21 oct 2020

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CONFLICTO RACIAL

Minneapolis, un volcán de ira

La dura respuesta policial contiene la quinta noche de protestas tras la muerte a manos de la policía de George Floyd

"Estamos haciendo historia", dice una de las jóvenes manifestantes en calles que parecen un escenario de guerra

Idoya Noain

Los manifestantes se enfrentan a la policía con equipo antidisturbios en el centro de Raleigh N C. / AP

Los manifestantes se enfrentan a la policía con equipo antidisturbios en el centro de Raleigh N C.
Fuerte choque policial con manifestantes
Los manifestantes reaccionan después de que se arrojaron gases lacrimógenos durante una protesta en el centro de Des Moines.
Agentes atienden a un oficial herido del Departamento de Policía de Charlotte-Mecklenburg.
Una mujer grita mientras habla con otros manifestantes reunidos en Charlotte, Carolina del Norte.

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Seis días después de que en Minneapolis la vida de George Floyd, un hombre negro, se ahogara bajo la rodilla de Derek Chauvin, un policía blanco, la ciudad sigue siendo un volcán. A la rabia y las protestas por otro episodio de brutalidad policial, de injusticia racial, les acompañó en los primeros días el fuego, que ha hecho cenizas todo tipo de negocios y algunos edificios de viviendas. Partes de la ciudad están transformadas ahora en un escenario más propio de un país en guerra que de una urbe moderna y progresista del medio oeste de Estados Unidos. Y aunque la respuesta policial y de las autoridades se ha endurecido radicalmente y este sábado un despliegue de la guardia nacional inédito en la historia de Minnesota conseguía limitar los incendios físicos, llenando a cambio el aire y los cuerpos de nubes de gases lacrimógenos, la lava ya corre por todo el país, donde ha prendido con una intensidad geográfica que solo encuentra parangón en las revueltas por el asesinato de Martin Luther King hace más de cinco décadas.

Las cenizas de las cuatro jornadas anteriores de protestas eran visibles en la quinta noche, este sábado, recorriendo con una manifestación la avenida East Lake, uno de los cráteres de este Minneapolis volcánico de ira. Solo quedan trozos de pared, escombros y un cartel quemado en El Nuevo Rodeo, el local latino para el que trabajaron en seguridad tanto Floyd como Chauvin. Lo mismo pasa con una licorería, una tienda de la cadena Target, y otros muchos locales grandes y pequeños a lo largo de varias manzanas. En los negocios que siguen en pie, los tablones de protección tienen pintados el nombre o el rostro de Floyd, llamadas a la revuelta y a la revolución, el mantra agónico del "no puedo respirar" o recordatorios de que “las vidas negras importan”.

En otros establecimientos de los que se han salvado de las llamas grupos de gente, incluyendo hombres armados con bates y armas de fuego, se aseguran de que sigan igual por la mañana. Y lo mismo hacen con sus casas vecinos de calles residenciales colindantes en este barrio sobre todo hispano y negro que se han organizado, han levantado barricadas para impedir el tráfico y controlar a los peatones, y hacen turnos de patrulla en la noche para evitar fuegos o robos.

"La única protesta para ganar su atención"

El toque de queda se ha impuesto una noche más a las ocho, pero cientos de manifestantes recorren la avenida Lake. Entre ellos marcha Angela, dejándose la garganta con sus gritos de “¡Decid su nombre!”, a los que les responde el clamor: “¡George Floyd!” Y Angela pide que lo griten “¡más alto!”, y el reforzado grito llega.

“Estamos aquí para luchar contra la injusticia del sistema”, dice mientras camina la joven negra, que a sus 22 años representa perfectamente la juventud que domina entre los manifestantes. Porque esta, asegura, “es una lucha dirigida y protagonizada por una nueva generación, que hemos aprendido historia de forma diferente”. Y afirma también que “se está intentado ser pacíficos”, pero a la vez no desacredita la destrucción ni el pillaje. “Es la única protesta para ganar su atención”, razona, “y es un recordatorio: las cosas, las propiedades, se pueden reponer o reconstruir. Las vidas negras que nos arrebatan no”.

Dureza policial

Ella no tiene intención de parar, de dejar de salir a las calles, de protestar. “No hasta que paren los asesinatos. No hasta que empecemos a ver cambios en el sistema”. Pero es justo cuando está diciendo esas palabras cuando la marcha se detiene. Bajo un paso elevado, aparece un auténtico torrente de luces de sirenas. Decenas de uniformados, con equipamiento antirevueltas, cortan la calle. Y empieza la lluvia de proyectiles: fuegos de artificio desde el lado de los manifestantes, latas de gases lacrimógenos desde el de la policía. La marcha se dispersa, hay carreras, golpes, gritos. Y solo un frente avanza, mientras los manifestantes se dispersan y se separan en pequeños grupos.

Son los que siguen moviéndose entre las sombras. Son a los que buscan coches de patrulla, pero no solo. Agentes ante los que no sirve ninguna explicación ni un carnet de prensa para justificar la presencia en las calles o incluso en un coche aparcado despejan con amenazas, violencia verbal y las porras levantadas, aplicando con mano de hierro el toque de queda, que no se levanta hasta las 6.

La noche sigue. Los helicópteros ponen la banda sonora sobre este volcán. Pero está por ver hasta donde es efectiva la fuerza policial para contener la determinación de personas como Kaiya, que con solo 18 años tiene claro que volverá a la calle. “Quiero ser parte de la historia”, dice, “porque estamos haciendo historia”.