Centenario de una masacre

Biden enfatiza sus metas de igualdad y justicia racial en una histórica visita a Tulsa

  • El demócrata es el primer presidente que visita el escenario de una masacre racial ocurrida hace 100 años que durante décadas se borró de la historia

Biden durante el Homenaje de Tulsa.

Biden durante el Homenaje de Tulsa. / Reuters

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Idoya Noain
Idoya Noain

Periodista

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Durante décadas la masacre racial perpetrada entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1921 en el barrio negro de Greenwood en Tulsa (Oklahoma) no tuvo espacio en los libros de texto ni de historia ni en muchos documentos oficiales de Estados Unidos. La omisión y el ocultamiento no eliminaban aquel dramático episodio, en el que una turba violenta de supremacistas blancos ayudada por las autoridades asesinó a por lo menos entre 100 y 300 hombres, mujeres y niños negros y saqueó, bombardeó y redujo a cenizas una boyante comunidad que se conocía como el Wall Street negro.

Este año, en el centenario de aquel acto de terror, y en un momento en que la conciencia sobre la injusticia racial en Estados Unidos lleva un año en el primer plano político y social tras el asesinato de George Floyd, el país y su actual presidente, Joe Biden, miran de frente a Tulsa, a su tragedia y a las heridas que dejó y que aún no han cicatrizado. También, a problemas comunes que hoy, 100 años después, siguen azotando a la comunidad negra de todo EEUU.

Este martes, el mismo día en que se reiniciaban excavaciones buscando fosas comunes, Biden ha protagonizado una histórica visita a la ciudad, la primera de un presidente para conmemorar la tragedia. El mandatario ha visitado el Centro Cultural de Greenwood, se ha reunido en privado con tres supervivientes de 107, 106 y 101 años y ha rendido homenaje a las víctimas.

Biden no ha escatimado palabras para denunciar los hechos de hace un siglo, para denunciar también que hayan sido silenciados, para arrojar luz y denunciar las acciones de aquella turba violenta de supremacistas blancos, que ha definido como "un acto de odio y terrorismo doméstico" y ha conectado a acciones racistas del presente, de la manifestación de Charlottesville al asalto al Capitolio. Ya la víspera, en una declaración nacional de un día de recuerdo, urgía “al pueblo estadounidense a reflexionar en las profundas raíces del terror racial” en EEUU y este martes recordaba que “no se puede reconstruir EEUU mejor sin lidiar con el racismo sistémico y las disparidades que han plagado nuestra nación demasiado tiempo”.

“La oscuridad puede esconder mucho pero no borra nada", ha dicho. "Algunas injusticias son tan atroces, tan horribles, tan dolorosas que no se pueden enterrar. Solo con la verdad puede llegar la curación, la justicia y la reparación. (...) Debemos encontrar el valor de cambiar las cosas que sabemos que podemos cambiar", ha dicho en Tulsa.

Un abismo

Lo que ha hecho Biden es aprovechar este simbólico viaje para enfatizar el compromiso de su presidencia con hacer centrales en su agenda la lucha por la justicia y la igualdad racial, no solo en Tulsa. Y en su discurso ha anunciado pasos específicos que su Administración está dando o quiere dar para tratar de ayudar a reducir la brecha, un abismo en realidad, que sigue separando a las comunidades negras de las blancas en todo el país.

Según un informe reciente de Human Rights Watch, por ejemplo, los negros en el norte de Tulsa sufren un 34% de pobreza frente al 13% de la población blanca del sur de la ciudad. Su paro dobla al de los blancos mientras los ingresos medios se quedan en la mitad y su esperanza de vida (70 años) es de 11 menos que la de los blancos. A nivel nacional, según datos del Center for Progress, la media de riqueza de los blancos en EEUU en 2019 era de 189.100 dólares, mientras que la de los negros se quedaba en 24.100 dólares.

Las medidas

Los focos centrales de las iniciativas presentadas por Biden se ponen en facilitar a las minorías que aumenten su propiedad en dos cuestiones que la Administración considera “dos creadores de riqueza clave”: vivienda y pequeños negocios. Ha instado al Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano, por ejemplo, a publicar dos nuevas reglas que deben alinear prácticas federales con la Ley de Vivienda Justa y a “repensar prácticas establecidas que contribuyen a perpetuar desigualdades”, incluyendo acabar con tasaciones injustas o discriminación.

Biden también ha prometido elevar para 2026 un 50% el porcentaje de los contratos federales que se firman con negocios “desaventajados” (que actualmente son el 10% de los que sella el gobierno). Según la Administración, eso se traducirá en 100.000 millones de dólares que irán a parar a estos negocios en los próximos cinco años.

Otros de los pasos propuestos son elementos que están incluidos en su mastodóntico plan de infraestructuras de 1,7 billones de dólares. Y aunque esa propuesta debe ser negociada con los republicanos, lo que ni mucho menos permite garantizar la pervivencia de partidas, ahí figuran, por ejemplo, el proyecto de destinar 10.000 millones de dólares a un fondo de revitalización que apoyaría proyectos civiles de infraestructuras en comunidades de minorías y otra dotación de 15.000 millones para financiar o dar asesoría a proyectos de transporte que eliminen barreras de conectividad que ahora afectan negativamente a esas comunidades.

También se contempla un nuevo incentivo fiscal que atraiga inversión privada a la construcción o rehabilitación de vivienda para gente de ingresos bajos o medios o destinar 31.000 millones de dólares a programas de pequeños negocios que facilite a emprendedores y empresarios de minorías el acceso, ahora desigual, al capital.

Biden, cuya victoria electoral se apoyó de forma fundamental en la comunidad negra, ha dedicado parte de su discurso también a reivindicar y defender la necesaria protección de los derechos de voto, que están bajo asalto en muchos estados republicanos con iniciativas que castigan sobre todo los votos de pobres y minorías. Lo que ha estado ausente de sus anuncios, provocando las críticas de grupos como la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP por sus siglas en inglés), es un anuncio sobre la potencial condonación de deuda estudiantil, un problema crítico en EEUU que lastra desproporcionadamente a la población negra.

Tulsa

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El enfoque nacional para abordar la lucha contra el racismo sistémico es fundamental pero realizarlo desde Tulsa y en una fecha tan señalada como este centenario ha redoblado su significado. También lo ha hecho que el viaje de Biden llegara casi un año después de que ofreciera en la misma ciudad un controvertido (y frustrado) mitin su predecesor en la Casa Blanca, Donald Trump, un mandatario que más que “silbato de perro” (el término con que se denomina en EEUU a los mensajes velados racistas) lanzaba bilis y azuzaba el odio racial con el megáfono de la presidencia.

Biden se ha reunido además en privado con Lessie Benningfield Randle, Viola Fletcher y Hughes Van Ellis, que eran niñas y bebé en Tulsa cuando el terror destruyó Greenwood hace un siglo. Los tres testificaron hace dos semanas en el Congreso, ante un comité del Congreso que estudia la irresuelta cuestión de las reparaciones (un tema sujeto de un profundo debate sobre el que Biden no se ha pronunciado este martes y en el que, de momento, solo ha dicho estar “abierto a estudiarlo”). “Nuestro país puede olvidar esta historia, pero yo no puedo, y no lo haré. Otros supervivientes tampoco. Ni nuestros descendientes”, dijo entonces Fletcher, mientras Randle, espetó a los congresistas: “Parece que la justicia en América siempre es lenta, o no posible, para la gente negra. Y se nos hace sentir que estamos locos solo por pedir que se enmienden errores”.