07 jun 2020

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IMPACTO EN la carrera a la casa blanca

La crisis del coronavirus realza el liderazgo de Trump en pleno año electoral en EEUU

El presidente logra subir su índice de popularidd a pesar de la extensión de la pandemia en el país

Con los demócratas sin dirección, su principal enemigo ahora son los efectos sociales y económicos

Idoya Noain

Donald Trump, durante la rueda de prensa que dio sobre el coronavirus este lunes, en la Casa Blanca.

Donald Trump, durante la rueda de prensa que dio sobre el coronavirus este lunes, en la Casa Blanca. / EVAN VUCCI (AP)

Donald Trump ha sido, desde que se lanzó al ruedo político y alcanzó la presidencia de Estados Unidos, la personificación de Mr. Teflon: el político impermeable a los escándalos y al que nada parece adherirse, capaz de soportar (y nutrido de alimentar) las temperaturas políticas y sociales más extremas. Hace menos de dos meses salía exonerado del ‘impeachment’ y enfilaba triunfante su camino hacia las elecciones del 3 noviembre en busca de su reelección, cimentando cada paso sobre una base inamoviblemente fiel y una economía macro boyante mientras los demócratas libraban la lucha interna que ha delineado a Joe Biden como candidato. Ahora que la sacudida global del coronavirus hace zozobrar todo, también en EEUU, Trump intenta, de nuevo y como de costumbre, caer de pie.

Incluso en una crisis multidimensional con escasos precedentes como esta, que además profundiza interrogantes e incertidumbres, Trump está adaptándose sobre la marcha, pero recurriendo también a herramientas muy habituales en su heterodoxo manual. Ha declarado “enemigo invisible“ al virus cuya gravedad hace solo unas semanas minimizaba, intensifica el discurso de guerra y aprovecha para reforzar la imagen de “comandante en jefe”, tan provechosa en las urnas.

Fanfarronea de las medidas adoptadas o se da “un diez” en la respuesta de su Administración, ocultando los múltiples errores cometidos en el camino y los problemas que aún se denuncian, desde hospitales o desde estados y municipios, ahora que EEUU es epicentro de casos. Culpa a sus predecesores sin asumir “ninguna responsabilidad” por acciones de su Gobierno que han tenido consecuencias; contradice a los científicos en su equipo o los fuerza a matizar o aclarar sus declaraciones; saca cuando le conviene su arsenal clásico proteccionista y nacionalista. También, como de costumbre, ha reactivado su guerra con la prensa, llegando a acusarle de estar sobredimensionando la crisis para hacerle daño en las elecciones.

Éxito en audiencia y encuestas

Con los mítines suspendidos ante las recomendaciones de distanciamiento social dictadas por su propio Gobierno, Trump ha reconvertido las ruedas de prensa diarias del grupo de respuesta al coronavirus en sus rallies. Sigue controlando la narrativa y aunque algunas televisiones se plantean si dejar de transmitirlas íntegras en directo para poner filtro a los episodios de desinformación (como ya ha decidido una emisora de la radio pública), de momento no han dejado de hacerlo. Y el éxito de Trump es innegable. En un día esta semana tuvo más de 12 millones de espectadores solo en los tres canales de cable de noticias 24 horas. Millones más las siguen en generalistas y streaming.

Trump ha conseguido además subir sus índices de aprobación general hasta el 49%, con mejorías de valoración entre independientes y demócratas. Y en un sondeo de Gallup esta semana el 60% aprobaba su gestión ante el coronavirus, incluyendo no solo un 94% de republicanos sino un 60% de independientes y un 27% de demócratas.

A favor y muy en contra

A su favor juega un Biden por ahora desdibujado, un candidato cuya voz de competencia y experiencia en la Casa Blanca de Obama, o de integridad moral, se pierde en la cacofonía de historias que provoca la tormenta de una crisis donde son centrales justo los temas fundamentales en la agenda de Bernie Sanders, como el acceso a la sanidad o las desigualdades e injusticias económicas.

Trump enfrenta, no obstante, un reto monumental que escapa a su control: la profundidad de la crisis económica, indivisible de la sanitaria y social. Su apuesta, intensificada, es “reabrir” el país, tratando de acelerar una vuelta a la normalidad laboral al menos en las zonas menos afectadas, una medida que los expertos médicos y científicos miran con mucha más cautela. El enemigo para él, realmente, es el coronavirus.