Coautora del documental 'Condenadas en Gaza'

Beatriz Lecumberri: “Hay mujeres con cáncer que se cansaron de pedir permiso para salir de Gaza y murieron”

Beatriz Lequmberri.

Beatriz Lequmberri.

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En Gaza la medicina es de guerra. Debido a más de una década de bloqueo israelí, faltan recursos médicos y a los profesionales, pericia y formación, aunque son buenos en ortopedia y en tratar heridas de guerra. Lo cuenta en esta entrevista la periodista Beatriz Lecumberri, codirectora junto con Ana Alba, la que fuera corresponsal de El Periódico de Catalunya en Jerusalén, del documental 'Condenadas en Gaza'. Juntas documentaron el drama que viven las mujeres palestinas enfermas de cáncer a las que Israel no les da permiso para salir de la Franja y recibir tratamiento en hospitales palestinos mejor equipados en Jerusalén Este o en Cisjordania. 

'Condenadas en Gaza', un documental impactante y conmovedor, se presenta este viernes en Barcelona en un acto de homenaje a la memoria de Ana Alba, que falleció el 6 de mayo de 2020. La reportera, que cubrió durante diez años Oriente Próximo, murió a causa de un cáncer, del que se estuvo tratando mientras rodaba codo a codo con Beatriz el documental a lo largo de más de dos años. El acto se podrá ver por 'streaming' a través de la web de El Periódico.

 “Cuando empezamos el trabajo, Ana tenía que ir a Barcelona cada tres semanas para las sesiones de quimioterapia. Un palo, pero ella era así”, recuerda la periodista. “El documental se movió al final al ritmo de su enfermedad. Tuvo una recaída pero siguió con mayor energía y fuerza si cabe. Un día le dije que lo dejáramos. ‘Ahora menos que nunca’, me contestó y nos fuimos a rodar, un poco con el alma en vilo. A pesar de las limitaciones y de su frágil salud, esos días de rodaje fueron felices”. 

¿Cómo surge la idea de este documental?

Tras un viaje que hice a Gaza le comenté a Ana el caso de siete mujeres a las que se les había denegado el permiso para salir de la Franja para ser tratadas del cáncer que padecían en hospitales palestinos. Las autoridades israelís habían argumentado razones políticas, concretamente que tenían relaciones con Hamás. Una oenegé israelí, que ayuda a los enfermos a tramitar los permisos, denunció el caso ante la justicia de su país, que le dio la razón. Fue un fallo sin precedentes. El Tribunal dictaminó que la ley humanitaria internacional está por encima de cualquier otra consideración, que en el caso de que alguna de estas mujeres tuviera algún pariente de Hamás no se les podía negar el derecho al tratamiento de quimioterapia o de otro tipo. Decidimos que había que explicarlo y empezamos a trabajar.

El documental muestra que la sentencia judicial no se cumple ¿Por qué se siguen negando los permisos?

No lo sé. Cuando empezamos el trabajo había una media de 3.000 enfermos de Gaza que solicitaban mensualmente un permiso de salida. Son las cifras previas a la pandemia. En aquel momento, de todo ellos, no lograban salir el 40%. Hay pacientes que piden un permiso de salida para una cosa muy concreta y con un permiso ya les vale. El problema es que los enfermos de cáncer necesitan tratamientos largos y muchos permisos. Si una mujer con cáncer de pecho necesita radioterapia seis meses y le das un permiso o dos no ganas nada. La continuidad es esencial para la curación.

La mayoría de las veces, ni siquiera recibes ninguna explicación cuando no te dan permiso. Te responden con un ‘under check’, estamos viendo. En ocasiones recibes razones de seguridad, pero ya no utilizan el argumento de Hamás. 

Los trámites para pedir un permiso son muy largos y burocráticos. Y si lo consigues, hay muchas restricciones a la hora de hacer el viaje. Tienes que ir directamente al hospital, sin pararte por el camino siquiera para orinar, ni para rezar a la mezquita de Al Aqsa. Si te pillan haciendo algo ajeno al viaje médico ya no te dejan salir nunca más. Son viajes de ida y vuelta en un día.

La protagonista principal e hilo conductor del documental, Nivín Habub, murió durante el rodaje ¿Qué pasó?

