10 jul 2020

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EXPECTACIÓN ANTE LA CUMBRE DEL ENTE

Las sinuosas relaciones de Francia con la OTAN

París ha mantenido históricamente notables diferencias con Estados Unidos sobre la visión de la Alianza Atlántica

Eva Cantón

Las sinuosas relaciones de Francia con la OTAN

ALFRED HENNIG / EFE

Al hablar de la “muerte cerebral” de la Alianza Atlántica y reclamar una mayor implicación en la lucha contra el terrorismo, Emmanuel Macron repite la sinuosa pauta que ha dominado la relación entre Francia y la OTAN desde que Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la Unión Europea, firmara el tratado de Washington, el 4 de abril de 1949. 

En los años cincuenta del pasado siglo, Francia colaboró en la transformación de la Alianza, fue un socio esencial debido a su situación estratégica y tuvo bases norteamericanas y canadienses, pero ya entonces los dirigentes de la IV República pedían que la solidaridad de los aliados se ampliara a zonas donde Occidente tenía intereses, especialmente en el Mediterráneo y Oriente Próximo.

La primera crisis de confianza se produce a finales de los cincuenta y cuando el general De Gaulle llega al poder en plena Guerra Fría los crecientes desacuerdos sobre el papel que deben jugar Estados Unidos y Europa en el seno de la OTAN terminarán con la retirada de Francia del comando militar integrado en 1966.

“Modificar la forma de nuestra alianza sin alterar el fondo”, fueron las palabras del general. Con ellas trataba de justificar una decisión que nacía del malestar por lo que consideraba una “subordinación” de Francia a una “autoridad extranjera”. París apostó por la autonomía y la independencia nacional.

¿Para qué sirve la OTAN?

Años más tarde, franceses y americanos divergen sobre el futuro de Europa y de la OTAN. François Mitterrand se negó a suscribir la doctrina norteamericana de que la Alianza tenía que garantizar la seguridad en todo el mundo y, tras la caída del bloque soviético, los malentendidos se agravan.

“Francia considera que Europa puede finalmente construir una ‘identidad estratégica europea’ y va incluso más lejos: dado que la Unión Soviética no existe, tampoco el Pacto de Varsovia y el Este ya no es una amenaza, ¿para qué sirve la OTAN?”, recuerda Maurice Vaïsse, del Instituto de Estudios Políticos de París en el libro ‘Francia y la OTAN: una historia’.

Si Mitterrand defiende una transformación profunda de la OTAN, los norteamericanos piensan en una alianza más política que militar. Las discrepancias son, por tanto, estratégicas.

Normalización

A partir de 1993, con la llegada de Bill Clinton a la Casa Blanca y la reducción de efectivos aliados en Europa, la tensión baja. Francia se suma a las nuevas misiones de la OTAN al servicio del mantenimiento de la paz y con Jacques Chirac mejora la relación “a pesar de las querellas comerciales y el unilateralismo creciente de la diplomacia norteamericana”, apunta el experto.

Claramente proamericano, en el 2009 Nicolas Sarkozy reintegra a Francia en la estructura militar de la OTAN cuatro décadas después de la decisión de De Gaulle. Además de altamente simbólico, fue un acto de normalización con la que quiso aumentar la influencia francesa en la Alianza e impulsar la Europa de la Defensa. La condición que puso para volver al comando militar fue mantener la independencia nuclear del país y que ninguna fuerza francesa fuera comandada de manera permanente por la OTAN en tiempo de paz.

En vísperas de una cumbre que se anuncia tensa, las críticas que han desatado en Berlín, Londres o Varsovia las palabras de Macron criticando la actitud de Estados Unidos y Turquía evidencian no solo el malestar francés sino la falta de unidad europea.

“Macron avala un relato gaullista que desde 1958 no tiene más que una confianza provisional y limitada en la garantía americana de Europa. Mete el dedo en el verdadero problema”, sostiene en ‘Le Monde’ Bruno Tertrais, de la Fundación para la investigación estratégica.