02 dic 2020

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EPIDEMIA GLOBAL

Frío, inquietud y desconcierto en una Moscú confinada

El confinamiento en la capital rusa decretado por el alcalde entra en vigor con una drástica caída de los movimientos callejeros pero sin que los ciudadanos tengan claro las reglas a seguir

Marc Marginedas

Un repartidor de comida a domicilio cruza una desierta calle de Moscú, este lunes.

Un repartidor de comida a domicilio cruza una desierta calle de Moscú, este lunes. / EVGENIA NOVOZHENINA (REUTERS)

"Soy portero y voy hacia el trabajo; no, no tengo ningún pase para moverme por la ciudad, pero la semana que viene me han prometido que me darán uno". En pleno centro de Moscú, junto al llamado Puente Grande de Piedra que atraviesa el río Moskova y el canal adyacente, Víktor apenas tiene tiempo de detenerse unos segundos y responder unas pocas preguntas, antes de proseguir su camino.

Es lunes a mediodía, sopla un viento helado e incluso empiezan a caer algunos copos blancos pertenecientes a una tardía nevada primaveral. Como si de una película de ficción se tratara, apenas se vislumbran dos o tres personas a lo lejos, pugnando por avanzar, en este espacio normalmente abarrotado; los coches pasan a toda velocidad por una de las principales avenidas urbanas procedentes de los barrios del oeste, arteria que normalmente, a esas horas del día, ya estaría bloqueada por cientos de vehículos haciendo sonar sus cláxones. "Las medidas" de Sobyanin decretadas la víspera limitando la mayoría de los movimientos de los ciudadanos le parecen bien a Víktor, e incluso aboga porque sean "más estrictas".

Al igual que sucedió cuando se ordenaron las primeras medidas de confinamiento en la capital, el primer ministro, Mijaíl Mishustin, ha defendido este lunes que se extiendan a todo el territorio nacional.  Sin embargo, las primeras críticas respecto a su aplicación, su legalidad -en teoría, solo el presidente puede decretar medidas de excepción- y, sobre todo, la distribución de salvoconductos que autoricen a moverse, han empezado a aparecer en la prensa.       

Trabajador de la construcción

Nazim, nacido en Uzbekistán hace 24 años, es uno de las decenas de trabajadores de la construcción que están renovando una antigua estación eléctrica para transformarla en un museo de arte contemporáneo costeado por Leonid Mikhelson, el hombre más rico de Rusia. Con la boca cubierta por una máscarilla negra, espera el autobús que le lleve de regreso a casa. "Hoy es el último día; solo hemos venido solo para recoger los equipos", explica. A partir del martes, inicia unas vacaciones de indeterminada duración que, por lo que le han informado, no serán pagadas.

A unos pocos metros, en una esquina junto al canal, un supermercado de la cadena Miratorg (algo así como un Alcampo en España) languidece sin apenas clientes. Oksana, la encargada, asegura que "todo va bien" y que no hay escasez de productos, aunque admite que en los barrios periféricos la gente puede estar haciendo acopio de 'grechikha' o 'kasha', un cereal cocido de precio reducido que fue muy popular durante la era soviética.