28 nov 2020

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75 ANIVERSARIO DEL BOMBARDEO

Hiroshima y Nagasaki, donde se abrieron las puertas del infierno

Hoy en día prevalece el reproche moral sobre las motivaciones militares que llevaron al presidente Truman a autorizar ambas operaciones

El pavor ante la devastación causada no evitó la carrera armamentística, sino que dio pie a una nueva lógica disuasoria

Albert Garrido

Hiroshima recuerda el 75 aniversario de la bomba nuclear. / KYODO / REUTERS / VÍDEO: EFE

Al cumplirse 75 años de los bombardeos atómicos de las ciudades japonesas de Hiroshima Nagasaki prevalece el reproche moral sobre las consideraciones de índole militar que llevaron al presidente Harry S. Truman a autorizar ambas operaciones. Detrás del Armagedón desencadenado discurrió un largo proceso para desarrollar el arma capaz de sembrar la devastación con un riesgo mínimo para el atacante. La luz cegadora que abrasó a 166.000 personas en Hiroshima y a 80.000 en Nagasaki indujo un cambio "más comparable con el que ocasionó la caída de Roma que cualquier otro cambio ocurrido durante los siguientes 1.500 años", según se dice en un informe elaborado por oficiales del Ejército estadounidense.

Todo empezó menos de un año después del ataque japonés a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941). En agosto de 1942 se puso en marcha lo que muy pronto se conoció como Proyecto Manhattan, encargado de desarrollar una bomba atómica a partir de los trabajos de, entre otros, los físicos Albert EinsteinEnrico Fermi Leó Szilárd. Este último tenía conocimiento de que la Alemania nazi había puesto manos a la obra para disponer de un arma atómica, y Einstein llegó a escribir una carta al presidente Franklin D. Roosevelt a finales de 1939 para ponerle sobre aviso de los planes de Adolf Hitler.

El equipo que desarrolló las primeras bombas atómicas se instaló en un laboratorio secreto en Los Álamos (Nuevo México). El general Leslie Groves fue nombrado director del proyecto y el físico Robert Oppenheimer, director del laboratorio. En los años siguientes llegaron a trabajar para el diseño de las bombas, la obtención de uranio y plutonio enriquecidos y la fabricación de ambas hasta 130.000 personas, que dispusieron de 2.000 millones de dólares. Fue un trabajo multidisciplinar que hubo de resolver un sinfín de problemas de orden técnico hasta disponer de un prototipo a finales de la primavera de 1945, derrotada ya Alemania.

Primeras dudas

Entonces surgieron las primeras dudas sobre la legitimidad de recurrir a un arma cuyo poder solo se conocía en el plano teórico, pero se sabía positivamente que era enorme. En términos generales, el alto mando se declaró partidario de utilizarla después de seis meses de bombardeos masivos sobre Japón que, sin embargo, no lo doblegaron. El presidente Truman, muy atento a la opinión de James C. Marshall, un general del cuerpo de Ingenieros que participó en los prolegómenos del Proyecto Manhattan, se mostró muy pronto partidario de recurrir a la bomba y finalmente, el 16 de julio de 1945, se llevó a cabo la primera detonación nuclear (Prueba Trinity) en Alamogordo, desierto de Nuevo México.

"A partir de entonces, la humanidad ha tenido no solo la capacidad de cambiar el curso de la historia, sino también de ponerle fin", escribe Yubal Noah Harari en Sapiens. Una breve historia de la humanidad. Uno de los militares que presenciaron la explosión no voló tan alto: se limitó a decir que cuando se dispone de un arma, hay que utilizarla. Truman se sintió legitimado a partir del 28 de julio a autorizar el uso de la bomba después de que el primer ministro de Japón, Kantaro Suzuki, descartó la rendición que dos días antes le exigieron los aliados en Potsdam en términos amenazadores si no la acataba: "La inevitable y completa destrucción de las fuerzas armadas japonesas e inevitablemente la devastación del suelo japonés". Palabras rotundas, pero ninguna referencia a la bomba.

La madrugada del 6 de agosto de 1945, un bombardero B-29 despegó de la base de North Field, en las islas Marianas, pilotado por Paul Tibbets, con la bomba atómica Little Boy en la bodega. A las 8.15 la soltó sobre la vertical de Hiroshima y detonó a unos 500 metros del suelo. El médico y jesuita español Pedro Arrupe, que se encontraba en el noviciado de Nagatsuka, a seis kilómetros del centro de Hiroshima, recordó cuando se abrieron las puertas del infierno como "una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos". "Oímos una explosión formidable, parecida al mugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles, que hechos añicos iban cayendo sobre nuestras cabezas", escribió años después Arrupe en su libro Yo viví la bomba atómica.

Rendición de Japón

Horas después del bombardeo, cuando no se sabía aún la dimensión de la carnicería, pero sí que había sido monstruosa, Truman se dirigió a la nación: "Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado".

La ciudad de Hiroshima, arrasada por la explosión de la bomba atómica, en una imagen de la Armada de EUUU de noviembre de 1945. / AFp

Tres días más tarde, la bomba Fat Man cayó sobre Nagasaki y el destino del imperio japonés quedó sellado: el 15 de agosto se rindió y los súbditos de Hirohito oyeron por la radio por primera vez la voz del tenno (soberano celestial), que renunció a su condición de ser divinizado.

Lo cierto es que ambas matanzas de civiles conmovieron las conciencias de muchos en cuanto se supo cuál era el alcance de la tragedia. Bertrand Russell repitió su conocida sentencia: "La historia del mundo es la suma de todo aquello que hubiera sido evitable". Pero el pavor ante lo sucedido no fue suficiente para contener la carrera armamentista, sino que dio pie a una nueva lógica disuasoria con un léxico específico: equilibrio del terror, coexistencia pacífica, escalada, destrucción mutua asegurada... Claude Delmas lo resumió en 1968 en La estrategia nuclear como "la paz por el miedo", que "tiende sobre las masas humanas una amenaza global, anónima, monstruosa".