25 nov 2020

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UN MUNDO NUEVO (6)

Estambul ante el espejo del Bósforo

Las aguas del estrecho, uno de los más famosos del mundo, discurren, casi sin tránsito marítimo, apacibles y tranquilas como nunca

La ciudad turca, la mayor de Europa, ha perdido por la pandemia el turismo masivo y descontrolado, una de sus señas de identidad

Adrià Rocha Cutiller

La luna llena se eleva sobre la Mezquita Camlica. / REUTERS / UMIT BEKTAS

Es extraño: caminar por calles siempre llenas por miles de personas, un torrente humano de carne y sudor, sin nadie al lado; sin esquivar a nadie. Donde antes había cientos de miles, millones -haciendo una cola infinita para entrar a Santa Sofía, regateando torpemente en el Gran Bazar, comprando helados en la plaza de Sultanahmet o paseando por la avenida Istiklal- ahora ya no hay nadie. Si acaso algunas decenas de curiosos y grupos de policías terriblemente aburridos.

En marzo, todo se volvió mucho más íntimo: Estambul, en la soledad del inicio de la pandemia del coronavirus, se desplegaba tímida y grandiosa ante el que quisiera verla; sus capas de historia, construidas una encima de la otra, completamente al descubierto.

Sin gente tapando sus vistas y revolviendo sus aguas, el Bósforo vivió un inicio de primavera tranquilo y sereno. Y aún sigue así: el tránsito por el estrecho ha descendido tanto -sobre todo de barcos petroleros rusos, cuya carga ya no compra nadie- que los delfines, que antes no se atrevían a adentrarse demasiado en sus aguas, por miedo a que algún transatlántico les arrollase, ahora se muestran y juegan hasta bien adentro del Cuerno de Oro.

La mezquita de Santa Sofía vista desde el puente Gálata de Estambul. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Y las calles cambiaron de amos. Cuando los humanos las abandonaron, los animales callejeros -perros y gatos, sobretodo- las conquistaron al minuto. Los perros, en grupos, aprovecharon para tumbarse y dormir donde quisieran, porque ya no había nadie que les molestara ni les quisiera echar. Los gatos, a falta de gente que les vendiera caricias a cambio de ronroneos, la tomaron con las gaviotas y palomas: había empezado la temporada de caza.

Un grupo de gatos durante un fin de semana de toque de queda, en Estambul.ADRIÀ ROCHA CUTILLER

La burbuja de Tarlabasi

(En el centro de la ciudad, sin embargo, un barrio vivió como si nada de esto estuviese pasando. Se trata de Tarlabasi, una barriada antes poblada por griegos, armenios y judíos y ahora habitada mayormente por kurdos que llegaron a Estambul en las dos últimas décadas del siglo XX huyendo de la guerra del sureste. La vida en Tarlabasi, durante los peores meses de pandemia, fue casi normal, y tiene un cierto sentido: los habitantes de este barrio, inmigrantes pobres, no se pudieron permitir quedarse en casa sin trabajar y, además, entre los vecinos de Tarlabasi, el respeto por lo que dicta el Gobierno es algo secundario, una tontería. Aquí, las normas están para romperlas).

La mayor parte de Estambul, así, se ha sumido en una tarde de domingo perpetua; con la diferencia -nada, una nimiedad- de que en Estambul no existían por definición los días de descanso, porque el dinero, en la mayor urbe de Europa, no entiende de días laborales o festivos. Solo sabe de una cosa -bueno, dos-: la fiebre y el consumo, sobre todo si van unidas.

salvar el dinero es, precisamente, lo que ha marcado la lucha contra el Covid-19 en Turquía. En marzo, las mezquitas prohibieron los rezos colectivos, algo que no había pasado nunca jamás: ni en los brotes constantes de peste negra que asediaron la capital del Imperio Otomano hasta el siglo XIX. Sin embargo, la otra religión, la capitalista -aunque a medias- nunca ha parado de funcionar por miedo al colapso. Lo sagrado ha cambiado: a Dios le ha salido competencia.

La avenida Istikal, la mayor arteria comercial de Estambul, completamente vacía. / Adrià rocha cutiller

«Mira, deja de comerme la cabeza, Hasan. Llevo dos meses durmiéndome a las 6 de la madrugada y hoy ni he dormido. Déjame un rato tranquilo, venga», le dice a su trabajador el propietario de una tienda del barrio turístico de Eminönü. El no dormir puede tener dos motivos: el ramadán, que obliga a comer y vivir de noche, o los nervios sobre qué pasará cuando quede ya claro del todo que no vendrán turistas a Estambul en años.

Pero Hasán ríe, su jefe ríe y todos, en esta primera semana de reapertura de las tiendas, están contentos: al fin parece que recuperan cierta normalidad. El reto, sin embargo, será mayúsculo, porque los carteles de las tiendas en Eminönü no están en turco sino en ruso, árabe e inglés. Los miles de tenderos que habitan este barrio, que gritan en este barrio, que atosigan en este barrio, que exhortan en este barrio, que molestan en este barrio -asquerosamente lleno siempre; tristemente vacío ahora-, se han quedado, de golpe y sin avisar, sin el 90% de sus clientes: los extranjeros.

Estambul despierta

Ahora, mayo, Estambul empieza a levantarse del sueño, y las calles, otra vez, se vuelven a llenar. Pero todo será muy distinto a lo de antes: ahora, sin turistas por todos lados -y sin calvos que viajen a Turquía para dejar de serlo—, serán turcos los que ocupen las plazas, restaurantes, centros comerciales, iglesias y mezquitas de la antigua capital de imperios.

Sin la masa constante de turistas, a partir de ahora, se podrá respirar tranquilamente por las calles de la ciudad, con una bocanada de aire enorme directa a los pulmones -y con muchísima menos contaminación que antes, uno de los mayores problemas de Estambul-. Pero muchos, durante los próximos meses y años, tendrán que contener la respiración: sin clientela, miles de negocios acabarán por cerrar. Y, además, si se respira muy profundo, se corre el riesgo de atrapar el maldito virus.