temor a una propagación masiva

Pekín aplica la receta más dura para atajar el rebrote del virus

China registra un total de 107 casos en la capital tras detectarse un nuevo foco de transmisión del virus en un mercado e inicia un plan para realizar 90.000 pruebas diarias

Las autoridades prohíben salir de la ciudad a taxis y otros vehículos que ofrecen servicios de conducción, bajo la amenaza de "castigos severos" a quienes incumplan la orden

La Comisión Nacional de Salud de China informó hoy de 40 nuevos casos de COVID-19 detectados el lunes, 8 de ellos procedentes del exterior y 32 a nivel local, de los cuales 27 se registraron en Pekín, tras el brote de coronavirus detectado en el principal mercado de la capital. / EFE VÍDEO

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En Pekín se pelea la última batalla de aquella guerra popular que le había declarado China al coronavirus en diciembre. Proclamó el Gobierno la victoria el mes pasado pero previno contra los rebrotes y en la adversativa reside el meollo de la nueva normalidad: no habrá paz duradera sin vacuna. Pekín subraya hoy que tampoco las más escrupulosas precauciones blindan del coronavirus.

Se cuentan ya 106 contagios vinculados con el mercado de abastos de Xinfadi. Nueve de los once distritos pequineses cuentan con infectados y se han detectado casos en Hebei, la provincia que abraza a Pekín, Liaoning, en la punta septentrional, y Sichuan, en el profundo centro. La capacidad de expansión del patógeno exige mucho brío y apremio y la batalla se ventilará en tres días, según las cuentas de las autoridades. El primer diagnóstico data del 11 de junio, lo que permite situar el contagio a finales de mayo.

“Los infectados deberían empezar a mostrar los síntomas en los dos próximos dos días. Si el número de casos no sube mucho, podremos concluir que la epidemia se ha estabilizado”, ha afirmado Wu Zunyou, jefe epidemiólogo del Centro de Control y Prevención de Enfermedades. Han regresado las metáforas bélicas a los medios oficiales que exigen esfuerzos solidarios para que Pekín no sea el Wuhan de seis meses atrás.

Obligados al encierro

Las diferencias son inmensas y abonan el optimismo: China sabe hoy con qué lidia, al cargo no están aquellos ineptos gerifaltes provinciales que estimulaban las cenas multitudinarias y escondían la pandemia bajo la alfombra, el brote se ha detectado a tiempo y el protocolo de reacción está engrasado.

La campaña de testeo masivo, con un centenar de puestos repartidos por toda la ciudad, ya ha cubierto a más de 200.000 personas vinculadas con el mercado. Los vecinos de docenas de complejos de viviendas han sido obligados al encierro y los comités de barrio les acercan la comida.

Han sido cancelados los eventos deportivos y culturales, instalaciones turísticas como el Templo del Lama han sido cerradas y las guarderías han pospuesto su reapertura. En el transporte público se controla el número de pasajeros y los taxis tienen prohibido traspasar los límites urbanos. Las autoridades han recomendado a los pequineses que no abandonen la ciudad si no es imprescindible y cada día aumenta el número de provincias que imponen cuarentenas a los llegados de la capital.

Las contempla incluso Yunan, a 2.500 kilómetros de la capital y limítrofe con el sudeste asiático. “He cancelado mis viajes a Shanghái para visitar a un cliente y a Harbin para ver a mi padre. Es un quebradero de cabeza enorme, no soporto una cuarentena más ni me apetece pasar dos tests”, dice por teléfono Song, ejecutiva en una multinacional. En los últimos días, añade, ha sustituido el suburbano por la bicicleta para desplazarse a la oficina.

Contagios locales

Varios mercados de la capital han sido clausurados y funcionarios sanitarios han desinfectado ya 30.000 restaurantes. La sospecha de que el foco se originó en unas tablas de cortar salmón ha sacado a éste de todos los supermercados de la capital y provincias aledañas.

El coronavirus ha regresado a Pekín cuando rozaba los dos meses sin contagios locales y sus restaurantes, centros comerciales y parques habían recuperado su actividad en un cuadro de precauciones atenuadas. Desde el mes pasado no es obligatoria  la mascarilla en espacios públicos y algunos restaurantes ya no exigían el número de contacto y nombre a los clientes ni el código verde en su aplicación telefónica. “Hoy ya he visto a todos en la calle con mascarillas otra vez”, revela Yang Li, oficinista y mentalizada para otra semana de encierro. “Ayer por la mañana me llamó la policía para preguntarme si había estado en el mercado en las últimas dos semanas y, por la noche, el restaurante me canceló la reserva porque lo estaban desinfectando”, añade.

China ha sufrido varios rebrotes en los últimos meses, casi siempre en las provincias fronterizas con Rusia, que ha apagado con ímpetu y presteza. No hay medida que se juzgue exagerada: cuarentenas para viajeros, ciudadanía enclaustrada, tests a mansalva, hospitales levantados en días y purgas de funcionarios. A estos se les miden los resultados y no sus pecados. Da igual que amontonaran desmanes, como los de Wuhan, o que desatendieran una simple tabla de cortar pescado, como los de Pekín: cada brote exige castigos ejemplarizantes.

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El 'Global Times', el más exaltado y ultramontano medio propagandístico, aclaraba en un editorial extrañamente sensato que la tranquilidad en estos tiempos no radica en la quimérica ausencia de rebrotes sino en su gestión. “La pandemia puede durar meses, incluso años. Deberíamos amoldarmos hacia una prevención extensa dirigida a eliminar cualquier foco en un plazo corto al mismo tiempo que lidiamos con incertidumbres. Nuestro objetivo no es mantener las infecciones en cero sino cerca de cero”, señalaba.

La respuesta ágil y contundente de la pandemia ha sido tozudamente contrastada por la prensa oficial a la negligencia de Occidente. No sorprende que, cuando los focos apuntan a la capital, China aproveche la ocasión de mostrarle al mundo cómo se gestiona un rebrote.