El inicio del coronavirus

Wuhan: diciembre de 2019, el mes que cambió el mundo

  • La OMS tuvo conocimiento el 31 de diciembre de los primeros casos de ingresos hospitalarios atribuidos a un virus desconocido cuando la enfermedad ya llevaba semanas circulando

  • Tras negar los contagios y silenciar a los doctores que los denunciaron al princio, en menos de un mes las autoridades ya habían confinado a los 50 millones de habitantes de Hubei

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Pasajeros llegan a Wuhan protegidos con trajes.

Pasajeros llegan a Wuhan protegidos con trajes. / NOEL CELIS / AFP

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China contaba a mediados de diciembre las semanas que le restaban al maldito año del Cerdo que la había atormentado con las revueltas de Hong Kong, la victoria de los independentistas en Taiwán y la guerra comercial con Estados Unidos cuando un puñado de pacientes llegó a los hospitales de Wuhan con fiebres, problemas respiratorios y lesiones pulmonares. Fue un goteo de noticias en la prensa local que pasaron inadvertidas al mundo hasta que los enfermos se contaron por docenas. La cronología oficial sitúa su inicio el 31 de diciembre, ahora hace un año, con la alerta notificada por Wuhan a la oficina de la OMS en China. Al día siguiente, se activó la alarma. 

La hemeroteca ayuda a reconstruir la génesis del año que cambió al mundo. Una información de este diario del 7 de enero hablaba de una sesentena de ingresados con una “extraña neumonía”, situaba el epicentro en el mercado de Huanan, descartaba el SARS, el MERS, el adenovirus, la gripe aviar y otros sospechosos habituales y anunciaba los primeros controles en aeropuertos de Singapur, Filipinas y Taiwán a los llegados desde Wuhan. Dos días después se apuntaba al virus como el séptimo patógeno de la familia de coronavirus y se confirmaban casos más allá de la provincia de Hubei.

El 19 de enero habían muerto dos pacientes, media docena de países asiáticos informaban de casos y llegaban los primeros bosquejos de la amenaza: una mortalidad del 2,25%, muy por debajo del 10% del SARS o del 35 % del MERS, pero con una capacidad de contagio mucho mayor. Un día después Estados Unidos ordenaba controles en sus aeropuertos. El 21 de enero se contaban 300 contagios en China, inquietaba el masivo éxodo de las inminentes vacaciones de año nuevo chino, las existencias de mascarillas se habían agotado en muchas ciudades y Zhong Nanshan, la máxima eminencia en enfermedades contagiosas, sugería por primera vez a un cerrojazo masivo. El Gobierno decidía dos días después, con apenas nueve muertos, cancelar las celebraciones del Festival de Primavera y confinar a los ocho de millones habitantes de Wuhan. Un día después ampliaría la cuarentena a los 50 millones de la provincia de Hubei. 

Cerrojazo masivo

Sobre aquel frenesí se sigue debatiendo hoy. Cualquier juicio debe tamizarse con la magnitud del reto. El control del coronavirus en invierno consiste en aislar y chequear a cualquiera que estornuda y a todos sus contactos en un país de 1.400 millones de habitantes. En aquel contexto, con múltiples virus que provocan síntomas similares, los científicos chinos detectaron e identificaron el nuevo patógeno, secuenciaron su ADN y lo compartieron con los colegas internacionales en dos semanas. En 2014, y en condiciones más propicias, el mismo proceso con el ébola requirió varios meses.  

Una mujer vestida con un traje protector posa para una fotografia el 4 de abril en Wuhan.

/ ROMAN PILIPEY

Tampoco hay dudas de la calamitosa gestión del gobierno local. China había virado hacia la transparencia después de sus ignominiosas trapacerías durante el SARS, una década atrás, pero en Wuhan seguían fieles al viejo libreto. Durante semanas se aplicaron en atentar contra el protocolo y el sentido común. Negaron la transmisión entre humanos cuando arreciaban los indicios, organizaron ágapes multitudinarios en espacios cerrados tras los primeros casos, enviaron a la policía a silenciar a los doctores que alertaban de la epidemia en las redes sociales, interrumpieron la información durante los diez días que duraron los cónclaves políticos y, en su cima de la incompetencia, anunciaron con unas horas de antelación el cierre de Wuhan. Unos cinco millones se habían apresurado a salir de la ciudad en ese intervalo.  

Aquella respuesta fue “problemática”, juzgaba Huang Yanzhong, experto en salud global del think tank CFR, en el matutino hongkonés South China Morning Post. “Aunque los tropiezos en las fases iniciales de una epidemia son difíciles de evitar, la tragedia también reveló los problemas del sistema político y burocrático chino”, añadía. 

Debilidades y fortalezas del gobierno

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La crisis compendió las debilidades y fortalezas del Gobierno chino: una organización paquidérmica y jerárquica a la que le cuesta desperezarse pero imparable cuando echa a andar. El presidente, Xi Jinping, decretó el estado de guerra, ordenó la movilización de todos los recursos humanos y materiales y prometió castigos inclementes para los que escatimaran en transparencia o brío. No hay muchos países que puedan desplazar a miles de sanitarios, destinar su poderío fabril al equipamiento médico o levantar un hospital en dos días. Una engrasada fórmula con seguimientos de contagios, confinamientos selectivos y tests a mansalva arrodilló al virus en dos meses y hoy los rebrotes más inquietantes no superan la docena de casos. China disfruta de la nueva normalidad desde antes de verano y será la única economía importante que crecerá este año. 

Un estudio de seroprevalencia revelaba esta semana que aquel confinamiento, desdeñado entonces por Occidente como dictatorial y atentatorio contra los derechos humanos, frenó en seco la expansión del virus. También complica a los que culpan del desastre global a los pecados chinos previos. Fue una medida inédita que ocupó las portadas globales y vino acompañado de las insistentes llamadas de alerta de China y la ONU. Un mundo que había visto los cadáveres apilados en los hospitales de Wuhan recibiría semanas después al coronavirus con las puertas abiertas, ningún deber hecho y la certeza de que era una simple gripe.