14 ago 2020

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Milán, 23 días encerrados: "Las cifras de muertos y contagios marcan el humor de la familia"

Un ciudadano milanés relata sus vivencias y sensaciones tras casi un mes de confinamiento

ANDREA BASSANI

Un ciudadano milanés con su bebé en su balcón.

Un ciudadano milanés con su bebé en su balcón. / EFE /EPA Paolo Salmoirago

No hay ruido. El aire es fresco y limpio. La primavera saca del descanso invernal los primeros colores. No, no estoy escribiendo desde una reserva natural en el campo de la Toscana o un camino de montaña en los Dolomitas. Estoy delante de un ordenador en mi habitación del piso donde vivo encerrado con la familia en el centro de Milán desde el 1 de marzo, hace más de tres semanas ya. Si fuera un día normal habría que cerrar las ventanas por el tráfico, la polución y los malos olores, pero ahora están todas abiertas para que entren estas sensaciones tan inéditas. Pero además de poder escuchar los pájaros y las campanas, cosa para nada habitual en Milán, llega también otro ruido: el de las sirenas de las ambulancias que van a un ritmo tan frecuente que parece imposible. No paran ni un minuto.

Estamos viviendo totalmente encerrados en casa desde hace casi un mes.  En cuatro semanas tan solo hemos ido al supermercado tres veces y una a visitar a mi madre, de 92 años. Hemos respetado rígidamente las decisiones del Gobierno desde el principio, desafortunadamente muchos otros, no. Ahora, el Ejército está en la calle.

Si consigues aislarte al menos en un momento del día de leer noticias catastróficas o escuchar boletines que parecen de guerra, después de casi cuatro semanas, en el interior de nuestras cuatro paredes, la vida ha cogido un ritmo tan raro e inusual que por absurdo que pueda parecer, es casi tranquilo, relajado y sin mucho estrés. Hasta que el siguiente noticiario te traiga la peor de la noticias. 

Nuestro Cinema Paradiso 

Mi esposa y yo teletrabajamos desde hace varias semanas y nuestra hija sigue sus clases a distancia con las plataformas digitales. Y como nos recomiendan que hay que tener al menos un metro de separación incluso entre miembros de la familia,  cada uno ocupa una habitación. Hay  momentos comunes y nos citamos en el comedor como si fuera la hora del patio, luego otra vez cada uno en su sitio. Parece una locura pero tiene su gracia. Nos vemos de nuevo para comer y cenar y luego nos regalamos una película o una serie juntos (casi) en el salón (nuestro pequeño Nuovo Cinema Paradiso versión 2020) por la noche.

Andrea Bassani en la habitación de su casa.

Otro momento común delante de la tele, pero reservado solo a mi esposa y a mí, es a las seis de la tarde cuando cada día se retransmite en directo de la rueda de prensa de Protección Civil: es un momento de mucha tensión ya que los números de muertos y contagiados suben sin parar. Es el termómetro del humor familiar de las siguiente 24 horas.  De momento, solo han aumentado las preocupaciones y las lágrimas.

Tras casi un mes en casa, hay momentos de depresión y de tensión,  cuando dejas que tu mente viaje -más o menos lúcidamente- hacia lo que vendrá una vez acabada la dramática emergencia sanitaria en términos sobre qué situación de trabajo encontrarás después del virus. También sientes miedo. ¿Saldremos de esta situación? ¿Por qué Italia tiene tantos contagiados y muertos? ¿Ha terminado la emergencia de verdad?  

Y es justo en estos momentos difíciles cuando sale en tu ayuda la que muchas veces se ha definido como 'invasiva' tecnología. Las aplicaciones me están permitiendo hacer lo que por falta de tiempo o distancia nunca conseguimos: hablar con la gente conectándonos a uno de esos chats on line y poder ver a los amigos que viven muy lejos, o incluso muy cerca pero que ahora mismo no puedes ver.

Se han formado varios grupos y cada día estas llamadas viéndonos las caras - por cuestiones laborales, con la familia y con los amigos italianos o españoles (la mayoría viven en Barcelona)- te dan una ayuda moral especial.  Entre ellos hay un grupo de personas vinculadas al baloncesto que son muy especiales para mí, me han dado años de gran compañerismo en las pistas, vestuarios y bares, tanto en España como en varias parte de Europa. Ahora que, tras 17 años en Barcelona, he vuelto a vivir en Italia, verlos todos juntos en una pantalla contándome su día día y haciendo las bromas típicas me da mucha alegría.

Saldremos de esta pese a que pagaremos un precio muy alto, me temo. Volverá algún tipo de normalidad tarde o temprano.  Y también volverá el día que el ruido de un balón de baloncesto botando de nuevo sobre una pista será el ruido más agradable de todos.