Relevo en la Casa Blanca

Biden: "Tenemos que acabar con esta guerra incivil"

  • El 46º presidente de Estados Unidos toma posesión en una ceremonia marcada por las medidas de seguridad

  • El demócrata apela a la unidad y la reconciliación para hacer frente a los desafíos mayúsculos que afronta el país

  • Este mismo miércoles firmará sus primeras órdenes ejecutivas para desmontar el andamiaje de Trump

Joe Biden y su esposa Jill Biden durante el juramento.

Joe Biden y su esposa Jill Biden durante el juramento. / BRENDAN SMIALOWSKI

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Joseph Robinette Biden Jr. se ha convertido este miércoles en el 46º presidente de Estados Unidos en una ceremonia a los pies del Capitolio sin apenas público y una ciudad de calles vacías completamente tomadas por los militares, el espejo inquietante de la herencia que ha recibido. El demócrata ha apelado a la unidad y la reconciliación en un discurso que ha incidido en la gravedad del momento que enfrenta su país, acechado por múltiples crisis solapadas que culminaron hace dos semanas con el asalto al Congreso de los seguidores de Donald Trump. “Tenemos que acabar con esta guerra incivil”, ha proclamado durante la ceremonia, que ha servido también para abrir una página histórica con la toma de posesión de Kamala Harris, la primera mujer en ocupar la vicepresidencia del país.  

Como hizo Abraham Lincoln al ordenar durante la guerra civil que se completaran las obras del Capitolio, Biden ha querido presentar su investidura como un acto de resiliencia del experimento norteamericano, que ha vivido en las últimas semanas su mayor desafío en muchas décadas. “Hemos aprendido nuevamente que la democracia es un bien preciado y frágil. Pero en esta hora, amigos míos, la democracia ha prevalecido”, dijo el antiguo senador y vicepresidente de Barack Obama tras alcanzar la cúspide del poder tras medio siglo de carrera política. A sus 78 años, Biden se convertirá en el presidente más anciano en llegar nunca a la Casa Blanca, así como en el primer católico en hacerlo desde John F. Kennedy.

El presidente de EEUU, Joe Biden, firma sus primeros decretos en el Despacho Oval de la Casa Blanca. / TOM BRENNER (REUTERS)

Los desafíos que enfrenta son monumentales, como él mismo reconoció al afirmar que “muy pocas personas en la historia de nuestra nación se han topado con un momento tan difícil como el nuestro”. No solo es la pandemia o una recesión económica que ha dejado a millones de estadounidenses sin empleo. Hay un factor todavía más envenenado: los millones de sus conciudadanos que le consideran un presidente ilegítimo tras haber comprado las mentiras de su predecesor sobre el inexistente fraude electoral. “Sé que hablar de unidad estos días puede sonar como una fantasía tonta. Sé que las fuerzas que nos dividen son profundas y reales”, afirmó el demócrata. Pero “la unidad es el único camino hacia delante”. Sin ella, dijo, no puede haber paz, ni progreso. 

Referencias veladas a Trump 

Como hizo durante la campaña, Biden se comprometió a gobernar para todos los estadounidenses y hacer lo posible para curar las heridas supurantes de los últimos años. Habló de rebajar la temperatura del discurso político, de sofocar los gritos y recuperar la verdad como uno de los pilares del debate público. “Juntos tenemos que escribir una historia de esperanza, no de miedo; de unidad, no de división. De luz, no de oscuridad”. A nadie se le escapó que ese juego de palabras contenía el repudio implícito de Trump, al que nunca llegó a mencionar por su nombre. El republicano ni siquiera ha sabido comportarse como un adulto en el momento de su despedida. Ni siquiera asistió a la ceremonia, donde sí estuvieron los Obama, los Bush y los Clinton, además del ya exvicepresidente, Mike Pence.

Investidura atípica

Esta no fue, sin embargo, una ceremonia al uso. Por más que Lady Gaga cantara el himno nacional y Jennifer López prestara su voz a ese otro himno oficioso de la izquierda estadounidense, el 'This Land Is My Land’ de Woody Gurthie. Por más que Harris jurara el cargo apoyando una mano sobre la Biblia que perteneció a Thurgood Marshall, el gigante de los derechos civiles y primer afroamericano en llegar al Tribunal Supremo. O que Biden hiciera lo propio con otra que ha pertenecido a su familia desde hace 128 años. 

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En el National Mall, ocupado en otras ocasiones por cientos de miles de estadounidenses, no había esta vez más que un mar de banderas para recordar a los 400.000 muertos que ha dejado hasta ahora el Covid-19. El público ni siquiera pudo jalear a Biden en la Avenida Pensilvania, bloqueada por un sinfín de puestos de control militar. Las amenazas del trumpismo más radical no se han materializado, pero han logrado que la gran fiesta de la democracia estadounidense acabase convertida en un espectáculo descafeinado y para consumo televisivo.

Biden tiene prisa por enterrar su legado. Una misión que ha comenzado este mismo miércoles con un aluvión de órdenes ejecutivas para desmotar el andamiaje de su predecesor. Las primeras reintegrarán a EE UU en la Organización Mundial de la Salud, obligarán a utilizar la mascarilla en la propiedad federal y concederán moratorias frente a los desahucios o los pagos de la deuda estudiantil.