Crisis humanitaria

El infierno helado que condena a los refugiados sirios en el Líbano

  • El frío fuerza a un millón y medio de personas en el Líbano a calentarse quemando cualquier cosa que prenda poniendo en riesgo sus vidas

  • Las nevadas agravan las condiciones de vida de la población más vulnerable terriblemente afectada por la debacle económica del país mediterráneo

Andrea López-Tomàs

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Andrea López-Tomàs
Andrea López-Tomàs

Periodista y politóloga.

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A las puertas de su tienda, hay media docena de neumáticos apilados. En el pequeño hogar construido con trozos de madera y lonas de plástico, malviven Marie y Abdel Satar con sus siete hijos. Después de semanas de nevadas, su ropa infantil está colgada frente a las ruedas en un intento de zafarse de la humedad. “Los niños no paraban de llorar, estaban muy asustados”, recuerda Abdel Satar. “Durante la tormenta, les hicimos salir descalzos de la tienda porque teníamos miedo de que nos cayera encima”, explica Marie. Sus vecinos aún retiran la nieve frente a sus casas. El gélido invierno convierte la vida en los campos de refugiados sirios en el Líbano en un infierno.

“Tenemos tanto frío que quemamos estos neumáticos para mantenernos en calor”, señala Marie, de la devastada ciudad de Homs. Pero tuvieron que parar porque se dieron cuenta que los niños empezaban a sufrir problemas respiratorios con ese calor artificial y tóxico. “Llevamos aquí demasiados años”, lamenta esta mujer de mirada aún joven. Desde principio de año, las bajas temperaturas en el Líbano se han cebado con su población más vulnerable. 

Gran parte del millón y medio de refugiados sirios que acoge el país se encuentra en el valle de la Becá, a menos de una docena de kilómetros de la Siria que les expulsó. Solo las montañas, hoy teñidas de blanco, les separan de su país natal. A ese lado, su casa de verdad. A este otro, la casa que no es ni sienten suya. 

Leila, una niña siria refugiada en los campos del Líbano

/ Andrea López-Tomàs

Quemar para entrar en calor

Es difícil acceder al campo 072 Judeia al Asad. La carretera de acceso es apenas un camino de tierra. Durante el invierno suele llenarse de nieve. Al llegar a este lugar apartado del mundo, a solo una hora de Beirut, se puede oler el rastro de los neumáticos calcinados. “Queman leña, papel, ropa vieja, plásticos o zapatos, lo que encuentran para mantenerse caliente”, explica George Haffar, coordinador de sustentos de la oenegé URDA Spain. Unas 300 personas malviven en 39 tiendas. Después de las nevadas, muchas de ellas se han derrumbado o sufren goteras, inhabilitando gran parte del ya minúsculo espacio.

Nura aún recuerda la pequeña granja de su familia en Idlib, ahora bajo control de los opositores sirios. “No vivíamos ni bien ni mal. Vivíamos. Pero los bombardeos nos forzaron a irnos”, rememora con lágrimas en los ojos. Cuando llegó al campo de Judeia en el 2014, no podía esperar que su vida iría a peor. Pero el Líbano nunca llegó a ser un refugio seguro. Ella que nunca se casó para cuidar de su hermana Kafiya –“tiene electricidad en la cabeza”, dice–, ahora está también a cargo de la mayor, Sida. “Cuando se enteró de que toda su familia había muerto durante la guerra, se quedó paralítica”, apunta mientras Sida saca la mano de la manta que cubre sus piernas para saludar.

“¿Cómo se supone que tenemos que vivir? No podemos trabajar”, implora. “Yo tengo 60 años, y mi hermana, 65 y no puede moverse”, añade. Las nevadas solo han sido otro episodio en su terrible historia. Sin posibilidad de ganar dinero, Nura se arma de valor cada día y sale a mendigar pedazos de madera a sus vecinos para calentarse. Su pequeña tienda está llena de charcos. URDA le ha instalado varios pilares de refuerzo para sujetar el techo sobre sus cabezas. “Por ley los sirios tienen prohibido construir algo más estable, solo pueden usar madera y plástico”, denuncia Haffar.