Nivín empezó con un cáncer de pecho y se le extendió por no haber recibido el tratamiento a tiempo. Con ella mantuvimos una relación muy bonita. Se convirtió en una persona muy cercana. Al principio se mostró muy reservada, pero se fue abriendo poco a poco y sus declaraciones son increíbles. A diferencia de otras mujeres, ella tuvo el apoyo de su familia, y eso le ayudó a abrirse y conseguimos lograr una confianza y una empatía que se nota en la seguridad con la que habla. Logró un permiso y nos permitió acompañarla hasta el hospital Augusta Victoria de Jerusalén para recibir el tratamiento. En España, Nivín estaría probablemente, no sé si curada, pero su cáncer estaría bastante controlado. Murió en octubre del año pasado. El drama es que son muertes muy silenciosas. Hay mujeres con las que hablamos, que no aparecen en el documental, que un buen día se cansaron de pedir permiso y murieron. Ellas no forman parte de ninguna estadística.

Entiendo que no fue fácil conseguir los testimonios de las mujeres…

Fue uno de las principales dificultades que tuvimos en el rodaje, lograr que las mujeres nos hablasen en confianza. Son mujeres que están acostumbradas a que nadie las escuche. Al principio no entendían porque queríamos contar esa historia y vivimos situaciones bastante surrealistas. Venían acompañadas de sus padres o maridos. Una especie de vigilancia. Ten en cuenta que son personas a las que no solo les cayó como un mazazo el diagnóstico sino que además no sabían si tendrían acceso al tratamiento, si conseguirían el permiso para salir de Gaza. A eso se añade el rechazo, en algunos casos, de las familias. El cáncer de pecho es una enfermedad que supone un estigma y muchas mujeres viven la enfermedad en silencio.

¿A qué se debe este rechazo? 

Creo que el aislamiento que sufre Gaza desde hace más de una década ha favorecido ese retroceso como sociedad. La Gaza de hoy no es la Gaza de hace 15 años. Ahora es una sociedad mucho más cerrada, mucho más patriarcal, más conservadora. No digo que a todas las mujeres con cáncer de pecho las hayan abandonado sus maridos, no, pero sí que es verdad que muchas mujeres sienten ese diagnóstico como una tara para ellas. Las hace sentir menos mujeres. En estos casos, tardan en ir al médico por miedo al abandono o a que no puedan casarse. Y ese retraso es mortal porque el diagnóstico llega demasiado tarde. Hayar Harb, una de las protagonistas del documental, de 34 años, afirma que el cáncer mata pero quien mata más es la sociedad de Gaza. A ella su marido la abandonó y hasta hoy la familia del marido va diciendo por Gaza que ella es una mujer deforme, que es menos mujer. En Gaza ella no se va a casar nunca. Como dice Firyal Zabet, la responsable del Centro de Salud para Mujeres Al Bureji, la salud femenina, dentro de esta precariedad general, no es una prioridad para las autoridades palestinas. Antes entra en Gaza, por ejemplo, un medicamento para el cáncer de próstata que un tratamiento hormonal sustitutivo para una mujer a quien le han quitado un pecho.

Uno de los casos más impactantes del documental es el de Aisha al Lulu, una niña de cinco años.

Aisha murió un mes y medio antes de empezar a rodar y este caso tuvo cierta repercusión mediática. Nosotras logramos entrevistar a su padre. La niña tenía un tumor cerebral y fue operada en un hospital palestino de Jerusalén Este. El caso es que ni a sus padres ni a ningún familiar cercano les dieron permiso para acompañarla, solo a una mujer desconocida. No es fácil dejar a tu hija de cinco años con una persona que no conoces. El padre nos enseñó los videos que le enviaban desde el hospital tras operar a Aisha y eran desgarradores. Veía el deterioro de su hija y no podía hacer nada. Los datos de los menores que salían sin sus padres eran tremendos, eran muy altos, y desde entonces han bajado. Cuando visitas los hospitales de Jerusalén Este ves que los niños ingresados siempre están con las abuelas. Al ser más mayores logran más permisos que los padres, que suelen tener una edad problemática para los israelís, entre los 40 y los 50 años. El Ejército hizo un comunicado a todos los corresponsales extranjeros diciendo que los padres habían renunciado a acompañar a su hija. En el documental el padre lo niega. Lo que firmó fue un papel en el que daba autorización a esa señora desconocida para que acompañara a la niña, pero él nunca renunció a su derecho de acompañar a su hija. Nosotras pedimos al Ejército que nos explicara un poco mejor lo que pasó, pero no hubo respuesta.

¿En qué medida la división en la dirigencia palestina es responsable también del drama que muestra el documental?

