21 oct 2020

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ELECCIONES EN MINSK

Eleciones en Bielorusia: Lukashenko o la nostalgia soviética

El presidente de Bielorrusia ha gobernado el país como una reverberación de la URSS, oponiéndose a las privatizaciones y subsidiando a las industrias y granjas estatales

Marc Marginedas

Alexander Lukashenko tras depositar su voto, este domingo.

Alexander Lukashenko tras depositar su voto, este domingo. / AP /Photo Sergei Grits

Es imposible dar dos pasos en Minsk y olvidarse de que, hasta hace poco, la ciudad era una importante metrópolis en un estado hoy desaparecido llamado URSS. Destruida en más de un 80% durante la segunda guerra mundial, la capital de Bielorrusia nunca llegó a ser restaurada tras el fin de la contienda, sino que fue levantada de sus escombros siguiendo patrones urbanísticos que por aquel entonces promovía Stalin: amplias avenidasespaciosas plazas de cementograndes edificios...

Si a ello se añade la escasez de anuncios en tejadosmedianeras vallas publicitarias, en comparación con lo que se estila en Kiev o Moscú, y el comportamiento de los guardas de tráfico, con un punto de paternalismo 'made in USSR', uno podría pensar que o bien había protagonizado un viaje al pasado, o bien podía hallarse en una suerte de "parque temático" del comunismo, tal y como describió a la urbe recientemente un excorresponsal en Moscú.

El liderazgo político también ha contribuido a que el pasado soviético esté bien anclado en el presente de este pequeño país, de nueve millones y medio de habitantes y una superficie equivalente a poco menos de la mitad de España. Su presidente, Aleksándr Lukashenko, en el poder durante más de 25 años y que aspira este domingo a la reelección, ha mantenido políticas propias del socialismo del siglo XX, susbsidiando a industrias públicas y granjas colectivas, más conocidas como 'koljós'.  El petróleo y el gas importados de Rusia a un precio inferior al de los mercados internacionales le permitían semejante dispendio, manteniendo una relativa paz social e impidiendo la aparición de oligarcas que acaparasen una parte importante de la riqueza nacional, como sí sucedió en Ucrania Rusia.

Una estabilidad, eso sí, que ha tenido un alto precio, ya que ha ahogado al sector privado y ha frenado la creación de pequeñas y medianas empresas. "A Lukashenko no le gustamos; yo tenía una pequeña empresa con unos 30 empleados; pagaba mis impuestos, pero siempre me llegaban requerimientos para pagar por esto o por aquello, multas, que contribuyera para una conmemoración", se queja la empresaria Natalia Chikulaeva través del teléfono. "Creas riqueza y trabajo, pero eso no le importa a este Gobierno", continúa.

Lukashenko no es un tránsfuga 

Apodado "el último dictador de Europa", si de algo no se puede acusar a Lukashenko es de transfuguismo. Desde una etapa muy temprana en su carrera política se ha mantenido fiel al legado soviético. En 1990, fue elegido diputado en el Sóviet Supremo de la República de Bielorrusia, convirtiéndose en el único parlamentario de Minsk que votó en contra de la disolución de la URSS un año después.

Nada más acceder a la presidencia, ganando las elecciones en 1994 con un discurso centrado en la corrupción, el longevo mandatario inició el proceso de devolver al país al redil del Kremlin. Ese mismo año, propuso crear una nueva Unión Ruso-bielorrusa, entidad que vio la luz cinco años más tarde pero que hasta la fecha más bien ha sido un cero a la izquierda. En 1995, convocó un referéndum con varias preguntas, una de ellas referida a los símbolos nacionales, eliminando la rojiblanca bandera nacionalista e inspirándose en la antigua insignia comunista, de colores verderoja blanca.  Una segunda, igualando el estatus del ruso al del idioma local, el bielorruso.

A partir de ese momento, Lukashenko cogió carrerrilla en su deriva autoritaria: cambios en la Constitución que ampliaban su mandato, sucesivas elecciones amañadas, antes incluso de que Moscú y Vladímir Putin hicieran lo propio, amenazas de "retorcer el pescuezo" a los opositores "como hace uno con un pato...".  Un recurso al lenguaje sencillo, trufado de términos agropecuarios, junto a un estilo franco y directo propio de alguien criado entre campesinos, que le han permitido mantener su popularidad durante años, en especial entre las generaciones mayores. Algo que podría no ser ya el caso, a juzgar por las multitudes que asisten a las manifestaciones de Svetlana Tikhonóvskaya, su principal oponente en estas elecciones.