Servidor de la corona

Felipe de Edimburgo, el hombre que caminó durante 70 años detrás de Isabel II

  • El príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, vivió como una humillación el que sus hijos no llevaran su apellido, por recomendación de Winston Churchill

  • Presidió 800 organizaciones en su papel de consorte, pero los actos oficiales le aburrían y era conocido por sus desplantes y comentarios fuera de tono

La reina Isabel II y el duque de Edimburgo durante una visita al Museo de la Armada en Londres, en 2017

La reina Isabel II y el duque de Edimburgo durante una visita al Museo de la Armada en Londres, en 2017 / REUTERS / Hannah Mckay

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Begoña Arce
Begoña Arce

Periodista

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El príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, ha muerto a la edad de 99 años, según ha informado este viernes el palacio de Buckingham. "Con profundo dolor, su majestad la reina anuncia la muerte de su amado esposo, su alteza real el príncipe Felipe, duque de Edimburgo", ha anunciado el Palacio de Buckingham en un comunicado. "Su alteza real ha fallecido en paz esta mañana en el Castillo de Windsor", precisa la nota.

El marido de la reina Isabel II pasará a la historia como el hombre que caminaba varios pasos detrás de su esposa. Fotografiado en miles de ceremonias, con un impecable uniforme naval o un traje de Saville Row, nunca dejaba la habitación antes que la soberana lo hiciera. De profesión consorte, figurar en segundo plano durante el más largo reinado en la historia de Inglaterra ha sido su papel en la vida. Una misión marginal, para quien no fue ni padre amantísimo, ni marido fiel, ni tampoco el hombre de acción que presumía en su muy lejana juventud.

“No puedo aguantar mucho más”, declaró en tono irónico, cuando en mayo del 2017 anunció la jubilación y el fin de las tareas oficiales. Había participado, según el balance que se publicó entonces, en 22.000 compromisos públicos y había pronunciado más de 5.000 discursos. Era el resumen de siete décadas de ‘servicios’ a la Corona, por el que su esposa se decía reconocida. Considerado durante largo tiempo como un intruso extranjero por el 'establishmen't, los británicos le toleraron, aunque no apreciaron las salidas de tono, su talante malencarado y arrogante. Con los años se había convertido en una figura de otra época, un fantasma del pasado.

Sin raíces, ni familia

El príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca había nacido en la isla de Corfú. El único varón y el más joven de los cinco hijos de la princesa Alicia y el príncipe Andrés, de origen germano-danés. Eran ‘royals’ de segunda fila, sin fortuna alguna. Su infancia fue caótica, sin raíces, ni hogar.  Poco después de su nacimiento, tras un golpe anti monárquico, la familia debió refugiarse en París, donde vivió con la ayuda de unos ricos allegados.

La madre acabó en una institución psiquiátrica, cuando el niño tenía ocho años. Su educación fue una sucesión de internados, en Francia, Inglaterra y Alemania y en la escuela de Gordonstoun, en Escocia. Era malo en los estudios, bueno en los deportes y pronto comenzó a despuntar el adolescente macho alfa, ocioso, juerguista y amante de las bellezas femeninas, que definiría en buena medida su estilo como adulto.  La carencia de relaciones afectivas o de figura paterna marcaría la distancia que tendría con sus propios hijos.

Conexiones con Alemania

En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial, Felipe se alistó como cadete en la Marina Real Británica. Tenía 18 años y había vuelto a coincidir con la princesa Isabel, de apenas trece, embelesada, como han contado las crónicas, con aquel primo lejano, alto, rubio, de ojos azules, atlético y extrovertido. El joven se las daba de hombre de mundo, con un toque irreverente, que lo hacía irresistible para una chica educada sin contacto alguno con el otro sexo.

La reina Isabel II y el duque de Edimburgo pasean entre las miles de "Poppies", amapolas rojas de cerámica, plantadas en el foso de la Torre de Londres en octubre de 2014.

