Un mes tras el terremoto

Violencia e inestabilidad: la pescadilla que se muerde la cola en Haití

  • Dos misioneras explican a EL PERIÓDICO las dificultades para acceder a algunas zonas afectadas por el seísmo y cómo las bandas campan a sus anchas y roban camiones de gasolina

  • El inicio del curso escolar se ha retrasado un mes, con lo que muchos niños no podrán contar con una comida segura al día

Unos haitianos recuperan sus enseres personales de entre las ruinas de su vivienda tras el terremoto de 7,2 grados.

Unos haitianos recuperan sus enseres personales de entre las ruinas de su vivienda tras el terremoto de 7,2 grados. / REGINALD LOUISSAINT (AFP)

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Victoria Flores

La tierra tembló en Haití la mañana del 14 de agosto. Ha pasado más de un mes desde que un terremoto de 7,2 grados en la escala de Richter volvía a sacudir al país y el paisaje no es muy distinto al que uno se encontraba entonces. El seísmo se notó en todo el país, especialmente en la zona sur, en él murieron más de 2.000 personas y los rescatadores aún buscan a centenares de desaparecidos.

Farzana Philip es una misionera pakistaní que trabaja en Puerto Príncipe. Cuando habla con EL PERIÓDICO acaba de llegar a la capital después de pasar unos días en el sur del país atendiendo a las víctimas del terremoto con una clínica móvil. "Distribuimos comida y visitamos otros sitios que no conocíamos para ver qué podemos hacer la próxima vez", explica Philips.

Junto a su equipo, esta religiosa de Jesús María ha visitado algunas de las zonas más remotas en las que el terremoto causó estragos. "No fuimos a Los Cayos porque hay otras muchas asociaciones, el párroco nos pidió que visitáramos las áreas a las que nadie ha ido. Nadie ha ido allí porque hay que andar una hora y media y escalar una montaña para poder llegar", cuenta la misionera.

Otras zonas del país

En el norte de la isla está también su compañera Valle Chías, sevillana, que comenta a EL PERIÓDICO que en su zona apenas se notaron los efectos del terremoto. "Hubo alguna grieta, pero nada", indica. Eso sí, sostiene que aunque los daños físicos solo se notaran en la zona sur, todo el país sufre las consecuencias del mismo. "El terremoto indirectamente nos afecta a todos", explica mientras señala que las bandas armadas se pasean "como reyes" por todo el país desde que comenzó a llegar la ayuda.

Ambas explican lo complicado que es conseguir gasolina desde que se produjo el terremoto ya que las bandas raptan los camiones para pedir rescates millonarios. "Yo puede ser que esta semana no pueda salir con la clínica móvil porque no hay carburante", destaca Chías. Por su parte, Philips da gracias a que pudo encontrar gasolina en la carretera para ir y volver del sur. "A la vuelta apenas teníamos combustible y todas las gasolineras estaban cerradas, tuvimos suerte y no se acabó hasta que no llegamos a casa", señala agradecida

Además, lamenta que desde que se produjo el seísmo la ayuda que necesita para poder continuar con sus labores como médica no llega. "Haití es un país de muy pocos recursos y ahora la mayoría de las cosas están concentradas en el sur por el terremoto, el resto del país está manga por hombro", comenta la religiosa. "Ahora han retrasado en el inicio del colegio en todo el país, eso significa que los niños estén prácticamente sin comer un mes más porque con el Programa Mundial De Alimentos y otras organizaciones a los niños se les asegura una comida al día en el colegio. Hay niños que llevan así todo el verano", señala la misionera sevillana.

Acostumbrados a las catástrofes

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Pese a que en el sur los edificios hayan quedado completamente planos tras el terremoto y los habitantes de la zona hayan perdido muchas de sus pertenencias, Philips subraya que las "personas intentan seguir con su vida lo más normal posible, recogen vegetales y van a los pueblos para venderlos y con el dinero alimentar a sus familias”. Con ella coincide también Chías, que cuenta que "si hay una catástrofe y están todos bien pues siguen adelante".

Sin embargo, la situación en las zonas más afectadas sigue siendo tan mala como la que había justo después del seísmo. "Con la inestabilidad hay más violencia o con la violencia hay más inestabilidad, es la pescadilla que se muerde la cola", reflexiona Chías. Sobre las necesidades de los vecinos del sur, la religiosa pakistaní lo tiene claro: "La gente solo nos pide que les construyamos las casas. Tienen para comer, pero aunque tengan la comida, si no hay refugios, ¿dónde van a dormir?".