Si no dimite, destitución

Si no dimite, destitución
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Estamos tan metidos en una montaña rusa informativa y emocional que resulta difícil saber si nos hallamos en el final de Donald Trump o en el comienzo de algo peor. ¿Puede haber algo más infame que el asalto al Congreso? Sí, que la América blanca, xenófoba, ultrareligiosa, mal preparada, inculta y republicana que votó a este presidente lleve el país a una guerra civil o termine por imponer un dictador.

Trump debe ser destituido mediante un impeachment o a través de la enmienda 25 de la Constitución, que lo permite en una situación de incapacidad mental. Ahora que se hunde el barco muchos saltan por la borda para proclamar su inocencia en búsqueda de una redención. Todos menos 137 representantes y siete senadores republicanos echados al monte. Son parte de la misma turbamulta que atacó al Congreso.

Si el vicepresidente Mike Pence, lo que queda del Gobierno de Trump y las dos cámaras del Congreso son incapaces de destituir a un jefe de Estado que se comporta como un criminal, serán culpables del desastre. ¿Con qué fuerza moral puede detener el FBI a los atacantes si el asaltante en jefe queda impune?

Cuestión de principios

Hay quienes que se oponen al impeachment para no ahondar la división y no regalarle el papel de víctima. ¿No es eso una manera turbia de hacer política, de colocar los cálculos por encima de la decencia? Es urgente dejar claro a la ciudadanía que no hay nadie por encima de la ley, tampoco el presidente. Es una cuestión de principios.

Que Trump deje el Despacho Oval es también un asunto de seguridad internacional. ¿De qué sirve que Twitter, su arma de mentiras masivas favorita, le suspenda la cuenta, si mantiene el acceso al maletín nuclear? Para el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu es una oportunidad de oro para lograr su ansiado ataque a Irán. ¿Cuál es la última fantasía? ¿Una guerra, declarar el Estado de emergencia y bloquear el traspaso de poder a Biden ante una amenaza extranjera? Suena loco, verdad. Y lo vivido estos meses, ¿no?

Es verdad que acaba de admitir la derrota y se ha distanciado de la violencia. Lo hace solo para evitar que le procesen. Si le condenan algún día será por un delito económico, como Al Capone, aunque la muerte de un policía modifica el escenario.

La América blanca, desorientada

Algunos fieles a Trump afirman que el asalto fue obra de antifascistas infiltrados. Ya no hablan de patriotas ni de héroes. Es la última pirueta. Muchos le siguen el juego porque temen que arruine sus carreras en un tuit antes de 2022. Otros, como Ted Cruz, tratan de cortejar a sus seguidores. Sus 75 millones de votos son la América blanca que se siente amenazada en un mundo nuevo que no entienden. Están aterrorizados por los cambios demográficos y el ascenso social de cientos de miles de latinos y afroamericanos que ya tienen estatus de clase media. Dicen que les están robando "su" América, pese a que ellos se la robaron a los indios.

Trump es un pirómano que se presentó vestido de bombero a las elecciones de 2018. Se dice anti sistema cuando es un producto tóxico del sistema. Sus seguidores están deslumbrados por el personaje televisivo, el triunfador rodeado de mises, lujo y flases. Se ha servido del poder hipnótico que ejerce sobre ellos para subvertir el Partido Republicano. Puede que gran parte de sus miembros le despreciara cuando ganó las primarias; puede que a muchos les disguste su carácter volcánico y sus aires de dictador. Le aceptaron porque derrotó a Hillary Clinton y defendía sus intereses. Ellos también son culpables.

Trumpismo rampante

Lo ocurrido en el Estado de Georgia, donde los demócratas han logrado los dos escaños del Senado, demuestra que ese poder dejó de ser efectivo, que su discurso extremado (acusa al Partido Demócrata de ser comunista) espanta al votante moderado. El rey está desnudo. Solo se necesita que un grupo de valientes lo expulse.

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Es posible que el asalto al Congreso haya hundido sus planes. Tendrá difícil condicionar el mandato de Biden desde una presidencia en la sombra. Es posible que pase a ser una parte del decorado. Si hemos aprendido algo es que no conviene subestimarle.

El problema de fondo no es un ego-psicópata acorralado, sino el trumpismo rampante que amenaza con regresar armado al Congreso. Destituir a Trump como exigen decenas de demócratas y cada vez más republicanos es esencial para sanar un país enfermo de odio y para sanar un partido desnortado. Es esencial marcar un antes y un después, como si hubiera caído un dictador o un rey loco. Dejarlo en el trono hasta el 20 sería el golpe de gracia a la democracia en EEUU.