Derechos humanos

Cárceles atestadas y juicios exprés para los seguidores de Navalni

  • Los manifestantes arrestados durante las protestas por la detención del activista denuncian celdas sobrecargadas, pésimas condiciones higiénicas y escasa comida

  • Muchos arrestados también critican la congestión en los tribunales, con vistas judiciales que se celebran en pocos minutos sin la presencia de abogado defensor

  • Pese al mal trago, los opositores excarcelados consideran haber sido víctimas de una "injusticia", y prometen continuar protestando en las calles

Celda atestada de arrestados en el centro de detención provisional de Sájarovo.

Celda atestada de arrestados en el centro de detención provisional de Sájarovo. / DMITRY IVANOV / PROTESTNY MGU (REUTERS)

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Marc Marginedas
Marc Marginedas

Corresponsal para la exURSS

Escribe desde Moscú

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Las esperas son gélidas y tediosas frente al centro de detención provisional de inmigrantes en Sájarovo, a unos 65 kilómetros al oeste de Moscú. En un flanco lateral del complejo, en una suerte de aparcamiento ocasional vigilado por una furgoneta de la policía, aguardan acontecimientos, durante horas, arrebujados en sus coches y con el motor encendido para protegerse de temperaturas de 12 grados bajo cero, familiares y amigos de los manifestantes detenidos en las últimas protestas opositoras. Algunos vienen a traer a los reclusos queso, salchichón y chocolate, alarmados por las informaciones que circulan en los medios independientes sobre la escasa comida y las condiciones de vida en la prisión; otros, en cambio, acuden a recoger a presos que cumplían su pena y debían ser excarcelados.

Sonriente y sin traumas aparentes en el rostro, emerge por el portón Mijaíl Eremin, de 32 años. Sale acompañado de Olga, con el pelo teñido de rojo, quien prefiere no revelar su apellido ni dejarse fotografiar. Ambos fueron detenidos durante la protesta celebrada el pasado 31 de enero, y condenados a ocho días de arresto. Un mal trago que, sin embargo, no parece haberles disuadido de la idea de seguir manifestándose en futuras convocatorias.

Mijaíl Eremin sonríe a la cámara, momentos después de salir del centro de detención de Sájarovo.

/ MARC MARGINEDAS

"Yo tuve suerte y compartía la celda con 10 personas, que era el máximo permitido, pero en otras había dos veces más presos que camas", explica Mijaíl. "Los lavabos y la falta de higiene ha sido lo peor; las letrinas estaban abiertas al resto de la estancia y hacíamos nuestras necesidades a la vista de todos", rememora.

"En nuestra celda había una ingeniera que consiguió cubrir el rincón del baño y darnos un poco de intimidad", continúa su compañera Olga. Según esta veinteañera de vestimenta moderna y aspecto intelectual, el hacinamiento fue especialmente acusado en las primeras horas de detención, antes de que en los medios independientes rusos aparecieran las primeras informaciones de hacinamiento en las cárceles e hicieran acto de presencia activistas de derechos humanos. Recuerda la primera noche que pasó en este lugar como especialmente dura. "Llegamos sobre la medianoche y nos dejaron en el autobús ocho horas, hasta la mañana siguiente; para afrontar el frío, el conductor encendía a ratos el motor para que funcionase la calefacción, pero decía que no podía hacerlo todo el tiempo porque de lo contrario, nos hubiéramos quedado sin gasolina", rememora.

Preguntada acerca de si piensa continuar saliendo a la calle en las próximas protestas que pueda convocar el bloguero Alekséi Navalni o su entorno, Olga no duda siquiera un instante: "¡Por supuesto! Lo que han hecho con nosotros es totalmente injusto; en la denuncia de una de mis compañeras detenidas, estaban incluidos los datos personales de otra persona; se encarceló a la persona equivocada".

Sentencias en pocos minutos

La sobrecarga en los tribunales y los juicios exprés en los que los magistrados dictan sentencias de prisión en unos pocos minutos son precisamente algunas de las principales críticas de los opositores que van siendo liberados. Tal es el caso de Dmitri Medíntsev, de 28 años, quien tras pasar un día entero sin poder dormir en una comisaría del barrio de Babushkinski, en el norte de Moscú, fue finalmente presentado en el juzgado del distrito el día 1 de febrero. "Mi juicio duró menos de tres cuartos de hora, y me defendí yo mismo; no tenía ningún sentido requerir la presencia de un defensor: había un abogado de oficio para cada 20 detenidos; lo tuvieras o no, la sentencia ya estaba dictada; todos los que estábamos allí recibimos la misma pena: siete días de arresto administrativo", explica. Recluido también en el centro de Sájarovo, relata que para él, el principal problema fue la escasez de agua potable, sobre todo en los primeros días. "Teníamos que beber de los grifos y todo estaba muy sucio", rememora. En la capital rusa y sus alrededores, el agua de uso doméstico es de muy baja calidad, y la mayoría de la población prefiere consumir agua embotellada.

Dmitri Medíntsev, de 28 años, a su salida del centro de detención de Sájarovo.

/ MARC MARGINEDAS

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Natalia Morozova, de 34 años, está inquieta ante lo que pueda suceder en el futuro con su marido, Vitali Razorenov, de 31 años, al que acaba de visitar en prisión y entregarle "una bolsa con comida y libros". Sostiene que su cónyugue ni siquiera participaba en la manifestación opositora, que fue arrestado "por azar, al salir del metro". Pero ahora teme las consecuencias de la condena, incluyendo la posibilidad de perder el trabajo. "El jefe de Vitali ha dicho que le mantiene en el puesto, aunque no le pagará los días de ausencia. No acabo de fiarme, dependemos de su buena voluntad y hay cientos de casos de detenidos que no recuperan el empleo", explica.

Durante el intercambio carcelario, Vitali le ha explicado que los agentes se muestran especialmente agresivos cuando registran las habitaciones en busca de los teléfonos móviles que pudieran mantener en su poder los presos. Gracias a estos modernos artilugios, las imágenes de celdas superpobladas, sucias letrinas y hacinamiento han podido salir al exterior y ser difundidas en internet, provocando la reacción de los activistas de derechos humanos. "Mi marido me explicó que en una celda contigua, los agentes entraron entre gritos, buscando teléfonos y aporreando a los presos; en señal de protesta, los reclusos empezaron a hacer ruido, golpeando puertas y paredes".