Movimiento antivacunas

¿Clamor de libertad o caos? Un día entre las protestas de camioneros en Ottawa

Un día entre las protestas de camioneros en Ottawa. En la foto, Nathalie, una de las conductoras que participan en las movilizaciones. / FOTO Y VÍDEO: IDOYA NOAIN

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Idoya Noain
Idoya Noain

Periodista

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Estos días, como cada año en febrero, los operarios municipales de Ottawa realizan trabajos en el río Rideau preparando y cortando el hielo, con explosiones controladas, para evitar inundaciones cuando llegue la primavera. Es una operación estudiada, planificada, repetida; un momento en el que la ciudad advierte de que el hielo es inestable y peligroso y, en este paraíso de invierno, tan dado al esquí como al patinaje, llama a evitarlo.

Desde hace dos semanas, no obstante, es algo distinto lo que fluye y también se ha quedado congelado en la capital de Canadá y las autoridades no han encontrado la forma de deshacerlo ni de calcular bien sus efectos, presentes y futuros.

La protesta de cientos de camioneros que llegaron con sus vehículos pesados el 28 de enero en un convoy organizado contra las restricciones de movimientos entre el país y Estados Unidos de los no vacunados frente al coronavirus no es como otras de las manifestaciones que históricamente han elegido la calle Wellington, frente al Parlamento canadiense, como escenario de sus reivindicaciones. Esta vez los manifestantes y sus gigantes mecánicos se han quedado ahí aparcados, y en otras calles aledañas, y en otros puntos de la ciudad.

Una de las canciones convertidas en himno de los antivacunas en las protestas de Canadá. / FOTO Y VÍDEO: IDOYA NOAIN

Les acompañan decenas más de camionetas y vehículos más pequeños y también una marea humana. Un torrente de banderas con la hoja de arce tiñe de rojo y blanco a la gente, los coches, las calles. En las verjas frente al parlamento, en pintadas en los camiones, en pancartas y en camisetas se despliega una panoplia de mensajes que demuestran que las reivindicaciones han ido mucho más allá del puro rechazo original a los mandatos de vacunación. Ahora caben llamadas para enviar al primer ministro Justin Trudeau a la cárcel o a sitios aun menos deseables, para desmantelar el gobierno. También ideas que son conocidas para cualquiera que esté al tanto de las corrientes conspiranoicas, de los supuestos microchips en las vacunas al supuesto control de un “nuevo orden mundial”.

"¡Libertad!"

Todo está lleno también, por escrito, en canciones, en conversaciones y a gritos, de una palabra: “libertad”, “libertad”, “libertad”, ¡libertad!”

Nathalie, por ejemplo, la lleva hilada en una cinta rosa en el pelo. Y esta mujer de 40 años, 20 como conductora de grandes vehículos, también la menciona de viva voz cuando habla de por qué ha decidido dejar a sus dos hijos de ocho y nueve años en su casa, a una hora de Ottawa, e instalarse en la protesta en la cabina de su camión. “Luchamos por nuestra libertad, queremos poder trabajar, solo pagar las facturas”, dice. “No estoy vacunada pero ¿por qué no me dejan trabajar si voy sola en mi camión?”

También habla de libertad Sonia, una mujer de raíces en la India de 37 años que llegó a Ottawa con su hermano en el convoy que salió desde Toronto y pasa las noches en un Airbnb y los días en uno de los múltiples puestos en los que se reparte comida gratuita, y también juguetes para los niños, muchos niños, que se ven en la protesta. “He venido por la libertad, no vivimos en comunismo”, dice detrás de la barbacoa donde hace perritos calientes. “Hemos vivido dos años de miedo y ese es el nuevo divide y vencerás de los políticos, la nueva colonización”.

Para otros, como Lee, un vecino de las afueras de Ottawa que por quinto día ha venido a pasear con un cartel que reza “gracias, camioneros”, “esta protesta es sobre control, sobre el gobierno diciéndonos cómo tenemos que vivir la vida. Si no nos resistimos ahora nuestros niños vivirán en un país que nunca imaginamos”, añade. Y vuelve al concepto más repetido. “Lo más importante es que podamos vivir una vida libre”.

