Cuaderno de bitácora

Diario de a bordo (VII): Nuevo rescate de Open Arms, 130 personas en dos cayucos

Imagen de los personas refugiadas a bordo del cayuco y que fueron rescatadas por el Astral la tarde del domingo

Imagen de los personas refugiadas a bordo del cayuco y que fueron rescatadas por el Astral la tarde del domingo / RICARDO MIR DE FRANCIA

  • EL PERIÓDICO se embarca con Open Arms y navega en el barco 'Astral' en busca de personas a la deriva en medio del Mediterráneo

  • La oenegé rescata junto a la Guardia de Finanzas italiana a dos cayucos con 130 banglasesís y sirios

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Ricardo Mir de Francia
Ricardo Mir de Francia

Periodista

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Levantaron los brazos en señal de victoria, alzaron el puño o saludaron con la palma abierta. Algunos sonreían exultantes. Otros miraban con los ojos abiertos como platos con una enorme curiosidad. En las caras de unos pocos se intuía una mezcla de desconfianza, miedo y perplejidad. Y hubo quien sacó el móvil para inmortalizar el momento del rescate y no olvidar a las mujeres y hombres de Open Arms que los encontraron hacinados en dos cayucos cruzando el Mediterráneo, donde más de 1.300 personas han muerto ahogadas en lo que va de año tratando de alcanzar las costas europeas. 

El rescate se produjo al atardecer del domingo en aguas internacionales, a unas 30 millas náuticas de la isla italiana de Lampedusa. Tras una semana de accidentada misión del Astral, una de las dos embarcaciones de la oenegé de Badalona dedicada al salvamento marítimo, el barco se topó literalmente con dos cayucos en el horizonte mientras seguía la pista a otra patera en peligro. Tras cuatro días de impotencia en Menorca por una avería mecánica, había llegado el momento de pasar a la acción. “Con su permiso, voy a comprobar las condiciones de estos dos botes”, informó su capitán griego, Savvas Kourepinis, a la estación de comunicación marítima Radio Lampedusa. A bordo comenzaron las carreras para activar el dispositivo de rescate, encabezado por una lancha semirrígida con dos socorristas, un patrón y dos periodistas, uno de ellos de EL PERIÓDICO. 

Ricardo Mir de Francia

“¿Estáis bien, hay algún herido?”, gritó en inglés desde la lancha Óscar Camps, fundador de Open Arms, al alcanzar al primero de los cayucos. Dedos gordos al viento en señal de aprobación. El tiempo acompañaba y también una mar lisa sin apenas oleaje. No había heridos en ninguna de ellas, según sus respuestas, pero se estaban quedando sin combustible, como se encargaron de enfatizar blandiendo por la borda bidones de gasoil vacíos. En total, unas 130 personas viajaban en los dos cayucos. Todos hombres y, salvo algún sirio que acertó a hacerse oír entre el rugido de los motores, todos originarios de Bangladesh, un país a miles de kilómetros de las costas mediterráneas. De las peripecias de su camino, poco más acertaron a decir porque ninguno de ellos subiría a bordo del Astral, que no tardó en informar de su situación a las autoridades italianas. 

Estado fallido

Los cayucos habían salido de las costas de Zuara (Libia) hace dos días, el principal país de partida para la llegada de refugiados y migrantes irregulares a Italia, que ha recibido a más de 59.000 personas en lo que va de año llegadas en pateras y cayucos por el Mediterráneo, según dijo esta semana su ministra del Interior. El antiguo feudo de Gadafi, convertido desde la intervención de la OTAN en un Estado fallido controlado por varias facciones armadas, es un pozo sin fondo para los derechos humanos, donde la tortura, los abusos sexuales, la explotación laboral y las detenciones arbitrarias se cometen “de forma sistemática” contra los migrantes, según ha denunciado la ONU. 

Pero tanto Italia como la Unión Europea equipan y financian a sus guardacostas para frenar los flujos migratorios e internar a los migrantes interceptados en sus temibles centros de detención. Nada parece importarles que esos guardacostas hayan estado estar dirigidos por Abd al-Rahman Milad, también conocido como Bija, uno de los mayores traficantes de personas del país norteafricano. Pero en este caso las personas rescatadas por Open Arms no tendrán que preocuparse por ser devueltas en caliente a Libia, como les pasa a otros con menos suerte.

Apenas 15 minutos después del encuentro con los socorristas de la oenegé catalana, que no tardó en informar a las autoridades italianas de la posición y condiciones de los cayucos, apareció un buque de su Guardia de Finanzas para subirlos a bordo y llevarlos hasta Italia. Un desenlace rápido y sin los contratiempos a los que está acostumbrada la organización de Camps, que solo sube a bordo a las personas rescatadas cuando están en peligro inminente de muerte o cuando ninguna de las autoridades de los países ribereños responde a sus llamadas de asistencia. 

Zona de búsqueda y rescate

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La misión del Astral, en cualquier caso, está lejos de haber concluido. Desde que el barco divisara Lampedusa a babor y entrara en la zona de búsqueda y rescate (SAR, por sus siglas en inglés) italiana, una de las demarcaciones en que el derecho marítimo divide el Mediterráneo, obligando a sus países respectivos a prestar asistencia a las embarcaciones en peligro, la radio no ha dejado de sonar. Poco antes del rescate, un pesquero advertía de la “situación muy grave” experimentada por un “bote de madera” que supuestamente llevaría a bordo unas 35 personas africanas, incluidos 20 niños. “Situazione molto grave”, insistía una y otra vez a través de Radio Lampedusa. 

Pero encontrar a esos náufragos potenciales no es fácil. Los guardacostas italianos no siempre responden con celeridad y para las oenegés puede ser como encontrar una aguja en un pajar, un pajar que, por estas latitudes, es un gran cementerio de sueños rotos.