27 oct 2020

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ACOSO A LA OPOSICIÓN EN RUSIA

Las últimas horas de Navalni antes del Novichok

Los empleados del hotel Xander de Tomsk, el lugar donde fue envenenado, y del aeropuerto local, donde tomó el vuelo con destino a Moscú, han recibido instrucciones de no responder a ninguna pregunta

Marc Marginedas

El opositor ruso Alekséi Navalni, en una manifestación en Moscú en septiembre del año pasado.

El opositor ruso Alekséi Navalni, en una manifestación en Moscú en septiembre del año pasado. / SHAMIL ZHUMATOV (REUTERS)

"Lo siento, pero no tengo derecho a hablar". Tajante, aunque con buenos modales, responde uno de los empleados de cocina del hotel Xander de Tomsk cuando se le inquiere por Alekséi Navalni, el bloguero anticorrupción que durmió en este establecimiento en las cuatro noches previas a su hospitalización por envenenamiento a mediados de agosto. "¡Estoy trabajando!", contesta,  aquí ya malcarada, una joven morena, empleada del Viénskaya Kofeina (en ruso, Café Vienés), el único bar del pequeño aeropuerto local en el que el opositor se tomó su último té antes de embarcar en un avión de la compañía aérea 'S7 Airlines' con destino a Moscú. "No, no me acuerdo de nada", replica con indiferencia la encargada de la aerolínea en los mostradores de facturación, mientras su subalterna hace un alto en el despacho de pasajeros del mismo vuelo que semanas atrás tomó el disidente, levanta la mirada y esboza una sonrisa, identificable pese a la mascarilla. 

"Nadie hablará; todos, tanto en el hotel como en el aeropuerto, han recibido instrucciones de no responder a ninguna pregunta", había prevenido a EL PERIÓDICO Ksenia Fadeeva, al frente de la oficina del movimiento de Navalni en Tomsk y recientemente elegida concejal en las elecciones regionales celebradas el pasado domingo. Este jueves, miembros del entorno del bloguero han informado a través de Instagram que un laboratorio alemán ha encontrado restos de la sustancia venenosa en una botella de agua hallada en la habitación del hotel y que sus partidarios lograron sacar del país pese a la presión de la policía local.

El hotel Xander de Tomsk, donde Navalni durmió las cuatro noches anteriores a su hospitalización por envenenamiento. / MARC MARGINEDAS

Pequeña y tranquila localidad

Tomsk, escenario de un crimen que ha horrorizado al mundo, es en realidad una tranquila localidad de Siberia fundada a principios del siglo XVII, con un coqueto casco antiguo levantado durante la época imperial. Sus parques y plazas, bien urbanizadas y mantenidas en relación a lo que se estila en Rusia, y su numerosa población flotante estudiantil conceden a esta población de medio millón de habitantes un aire europeo, fresco y hasta desenfadado, alejado del aburrimiento y el ambiente desangelado que impera en muchas ciudades de provincia en Rusia. Navalni quiso viajar hasta aquí precisamente para destacar y denunciar en un videoblog la inconsistencia y la brecha que existe entre la relativa modernidad de los lugareños y la élite política económica local, que controla de forma monopolística servicios básicos como el suministro de electricidad, enriqueciéndose gracias a la aplicación de tarifas abusivas

"Alekséi llegó el 16 de agosto y pasamos cuatro días juntos en distintos lugares de la ciudad y su entorno filmando la película", explica Fadeeva. "A veces, incluso era difícil realizar las tomas porque la gente se detenía, saludaba o le rodeaba para ver lo que hacía", continúa, intentando así desmentir las aseveraciones gubernamentales de que Navalni es un fenónemo marginal en Rusia.  Entre los lugares que sirvieron de exteriores para el vídeo, se encuentra la céntrica plaza Novosobórnaya, uno de los rincones preferidos para el paseo, la avenida Lenin, la principal arteria de la urbe, el parque Búfor, un pequeño espacio para niños de superficie arenosa presidido por una fuente de piedra, y la Universidad Estatal de Tomsk, fundada por el emperador Alejandro II en 1878, donde cursan estudios 23.000 alumnos. Fueron elegidos, viene a asegurar Fadeeva, para reforzar la línea argumental de la historia, es decir, una ciudad moderna gobernada por una élite arcaica y corrupta.

El Viénskaya Kofeina, el bar en el que Navalni tomó su último té antes de embarcar en un avión con destino a Moscú. / marc marginedas

La filmación acabó a mediodía del miércoles 19 de agosto, y poco más tarde, el líder opositor "se reunió con sus partidarios" en la sede de su movimiento, al este de la localidad, para "animarlos" ante las inminentes elecciones regionales, explica la representante. Al acabar el encuentro, se dirigieron en coche hasta la aldea Kavtánchikovo, a unos 12 kilómetros al sur de Tomsk, donde el río Tom discurre manso y se rompe en perezosos meandros. "Alekséi tiene una tradición; le gusta nadar en lugares conocidos; para mí, en cambio hacía frío y no me metí en el agua", comenta. El espacio, ciertamente, es de postal, pese a los miles de mosquitos que infestan el lugar, como sucede en la mayor parte de Siberia durante el verano.

Visto bueno del Kremlin

Navalni y su comitiva, según filtraron días después del envenenamiento fuentes locales del FSB en Novosibirsk y Tomsk al diario 'Moskovski Komsomolets', fueron sometidos a una "intensa vigilancia" desde el primer día en que llegaron a Siberia, que incluyó un dispositivo de "seguimiento secreto" cuando viajaron en varios vehículos entre ambas localidades. Fadeeva, en cambio, asegura que en ningún momento detectó una presencia sospechosa durante las cuatro intensas jornadas en que ambos permanecieron juntos. "Si nos vigilaron o siguieron, lo hicieron mediante nuestros teléfonos móviles o las cámaras callejeras", responde con asertividad. Según su opinión, la filtración periodística tiene un único motivo: "el FSB local quiere lavarse las manos y decir que ellos no han sido". Y es que algo así, corrobora, "solo pudo hacerse con el visto bueno de Moscú, del Kremlin".

El río Tom, a su paso por la aldea de Kavtánchikovo, en el que se bañó Navalni durante su visita a Tomsk. / MARC MARGINEDAS

Cuando ha transcurrido ya casi un mes de la noticia, los habitantes de Tomsk intentan habituarse a la circunstancia de que el nombre de su ciudad, anónima para medio mundo, estará a partir de ahora vinculado a un envenenamiento con un impacto mediático planetario. "Ha pasado aquí, pero podía haber sucedido en cualquier otro lugar", comenta Anton, quien prefiere mantener su apellido en secreto. "Lo importante es que se recupere y siga haciendo su labor", continúa. "No sé decirle quién envenenó a Navalni, pero sí puedo garantizar que todo lo que afirma en el vídeo es verdad", subraya Denis Pisarev, mientras muestra su factura eléctrica, que en un año ha ascendido a casi 40.000 rublos, unos 440 euros al cambio actual, una pequeña fortuna para los estándares de esta apartada región en la Rusia asiática.