Explosión en Beirut

"Todos vivimos una depresión colectiva"

  • La salud mental de los libaneses ha sido la gran olvidada en la respuesta a la explosión en el puerto de Beirut el pasado 4 de agosto

  • En un Líbano en caída libre, la población sigue sufriendo incapaz de sanar ante unas condiciones socioeconómicas adversas

Una mujer sostiene un retrato de un familiar fallecido frente a los soldados que bloquean el acceso al Palacio Ain al-Tineh, la residencia del presidente del Parlamento, en Beirut, Líbano.

Una mujer sostiene un retrato de un familiar fallecido frente a los soldados que bloquean el acceso al Palacio Ain al-Tineh, la residencia del presidente del Parlamento, en Beirut, Líbano. / NABIL MOUNZER / EFE

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Andrea López-Tomàs
Andrea López-Tomàs

Periodista y politóloga.

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Un portazo hace temblar a toda una nación. Las tormentas eléctricas o el sonido de los aviones israelís volando bajo a través del espacio aéreo del Líbano despiertan traumas muy vivos. El ruido de los vidrios haciéndose añicos, de un simple objeto cayendo por las escaleras o del viento contra las ventanas trasladan a una población entera a la fatídica tarde del 4 de agosto. Desde la letal explosión del puerto de Beirut, un Líbano en caída libre malvive frustrado ante la incapacidad de sanar. “Todos estamos viviendo una depresión colectiva”, denuncia Hiba M. Dandachli, de Embrace Lebanon.

“Cada día es 4 de agosto”, repiten pintadas que reposan desde hace meses sobre los pedazos de los edificios derruidos. Beirut y sus gentes intentan rehacerse de ese día de verano que cambió sus vidas, y se llevó consigo otras tantas. Ha pasado un año desde que una explosión en el puerto de la capital arrasó con media ciudad, pero el trauma es insuperable. “No se está haciendo justicia y eso nos hace sentir invisibles, como si nadie nos escuchara”, apunta Dandachli de esta oenegé dedicada a la salud mental.

Tras la explosión, vino una crisis económica cada día más feroz. La resiliencia y la vitalidad que caracterizan al pueblo libanés se agrietan. “Nunca volveremos a ser quiénes fuimos antes; el 4 de agosto fue una tragedia, un crimen contra la humanidad”, lamenta Dandachli. “Cada uno de nosotros perdió algo ese día y eso nos persigue”, añade. A medida que se acerca el día, la tensión se hace más palpable: hay menos gente en los bares, los mensajes tardan más en ser respondidos. Se percibe una lentitud asfixiante a modo de cuenta atrás para las 18:07 horas.

Unidos en el trauma

“Esta depresión colectiva se nota en el ambiente cuando vas a tomar café con amigos y el principal tema de conversación es sobre cómo están lidiando con la situación”, reconoce Dandachli. Pese a haber sido testigos de muchas guerras y bombardeos, nunca tantas personas en el Líbano, decenas de miles, habían experimentado directamente el mismo evento traumatizante a la vez. La onda expansiva llegó hasta Chipre, a 200 kilómetros de Beirut. Tras la deflagración, la respuesta de la ciudadanía y la sociedad civil fue inmediata. 

Decenas de personas bajaron a las calles a limpiar los cristales esparcidos por el suelo, a alimentar a los voluntarios, a reconstruir puertas y ventanas, a curar las lesiones de los afectados. Pero había heridas escondidas que un año después, siguen sin sanar. “Mucha gente no ha hablado sobre su experiencia a partir del 4 de agosto, porque sienten que sus heridas no valían la pena, que había personas pasándolo todavía peor”, afirma Dandachli. Aunque la necesidad de ayuda psicológica es enorme, los recursos para tratarla son escasos. 

Sin cicatrices externas

Mientras miles de individuos alrededor del mundo siguen volcándose en ayudar al Líbano, pocos se paran a mirar a aquellos sin cicatrices externas. “Nosotros, como Embrace Lebanon y organización especializada en las necesidades psicológicas, estamos en riesgo debido a la falta de recursos, ya que la salud mental no se considera una de las prioridades de la respuesta después de la explosión”, denuncia Dandachli. En el último año, han recibido más de 7.000 llamadas y han atendido a unos 9.500 pacientes, indicio de la enorme necesidad de apoyo emocional y psicológico que sufre la población del Líbano.

Pero el año catastrófico que ha asolado a este pequeño país mediterráneo después de la gran tragedia la ha hundido aún más en la pesadumbre. “Cuanto más se deteriora la situación socioeconómica, mayor es el número de llamadas que recibimos y mayor es el número de personas que acuden a los centros”, analiza Dandachli. La debacle económica crea un ambiente perjudicial que afecta a la ansiedad de los libaneses ya traumatizados. La incertidumbre es su gran catalizador. 

Éxodo de psicólogos

Los libaneses no saben si cada mañana se levantarán con electricidad en sus hogares, si tendrán que esperar dos o tres horas para poner gasolina, si la libra, depreciada en un 90%, se desplomará de nuevo o si los precios subirán, si encontrarán el medicamento que necesitan en la farmacia. La duda les desgarra por dentro poco a poco. A la incertidumbre, se le suma la frustración por una revolución que en octubre del 2019 les insufló de esperanza. Ahora, quiénes lideraban las protestas se encuentran en la terminal del aeropuerto, forzados a emigrar. 

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“Psicólogos y psiquiatras con enormes capacidades se están yendo del Líbano y estamos perdiendo mucho talento, muchas habilidades”, evidencia Dandachli. Por eso, reunir el coraje para pedir ayuda no siempre implica obtenerla en un sistema que expulsa a una juventud con el corazón roto por el desamor con su país. Los gritos de hastío de la revolución se han convertido en silencios repletos de rabia y dolor. Este 4 de agosto la sociedad libanesa caminará hasta el puerto para, de nuevo, exigir justicia y unida, tratar de sanarse. Tanto de cuerpo como, sobre todo, de mente. 

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