Tiene un impacto muy importante. Es el Gobierno de Ramala el que hace llegar parte de los medicamentos a Gaza. Cuando crece la tensión entre Hamás y la Autoridad Palestina ha ocurrido que algunos medicamentos no entren o entren con retraso. Eso penaliza a los enfermos. El hecho de que Ramala presione a Hamás, retrasando el envío de medicamentos, no pagando el salario a funcionarios -entre ellos los médicos- o no pagando la factura de electricidad a Israel, penaliza también a los hospitales. La quimioterapia, la diálisis o una incubadora necesitan electricidad. Si con esta actitud Ramala busca que la gente de Gaza se rebele contra Hamás, no lo ha conseguido. Más bien aumenta el rechazo hacia el presidente palestino, Mahmud Abás. No puedes tomar como rehén a la población de tu división política, ni unos, ni otros. Nosotras hemos dejado muy claro en el documental que aquí la responsabilidad es compartida. Si Gaza no tuviera un bloqueo las cosas serían diferentes, pero también serían diferentes si no hubiera divisiones palestinas. El pueblo de Gaza paga el precio del bloqueo y el precio de las divisiones palestinas. Es doblemente víctima.

¿Cómo es la vida cotidiana en Gaza?

Cuando no hay ni bombas ni cohetes, como las hay ahora, es una vida miserable, la población vive resignada a esta situación de pobreza. Gaza es muy pequeña, apenas 365 kilómetros cuadrados donde viven 2 millones de personas. Hay mucha gente y no hay a dónde ir. Los jóvenes terminan sus estudios en las universidades, que hasta hace poco eran muy buenas, y les es muy difícil encontrar trabajo. Quieren marcharse pero no pueden. Si eres padre de familia, el porcentaje de desempleo es del 50% y en los jóvenes supera el 65%. Si tienes una discapacidad, no quiero ni imaginarlo, porque no hay prácticamente ascensores ni escaleras automáticas. 

En Gaza sientes que te falta el aire, es como una ratonera. En el documental quisimos reflejar lo pequeño y masificado que es con las imágenes de dron. El bloqueo tiene consecuencias diarias inesperadas y terribles para la vida de la población. Hay gente joven que nunca ha salido de Gaza, no conocen ni siquiera Jerusalén, y ven el mundo exterior desde una pantalla. Y encima han vivido tres guerras en los últimos 14 años. Es muy triste. De lo que hablamos en el documental es de derechos humanos, de la vida de la gente, con nombres y apellidos, más allá de cualquier idea política. Tuvimos muy claro desde el principio que no queríamos entrar en eso, aunque todo lo que se escriba desde Gaza va a ser interpretado como algo político.  

¿Cómo vives lo que está pasando ahora?

Como periodista me gustaría explicar lo que está ocurriendo a los dos lados de la frontera. Como siempre, el uso de la fuerza en Gaza es desproporcionado y nada justifica la muerte de civiles de ambos lados. La realidad es que los civiles que mueren son muchos más del lado gazatí. Es como un ‘deja vu’, otra vez. Otra vez Hamás, Israel y Egipto. Cada uno en sus posiciones. Repitiendo ese guión macabro de la ofensiva. Cuando llegue el alto el fuego, será hasta la próxima. Es un ciclo infernal. Es esa sensación de que esto ya lo hemos visto. Lo que cambia es el nombre de los muertos. 

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Hay varias oenegés israelís que se oponen a la ocupación. ¿Qué grado de apoyo tienen entra la población de Israel?

Minoritario. Un ejemplo: cuando Estados Unidos abrió su embajada en Jerusalén, el 14 de mayo de 2018, hubo más de 50 palestinos que murieron en enfrentamientos con el Ejército israelí en la separación entre Gaza e Israel. Era una protesta en el marco de la marcha de retorno que coincidió con esas fechas. Ese día en Tel Aviv hubo una manifestación contra la ocupación y contra lo que estaba pasando en Gaza de unas 2.000 personas. Un día antes, el 13 de mayo, hubo otra concentración también en Tel Aviv pero esta vez para celebrar la victoria en Eurovisión y hubo decenas de miles de personas. Cuando se es israelí y estás en contra de la ocupación es muy duro. Es gente que cree en su país, que lo quiere y defiende, pero es ir contracorriente. Una gran parte de la sociedad israelí ha decidió cerrar los ojos ante cosas que están pasando. La palabra Gaza levanta ampollas y despierta los peores miedos debido a los cohetes que llegan a las ciudades israelís y también provocan muertos y heridos.