06 ago 2020

Ir a contenido

DESPEDIDA DE UNA COMPAÑERA

Adiós a Ana Alba, periodista de raza y apasionada

La corresponsal de EL PERIÓDICO en Israel y Palestina fallece después de tres años de lucha contra el cáncer

Marta López

Ana Alba en Jerusalén, con la cúpula de la mezquita de Al Aqsa, al fondo.

Ana Alba en Jerusalén, con la cúpula de la mezquita de Al Aqsa, al fondo. / Quique Kierszenbaum

Cuando el pasado fin de semana vimos que Ana Alba solo contestaba con emoticonos a nuestros mensajes de ánimo tras su última hospitalización, supimos que el final estaba muy cerca. Ella, que nunca había ahorrado explicaciones sobre su estado de salud, solo era capaz de enviarnos ahora un corazón rojo. El cáncer contra el que luchó con gran coraje durante tres años iba a ganar una partida que intuímos difícil desde el principio pero que jugó sin rendirse jamás. Sin perder la sonrisa ni la esperanza de que los médicos encontrarían una solución. Ni en los últimos meses, cuando los estragos de la enfermedad le hacían la vida tan difícil, renunció a su sueño de volver a su Jerusalén querida, ciudad en la que fue corresponsal para EL PERIÓDICO en los últimos 9 años.

Ana se ha ido demasiado pronto, a los 48 años, pero nos deja a todos los que la hemos conocido una huella imborrable. A sus compañeros en Israel, su segunda familia que tanto la cuidó en sus idas y venidas de los últimos años, cuando se acercaba a Barcelona para sus sesiones de quimioterapia y al día siguiente volvía a coger un avión para plantarse en Jerusalén. En esta redacción, nos quedará el recuerdo de sus crónicas, escritas siempre desde el rigor y una gran sensibilidad, y de su profunda humanidad y humildad. Porque Ana ha sido siempre una enorme periodista y una humilde persona, algo que es difícil de casar en esta profesión que tanto amaba y a la que con tanta devoción se entregó. ¡Cuántas crónicas nos ha escrito desde la cama del hospital cuando no podía ni con su alma!

Apasionada de la profesión

Era una apasionada del oficio. No lo concebía sin pasión. Una devoción que solo competía por la que sentía por sus sobrinas,  Aitana y Daniela, de las que siempre estuvo muy cerca pese a vivir muy separadas. Recordaba perfectamente que ‘radió’ su primera crónica a los 9 años, la tarde del 23 de febrero de 1981, cuando su abuela le abrió la puerta de su casa y le soltó: "Abuela, la Guardia Civil ha entrado en el Congreso de los Diputados. Han disparado al techo, han dicho todos al suelo. Los diputados se han escondido debajo de los asientos y creo que la Guardia Civil y una parte del Ejército quieren dar un golpe de Estado". Lo había oído decir a los padres de dos amigas en la puerta del colegio y puso la antena. Era una niña y apuntaba ya maneras.

Ana Alba a la entrada de Gaza. 

Ana tuvo claro que lo suyo era el periodismo internacional. Tanto que en el año 1997 se plantó en Bosnia-Herzegovina como periodista ‘freelance’, interesada en cubrir las heridas y los traumas que había dejado la guerra en ese país. Empezó a trabajar para del diario 'Avui'. Vivió tres años en Sarajevo. Aprendió serbocroata. Hoy la lloran allí también grandes amigos, a los que siempre trató de dar voz cuando el mundo se olvidaba de ellos. Luego vino Kosovo y otras guerras y conflictos, siempre moviéndose en zonas del mundo difíciles con la misma premisa: las personas en el centro de la noticia. "Personas que nos abren sus casas, sus corazones, comparten con nosotros momentos íntimos a menudo en situaciones de gran sufrimiento y horror. Personas por las que debemos sentir gran respeto y empatía", decía.

Corresponsal impecable

En Israel ha sido una corresponsal impecable para este periódico, trabajando durante nueve años en ese terreno minado con el mismo rigor, seriedad y profesionalidad que el primer día. Mientras vio ir y venir a compañeros cansados de dar siempre vueltas a un conflicto interminable, Ana nunca quiso marcharse de allí. Creía que había demasiadas injusticias todavía por contar. "¿Cómo voy a abandonar ahora a mis palestinos?", decía con una media sonrisa. Imposible olvidar un paseo con ella por la Ciudad Vieja de Jerusalén durante un bello atardecer y la pasión con la que, desde un profundo conocimiento, se prodigaba en detalles y anécdotas en cada rincón, pese a haberlo explicado un millón de veces a cada visitante que con su inmensa generosidad acogía.

Afortunadamente, el reconocimiento a su labor profesional lo tuvo en vida. A diario, con las muestras de respeto y admiración de sus compañeros y con los dos merecidos premios que recibió en el último año. El pasado mes de mayo fue la segunda finalista del Premio Cirilo Rodríguez y en marzo fue galardonada el premio Julio Anguita Parrado. Pocas veces se la vio tan feliz como en Segovia, donde recibió el primero con un discurso espléndido en defensa del periodismo, un periodismo de "historias que se trabajan como una filigrana, de historias que se cuecen lentamente" , el periodismo que tanto le gustaba y tanto practicó.

Vídeo de los compañeros

La pandemia actual obligó a aplazar la entrega del segundo en Córdoba, prevista el pasado 7 de abril. Hubo una entrega virtual y compañeros de profesión y de vida le grabaron un vídeo entrañable. Inmensamente agradecida, nunca pensó que ella podría ser merecedora de esos galardones que lucen como galones los grandes de la profesión. Su alegría nos hizo inmensamente felices.

Ana se va también sin ver el estreno de su última gran obra, el documental  'Condenadas enGaza’, ya prácticamente acabado y realizado junto con la también periodista y amiga Beatriz Lecumberri. Un documental que se adentra en la situación de las mujeres de las franja de Gaza que sufren cáncer y que debido al bloqueo israelí ni pueden viajar ni pueden recibir el tratamiento. Para Ana, ese era el auténtico drama y no el suyo. Por eso ya muy enferma, dedicó a estas mujeres sus últimos esfuerzos. ¡Qué grandeza la tuya, queridísima Ana!