La familia de Marie y Abdel Satar, refugiados sirios en el Líbano.

/ Andrea López-Tomàs

Debacle económica libanesa

Después de 11 años de guerra, la solución temporal que iban a ser estas tiendas cae por su propio peso. Cada invierno es un recordatorio para los sirios que se quedaron cerca de su país. “La poca gente que trabaja lo hace al día y con las nevadas, les sale más caro el transporte hacia su empleo que el salario que cobrarán”, explica Haffar. La devaluación de la moneda local ha hecho que las 7.000 libras libanesas que suelen ganar pasen de unos cinco euros a apenas céntimos. A su vez, una tonelada de madera equivale ahora a cinco veces el salario mínimo. Cuesta tres millones de libras, unos 108 euros al cambio oficial, mientras el precio de la gasolina se ha multiplicado por diez en dos años.

Nueve de cada diez refugiados sirios en el Líbano viven en la pobreza extrema, según Naciones Unidas

Nura, Sida, Marie, Abdel Satar o sus vecinos ponen rostros a las cifras. Según Naciones Unidas, nueve de cada diez refugiados sirios en el Líbano viven en la pobreza extrema. La debacle económica sin precedentes que azota al país mediterráneo se ha extendido por todos los estratos de población. “Muchas oenegés dejaron de ayudarnos cuando empezó la crisis”, denuncia Abdelsamad al Omar, representante de las 46 familias del campo. “Por ejemplo, hace dos años que estos niños no van a la escuela desde que una organización internacional detuvo su programa educativo aquí”, se queja.

Muertos de frío

Un lunes cualquiera de invierno decenas de niños pasean aburridos por las callejuelas que dejan las tiendas entre sí. Alguno inicia una batalla de bolas de nieve, provocando las únicas carcajadas que se oyen en el campo. Empiezan a correr traviesos. Esquivan a las mujeres que con una pala, retiran el hielo del suelo y a los hombres que trasladan neumáticos. Las chancletas que visten sus pies no parecen detenerles en su carrera. Se divierten ajenos a su desamparo. Este preocupa a las Naciones Unidas que han solicitado ayuda urgente a las naciones donantes cuya generosidad se ha visto mermada por la pandemia y el cansancio de una década de guerra siria.

Niñas sirias refugiadas en los campos del Líbano

/ Andrea López-Tomàs

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Pero el invierno acecha igualmente. En Siria, dos bebés han muerto de frío este primero de febrero en uno de los campos alrededor de Idlib. Se suman a otros tres niños que encontraron la muerte por el mismo motivo y a un cuarto que perdió la vida cuando colapsó el techo de su tienda sobre él. En el Líbano, una madre y sus tres hijos murieron de noche al inhalar los gases tóxicos de la quema de carbón para calentar su habitación en un pueblo sureño. Las explosiones en las tiendas han provocado quemaduras en pequeños y mayores.

“Cada año nos enfrentamos a la nieve y al frío pero antes siempre había alguien que al día siguiente venía a reconstruir”, rememora Abdelsamad, el representante del campo. “Ahora todos nos han olvidado”.

Las 300.000 libras libanesas mensuales que ofrece el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados a algunos de ellos no son suficientes. Apenas equivalen ahora a 14 euros. “No es que no queramos volver a nuestro país”, reconoce Abdelsamad, “es que nuestras vidas, nuestras casas ya no existen”. Rodeado de los hombres del campo, muestra largas conversaciones de WhatsApp repletas de sus vídeos y notas de voz durante la nevada. “Cada año nos enfrentamos a la nieve y al frío pero antes siempre había alguien que al día siguiente venía a reconstruir nuestras tiendas”, rememora. “Ahora todos nos han olvidado”.