Crisis sanitaria

Larga y pobre Navidad en Roma

Las ventanas de Roma, vacía y enigmática, dejan entrever arbolitos navideños

Gente caminando por la vía del Corso en Roma. 

Gente caminando por la vía del Corso en Roma.  / EFE

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Asoman árboles de Navidad iluminados por las ventanas de Roma en estos días, mientras las tiendas más frecuentadas son las de regalos y carnicerías. La Navidad romana incluye comer mucho, por si acaso, herencia tal vez de cuando todos o casi eran hambrientos esclavos del Imperio. Y jugar a las cartas aunque mejor a la quina, que los romanos llaman tómbola.

La tarde del 25 era, quizás vuelva a ser en tiempos de pandemia la más larga del año, con abuelos, padres e hijos sentados alrededor de una mesa, garbanzos o judías secas como dinero para apostar, y los nietos correteando chillones por la casa con los últimos regalos recibidos. Y a lo mejor suceden catástrofes familiares amorosas, como en el relato de Eduardo De Filippo en Navidad en casa Cupiello', que une en una sola pieza teatral los "tres espíritus" navideños de Charles Dickens: la Navidad pasada, la actual y la futura. La primera fue siempre mejor, la actual es un fantasmagórico toque de queda y para la futura "al fin y al cabo mañana es otro día" como decía Escarlata en .

La Roma navideña durante los papas Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI era un pulular de gentío que, con hijos en brazos, se desplazaba como masa informe entorno a San Pedro del Vaticano mientras el Papa de turno oficiaba el rito. Entrar era impensable y todos querían alcanzar al menos el pesebre levantado en la plaza, que allí sigue este año, absurdamente solitario en un elíptico vigilado por la policía por si un terrorista o un loco o uno que ya no puede más se abalanza contra la ciudad papal. Años después y con 70.000 muertos por una moderna peste están todos encerrados en sus casas, parientes cercanos solamente y los demás conectados por Skype. Las tabletas son el regalo caro más comprado en este 2020-covid. Por las teles pasan publicidades sobre conferencias por Zoom de los Papá Noel, desconectados y perdidos como nunca porque ya no saben si transportar juguetes o vacunas. Como el Santa Claus borracho y perdido de Miracle on 34th Street de George Seaton, sustituido por uno que andaba por ahí y ya nada fue como antes y tal vez fuera mejor.

 Más regalos a los niños

Aunque más pobre, porque llegó el paro o el erte o el cierre de la tienda, del bar o de la trattoria e incluso del trabajo en negro, aunque más pobre esta edición será más rica de regalos infantiles. Las encuestas nacionales describen nuevas generosidades de los progenitores para compensar el aislamiento escolar, deportivo, amistoso, urbano y familiar de los peques. "Una generación perdida", afirman los sociólogos, y uno no se percata de que un curso escolar presencial sea tan decisivo. "La medianoche sacude la memoria", reconocía T.S. Eliot.

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Cinco millones, rápido citarlos, cinco millones de voluntarios están sirviendo a diario unos cuatro millones de comidas y cenas. Fácil también la estadística, a quien pasa la Navidad con los 600 euros de la renta de inclusión. Las colas en los comedores sociales son interminables como las de quien busca un PCR para cenar con los abuelos, espera un avión que no saldrá o empuja el carrito de un centro comercial. Las colas se asemejan, aunque contrastan con la surrealista carrera al filo de las diez de la noche, cuando empieza el toque de queda y se terminan los paseos del perro o del romance romántico por una Roma "peligro para caminantes", como escribiera Alberti sobre la ciudad.

Noches "melancónicas" y "tenebrosas" diría Novalis, en las que según Leopardi se "confunden los objetos". Esa Roma de las navidades 2020 es espectacular, toda para ti como en el confinamiento de primavera, pero más severa, dominante e intrigante que la de entonces, cuando todo parecía un juego. Ahora se mueren 600 personas o más por día y, sin embargo, los hospitales están como entonces cuando éramos inocentes. La ciudad está aquí, eterna, después de pestes y pandemias, con los romanos encerrados en sus casas de las que se entrevén arbolillos de Navidad cargados de frutos que en invierno no se dan, evocando la inocencia que fue. "¿Y si el reino de la fábulas se volviera realidad?", se preguntaba el grande Dino Buzzati.