayuda en lo que puede, promete una y otra vez que la parada volverá a levantarse: “estará en otro lugar”, apunta firme, aunque prefiere no revelar dónde para evitar que sea atacada de nuevo. Esta mujer de figura estilizada insiste que ésta no es “ni una guerra económica, ni una guerra política”. “Es una guerra de odio; Putin odia a los ucranianos, como Hitler odiaba a los judíos”.

Járkov, hasta hace pocos días una próspera localidad del este ucraniano, se ha transformado en una ciudad fantasma, donde apenas circulan vehículos y gentes por las calles. La inmensa mayoría de los comercios están cerrados a cal y canto y con las persianas bajadas; únicamente unas pocas tiendas de comestibles, carnicerías y farmacias permanecen abiertas, ante cuyas puertas se forman importantes aglomeraciones de gentes haciendo acopio de víveres y medicinas.

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El estricto toque de queda vigente en la ciudad, que arranca a las tres de la tarde y se prolonga hasta primera hora de la mañana del día siguiente, dificulta enormemente las tareas de aprovisionamiento a los ciudadanos que no han podido o querido marcharse, en particular a los de mayor edad. Una gigantesca bandera asida a un mástil de un centenar de metros, visible desde varios puntos de la ciudad, ondea orgullosa en la plaza Sergueyévskaya, junto a la Catedral del Descendimiento.  

La ciudad vive entre los sobresaltos de las noticias, que indican la presencia recurrente de tropas aerotransportadas rusas en algunos puntos neurálgicos como la estación de tren o el puerto fluvial. “Esas tropas han sido eliminadas”, informa de forma sucinta un miliciano.