La burbuja

Recorrer la “zona roja”, como las autoridades bautizaron al centro paralizado, es entrar en una burbuja. No hay una sola mascarilla a la vista. Por más que una orden judicial obligara a evitar los bocinazos, estos suenan. Rugen los motores, por más también que se haya limitado el acceso al combustible.

Hay entre los presentes camaradería y altavoces y música y bailes y juegos de hockey y regalos, como la pequeña cruz dorada que una mujer le entrega a Sonia “por hacer el trabajo de dios”. Y Rob Close, un camionero de 48 años llegado hace 14 días desde otro punto de Ontario a siete horas de la capital, cuenta que ha acumulado una pila de notas y cartas que le entrega personas agradecidas por su protesta y explica que se ha creado “una pequeña comunidad y todo el mundo se cuida”.

Close es uno de los muchos que, en un ambiente donde son también numerosos los mensajes críticos con la prensa, las acusaciones de que la mayoría de los medios propagan 'fake news' o están al servicio de los gobiernos, asegura que se ha “distorsionado” la imagen de la protesta. “Los medios han llenado a los vecinos de miedo de que somos violentos. Mucha gente no viene al 'downtown' porque el gobierno les ha dicho que se queden en casa”, dice.

El exterior

Basta salir de la burbuja, o mirarla sin la perspectiva de los propios manifestantes, o escuchar a vecinos que no comulgan ni con muchas de las ideas ni con el método de las protestas, para toparse con una visión diferente. Por más que se palpe un empeño por mantener un aura festiva y pacifista, especialmente después de que los primeros días las protestas quedaran señaladas por la presencia de nazis y supremacistas blancos, por incidentes como el ataque a un edificio y por el ruido infernal, es ineludible también escuchar discursos menos amables y presenciar momentos menos kumbayá.

Este viernes al menos hubo un par de momentos de tensión con la policía cuando los agentes obligaron a desmantelar un par de estructuras montadas en la calle Wellington. Por lo general, no obstante, el trabajo de los uniformados no tiene demasiadas críticas entre los propios camioneros. “Se han portado bien con nosotros”, “han sido fantásticos”, “no creo que quieran hacer esto”, dicen.

Puede que sea cuestión de simpatías entre muchos agentes con el origen de las protestas, el rechazo a los mandatos de vacunación. O puede que sea que están sobrepasados y numéricamente incapacitados para lidiar con una protesta para la que claramente las autoridades no se prepararon, incluso sabiendo que llegaba.

Son dos de las opciones que surgen en una conversación con Michael Harkins, un vecino de Ottawa, que solía trabajar en finanzas, y que este viernes estaba con su amigo Paul en el centro, cerca de unas protestas para las que si se les pide una palabra como definición eligen “caos” y “locura”.

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“Los manifestantes han cambiado su confinamiento por nuestro confinamiento”, dice Harkins subrayando el miedo, real y no provocado por la prensa, de muchos a salir por el 'downtown', o el que ha llevado a numerosos negocios, incluyendo el mayor centro comercial de la ciudad, con 175 tiendas, a cerrar temporalmente sus puertas (y dejar a sus trabajadores sin sueldo).

“El 80 u 85% de la ciudad está cansada de lo que está pasando y frustrados con el gobierno municipal y la policía”, asegura también Harkins, que no duda en ver tras este “convoy de la libertad” algo más grande y menos transparente que una protesta de un grupo específico contra una medida concreta. Él está convencido de que “los que lo han organizado no son los camioneros, ellos son peones, se usa la pandemia como excusa”. Y bajo esa superficie de camiones congelados en las calles de Ottawa, no es el único que ve corriendo con fuerza una corriente de populismo ultraconservador y de movimientos extremistas esperando su primavera.