Cuaderno de bitácora

Diario de a bordo (VI): El capitán Haddock del Astral tiene malas pulgas

Savvas Koupernis es uno de los miembros más antiguos de Open Arms y el timonel de un barco que llegará el domingo a la zona de los rescates

Savvas Koupernis, capital del barco Astral de Open Arms.

Savvas Koupernis, capital del barco Astral de Open Arms. / Ricardo Mir de Francia

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Ricardo Mir de Francia
Ricardo Mir de Francia

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“¿Existe Dios? Claro que existe, si no ¿qué es lo que dices cuando te pegas un martillazo el dedo?: ¡Dios mío! Pues eso…” Los circunloquios del capitán Savvas suelen tener más sustancia de lo que parece, siempre que uno sea capaz de descifrar su castellano sin tiempos verbales. Pero también te puede llamar “merluzo”, “ectoplasma”, “filibustero” o “mercader de alfombras” solo con mirarte. Porque Savvas es el capitán Haddock de este barco, su personaje más volátil y peliculero, capaz de coserte a improperios a la menor indisciplina y, media hora después, abrazarte con su sonrisa mellada de corsario griego. Sus cambios de humor son el termómetro emocional del Astral, que navega ahora hacia el estrecho de Cerdeña sobre una mar impresionista delicadamente plana. 

Savvas Kourepinis es originario de la isla griega de Leros, en el Dodecaneso, a solo 20 millas náuticas de Turquía. Su padre fue pescador, antes de abrir un restaurante, gestionado por su madre en los fogones “La primera vez que piloté una barca estaba todavía en primaria. Me fui con mi hermano a pescar calamares y, por el camino, se nos rompió un remo y no podíamos volver. Todavía me acuerdo de la bronca de mi padre”, rememora el capitán de la expedición de Open Arms. De niño, sostiene, no tenía grandes aspiraciones. Estudió para electricista y aprendió mecánica, se casó y tuvo un hijo, y acabó enrolándose en la marina griega, donde sirvió durante siete años en sus fuerzas especiales, una etapa de la que no habla, como si arrastrara secretos inconfesables. 

La primera vez que rescató una patera estaba haciendo la mili. “Por aquella época aún teníamos permiso de fuego porque los traficantes iban armados y viajaban en lanchas rápidas. Ya entonces encontrábamos muchos cuerpos flotando en el agua”, dice en una noche de luna llena aludiendo a los primeros años de este siglo. “La gente de las islas ha sufrido mucho y tiende a ser amable con los refugiados. Puede que no les gusten por la mañana, pero por la noche les llevan un plato de comida”. A veces, sin embargo, la presión es inmensa y, con ella, llegan los recelos. “Leros tiene 9.000 habitantes, pero en 2015 llegó a tener 14.000 inmigrantes durmiendo en las calles y en el puerto. Imagínatelo”. 

Esta mañana Savvas se ha despertado contento. Ha subido al puente de mando hacia las ocho de la mañana, se ha liado uno de sus inseparables cigarrillos y ha tirado la caña para ver si algún atún se cruza en su anzuelo. Pero no siempre está igual de radiante. Hay días que pasa horas taciturno, sin decir una palabra y enfatizando sus silencios con una irresistible teatralidad, como el día que se averió el Astral y se daba literalmente cabezazos contra el asiento del timonel tratando de entender qué había pasado. Otras veces, su irascible tosquedad corta como un cuchillo. “No hables. Si te escucho y hablas, te bajas” o “¿puedo hacer algo? A mí no me preguntes nada, si quieres lo haces, si quieres no lo haces”. 

A diferencia del capitán Haddock, Savvas no bebe. Por lo menos, cuando está de misión, y lleva docenas a sus espaldas con Open Arms. Primero como marinero, luego como mecánico y ahora como capitán. En 2016, después de trabajar en Lesbos con Médicos Sin Fronteras, le llamó un día Óscar Camps, el fundador de la oenegé de Badalona. “Necesitamos locos que puedan navegar, me dijo. Y el primer día, a 40 millas de Lampedusa, sufrimos un apagón total en plena noche”, recuerda entre carcajadas. 

Adrenalina y ayudar

En aquella primera misión a bordo del Astral acabaron rescatando durante 15 días, varias pateras por jornada. “Lo hago por la adrenalina y porque me gusta ayudar. No dejo que me afecten los momentos más duros”. Savvas acumula un sinfín de ellos grabados en la retina. Como la imagen de aquel niño rescatado que no dejaba de mirar por la cubierta esperando a que su madre y su hermana reaparecieran tras haberse ahogado en el Mediterráneo. “Yo entiendo que los países refuercen sus fronteras o sus efectivos marítimos, pero no pueden dejar que la gente se muera en el mar. La política europea es una mierda”, afirma el capitán del Astral. 

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“Nuestro primer mundo explota el continente africano. Nos llevamos su combustible, sus minerales y les tiramos la basura, pero luego no queremos que su gente venga. Somos bastante hipócritas”, dice torciendo el gesto mientras enciende otro cigarrillo. “¿Hasta cuándo vamos a tener que salvarles la vida 300 locos? Porque somos pocos, por más que mucha gente nos ayude desde casa. Hay que darle ya una solución al problema, y esa solución no pasa por cerrar los puertos, sino por invertir en el desarrollo de sus países de origen”. 

Cuando el Astral vuelva a casa, Savvas seguirá en el barco. Vive desde hace años en el puerto de Badalona. Lo verán caminando por allí con su barba rala y su cara de Mortadelo, despotricando rayos y centellas y repitiéndose a sí mismo: “Perdimos a uno, pero rescatamos a 50”.