Nueva era

Otra familia, y otras formas, en la Casa Blanca

  • Medidas contra el coronavirus en el 1600 de la Avenida Pensilvania serán la primera señal del cambio de los Trump a Joe y Jill Biden

  • Con la nueva familia presidencial retornan las mascotas y una primera dama determinada a reforzar su trabajo dentro y fuera

El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, y su mujer, la doctora Jill Biden.

El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, y su mujer, la doctora Jill Biden. / EFE

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Hay convencimiento y hasta esperanza en Washington de que con Joe y Jill Biden la Casa Blanca volverá a acoger reuniones diplomáticas y de espíritu bipartidista que se habían hecho comunes en administraciones anteriores pero que se interrumpieron con Donald y Melania Trump, actos con altos representantes del mundo de la cultura o el entretenimiento y cenas de estado con las que contribuir a reparar relaciones diplomáticas dañadas durante los últimos cuatro años. De momento, no obstante, esa agenda tendrá que esperar. En una de las incontables muestras de contraste entre la flamante familia presidencial y la que este miércoles desalojaba la Casa Blanca el combate contra el coronavirus ahora es prioridad en el 1600 de la Avenida Pensilvania y la vida social en la mansión tendrá que esperar.

La misma Casa Blanca donde con Trump se propagó el virus en al menos tres brotes y donde la ceremonia de presentación en el Rose Garden de la jueza del Supremo Amy Coney Barrett se confirmó como un evento supercontagiador ha sido sometida ya a una limpieza a fondo, pero los cambios son más significativos. De la laxitud de los Trump con el uso de máscaras se pasará ahora al requerimiento para todo el personal de llevarlas, según ha revelado una fuente del equipo de transición del demócrata a la revista ‘The Atlantic’. Además, todos los asistentes que interactúen en la Casa Blanca con el presidente y la vicepresidenta Kamala Harris estarán obligados a vacunarse, estará limitado el personal en el Ala Oeste y las pruebas para todos los empleados del complejo de más de 5.000 metros cuadrados (y 132 habitaciones) serán frecuentes.

Desplantes

Pronto quedarán solo para el recuerdo, la hemeroteca y los libros de historia los últimos desplantes de los Trump a sus sucesores, que van más allá de la ausencia de la investidura o del grave hecho de que el republicano no haya reconocido nunca la legítima victoria de su sucesor. Porque han roto hasta tradiciones tan protocolarias como la de recibir a sus sucesores (algo que este miércoles quedaba encargado de hacer el jefe de los ujieres, Timothy Harleth) o la de que la primera dama saliente ofrezca un té y un tour de la residencia presidencial a su sucesora.

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No es que Jill Biden, que fue amiga y aliada de Michelle Obama cuando su esposo era vicepresidente, necesite la guía de Melania, que según una encuesta de CNN se marcha con el índice de aprobación más bajo de la historia de primeras damas, 42%. La doctora en educación, que llega al cargo con la intención de romper moldes y mantener su trabajo de profesora en una universidad comunitaria, conoce bien la casa y el potencial del cargo. Y ya ha anunciado que retomará la iniciativa Joining Forces de ayuda a familias de militares y veteranos (como lo fueron su padre y el fallecido Beau Biden), en la que empezó a trabajar con Obama en 2011. (Melania, que sin ironía se centró en la iniciativa Be best contra el bullying en internet, dejó el foco del trabajo en las familias militares en la segunda dama, Karen Pence).

Con los Biden hay otros muchos cambios, grandes y pequeños, en la Casa Blanca. Llega el segundo presidente católico, y practicante, tras JFK. Y vuelven las mascotas, una cuestión nada baladí en EEUU. Además de dos pastores alemanes, Champ y Major, que será el primero en la mansión presidencial adoptado de una perrera, hay anunciado también gato presidencial.