Jaque a la democracia

La oportunidad perdida del populismo en EEUU

  • El fin de la presidencia Trump plantea dudas sobre la supervivencia de su doctrina política

  • El cambio de guardia en la Casa Blanca podría debilitar a otros líderes populistas en la esfera internacional

  • Biden se enfrenta al desafío de reintegrar en la política tradicional al proletariado blanco que sirvió de base al trumpismo

Donald Trump en una rueda de prensa.

Donald Trump en una rueda de prensa. / Reuters

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Estados Unidos ha sido en los últimos cuatro años el mayor escaparate del populismo global de derechas, una corriente política que no ha dejado de ganar terreno desde la Gran Recesión. Como muchos de sus pares, Donald Trump se vendió como el salvador del pueblo frente a unas élites gobernantes supuestamente corruptas. Trató de frenar el avance del multiculturalismo blindando las fronteras y capando las cuotas de refugiados. Quiso revertir la globalización con aranceles proteccionistas frente al libre comercio o distanciando a su país de los organismos internacionales. Puso en jaque a la democracia a golpe de autoritarismo y demagogia. Y promovió una suerte de etnonacionalismo cristiano y blanco en un intento de rebobinar la historia.

No funcionó. O no del todo. Su salida del poder ha abortado por el momento el experimento populista en EE UU, respaldado no obstante por 74 millones de votantes en las elecciones de noviembre, una cifra que ha hecho de Trump en el segundo candidato más votado en la historia del país, solo superado por Joe Biden. El patético final de su presidencia no es la mejor noticia para otros líderes de su cuerda, desde el húngaro Viktor Orban, al indio Narendra Mori, el brasileño Jair Bolsonaro, el checo Andrej Babis o el italiano Matteo Salvini, pero tampoco basta para proclamar la derrota del populismo o anticipar su declive global. 

“Trump ayudó a legitimar las políticas de la derecha radical, tanto en EE UU como en el resto del mundo. Su marcha podría debilitar a otros líderes populistas, que perderán el apoyo entusiasta de Washington, pero en última instancia estas políticas no dependen de lo que pase en EEUU, sino de las condiciones en cada país”, afirma el sociólogo político de la Universidad de Nueva York (NYU), Bart Bonikowski

Gobiernos populistas 

A finales del año pasado, cerca de 2.000 millones de personas estaban gobernadas por políticos populistas, según la Base de Datos Global del Populismo, elaborada por académicos de Harvard. O lo que es lo mismo, uno de cada cuatro seres humanos. “Si hay algo claro es que el populismo es ahora parte del ‘mainstream’ político y ha llegado para quedarse”, añade Bonikovski. Esta corriente, con una larga tradición en EE UU, suele nutrirse de los agravios legítimos de un sector importante de la población, que piensa que sus intereses están siendo ignorados y no se siente representada por las instituciones. En el caso de Trump fueron los agravios de la clase trabajadora blanca, empobrecida por la desindustrialización y desorientada por los cambios culturales o la inmigración

“Esta clase de figuras solo aparecen cuando hay algo que no funciona en la sociedad, pero una vez en el poder tienden a no conseguir nada”, asegura el académico y ensayista Michael Lind, autor de varios libros sobre el nacionalismo y el populismo. Ya sea por la resistencia que encuentran de las élites gobernantes o por el hecho de que muchos de estos oportunistas solo buscan la gloria personal y acaban siendo más corruptos e incompetentes que la clase dirigente a la que impugnan. “Como muchos otros populistas, Trump ha puesto mucho más empeño en construir un culto a su personalidad a base de demagogia y deshonestidad que en mejorar la vida de los ciudadanos”, añade Lind. 

Golpe a la democracia 

El republicano ha fracasado a la postre en su intento de desmantelar la democracia desde dentro, pero no hay duda de que ha logrado debilitarla al “sembrar la desconfianza en la clase política, la opinión de los expertos, la ciencia o las instituciones”, sostiene Bonikowski, el sociólogo de NYU. La prueba más evidente es que millones de votantes republicanos piensen hoy que Biden ganó las elecciones de forma fraudulenta o que dos tercios de sus congresistas avalaran las mentiras de su líder al negarse a certificar la victoria del demócrata en el Congreso. 

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Los conservadores tienen que decidir ahora si continuarán alimentando el etnonacionalismo de Trump, que ha servido para normalizar a la extrema derecha racista, o se alejarán del ya expresidente. La respuesta ayudará a determinar si el populismo trumpista es capaz de sobrevivir fuera de poder. Pero su suerte también dependerá de lo que haga Biden: si es capaz de reintegrar en la política tradicional al proletariado blanco haciendo suyas sus preocupaciones o demostrando competencia como gobernante, algo que Trump nunca hizo. 

Bonikowski cree que el demócrata va por el buen camino al haber tomado las riendas de la pandemia, aprobando paralelamente varios decretos para proteger a los trabajadores. Por el contrario, Lind es mucho más escéptico. “Todo dependerá de si Biden es capaz de romper con la tradición de Clinton y Obama, que gobernaron con políticas neoliberales que convirtieron a su partido en el partido de los ricos, los profesionales urbanos y las minorías. Por el momento, no lo veo”.