/ Andy Rain / Efe

Los padres de la futura reina no estaban contentos. Preferían de lejos a alguno de los jóvenes aristócratas terratenientes ingleses, con abolengo, cotos de caza y fortuna. De todo eso carecía Felipe, al que su padre, jugador y mujeriego, dejó por toda herencia una brocha de afeitar de marfil, unos gemelos y un anillo, cuando un ataque al corazón se lo llevó con 62 años en el hotel de Montecarlo donde vivía con su amante.

Cuando se declaró a Isabel, el pretendiente tenía en el banco 6 libras y hubo de pedirle a su madre diamantes de una tiara para poder confeccionar el anillo de compromiso. Quien iba a casarse con la jefa de la iglesia anglicana en Inglaterra era un descreído. Nacido en el seno de la iglesia griega ortodoxa, involucrado durante la adolescencia con el protestantismo alemán y finalmente convertido al anglicanismo para poder contraer matrimonio.

Felipe tenía además grandes conexiones con Alemania, lo que en plena postguerra no era una buena tarjeta de visita. Sus hermanas se habían casado con figuras del nazismo, algo que horrorizó al entonces primer ministro, Winston Churchill. Ninguna de ellas sería invitada a la boda real celebrada en 1947.  

El gran valedor del futuro esposo fue su tío materno, Dickie Mountbatten, quien ayudó a dar algunos retoques cosméticos al pedigrí del novio. El “marido refugiado”, como en la Corte le apodaban despectivamente, tuvo que cambiar sus apellidos paternos, demasiado germánicos, (Schleswig Holstein), por la adaptación inglesa del materno, que de Battenberg pasó a ser Mountbatten. El prometido, orgulloso hasta entonces de su independencia, debió pedir la ciudadanía británica y renunciar a sus títulos reales griegos y daneses. A cambio le fueron concedidos los de Su Alteza Real (H.R.H), Duque de Edimburgo, Conde de Merioneth y Barón de Greenwich.

El ascenso al trono de Isabel II, cuando sólo contaba 25 años, obligó al príncipe a dejar el trabajo en la Marina, ambiente masculino, de aventuras en cada puerto, en el que se sentía muy a gusto. Vivió como una humillación el que sus hijos, por recomendación de Churchill, adoptaran el apellido Windsor. “No soy nada más que una maldita ameba . El único hombre en Inglaterra al que no se le permite darles apellidos a sus hijos”, comentaría resentido.

Aburrimiento y currículo extramarital

Patrón y presidente de 800 organizaciones, el duque no escondió el tedio que le provocaba tanta recepción, las horas de conversaciones educadas y vacías, tanta sonrisa y protocolo. “Creo que se aburre con todo el asunto real”, diría uno de los secretarios de la reina. “Todo eso de las recepciones, el dar la mano, no era algo que le fuera en absoluto”.  Su vida encorsetada en los actos oficiales la amenizaba con una existencia lujosa y privilegiada alternando partidos de polo, competiciones de vela, cacerías y un currículo extramarital, de cuyos rumores se hacía eco sobre todo la prensa extranjera.

Una ‘royal collection’ de affaires de los que nunca hubo fotos o pruebas inculpatorias. Escándalos con sordina, mientras en voz baja se hablaba de crisis matrimonial, del hartazgo de la reina con el mal humor de su marido, los desplantes, las bromas misóginas y racistas en público y en privado. “No me interesa lo que vayan a poner en mi tumba”, dijo en una ocasión.  

Sin legado

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El interés de la Corona prevaleció. No hubo divorcio, ni exilio. Isabel II dejó en manos de un marido poco dado a afectos y cariños las decisiones sobre los hijos. Siempre encontró decepcionante el carácter dubitativo, demasiado sensible de Carlos. Sería su insistencia la que llevó al príncipe de Gales a casarse con Diana Spencer, a pesar de los avisos de que la pareja tenía poco, o nada en común.

A punto de cumplir un siglo, Felipe de Edimburgo ha salido de escena sin dejar un legado digno de ser recordado. El duelo nacional será limitado.