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RITUAL ANCESTRAL

Naruhito cumple con la proclamación oficial como emperador de Japón

Reyes y jefes de Estado de 174 países, entre ellos el rey Felipe acompañado de Letizia, han acudido a la solemne ceremonia en el palacio imperial de Tokio

Adrián Foncillas

Los emperadores de Japón, Naruhito  y Masako, durante la ceremonia de entronización.

Los emperadores de Japón, Naruhito  y Masako, durante la ceremonia de entronización. / EPA / JIJI PRESS

Naruhito ha anunciado a su pueblo y al mundo entero que Japón tiene un nuevo emperador. También a Amaterasu, la mítica diosa del Sol de la que desciende la línea imperial más antigua del mundo. Fue una ceremonia sucinta, despachada en apenas media hora, con solemnidad contención muy japonesas. El júbilo se reservaba para el paseo motorizado por las calles de Tokyo pero los 80 muertos que dejó el tifón 'Hagibis' han recomendado aplazarlo hasta noviembre.

“Deseo de corazón que nuestro país, a través de la sabiduría y el indesmayable esfuerzo del pueblo, siga en la senda del desarrollo y contribuya a la amistad y la paz de la comunidad internacional y el bienestar y prosperidad de la humanidad”, ha afirmado Naruhito con timbre grave.

No hubo sorpresas en el discurso ni se las esperaba. Las alusiones a la paz siguen la senda paterna, el emperador emérito Akihito, que se había despedido del Trono de Crisantemo en mayo. El primer ministro, Shinzo Abe, finiquitó la ceremonia acompañando el enérgico alzado de brazos con gritos de "banzai" o "larga vida al emperador". No siempre los discursos de palacio y Gobierno se han alineado, especialmente en la forma en la que Japón debe asumir su pasado imperialista.

Una espada y un espejo

Naruhito vestía la túnica naranja diseñada un milenio atrás y que reservan los emperadores a las citas con la Historia. La familia real le esperaba en el salón Matsu-no-ma con rostros pétreos. Con Naruhito ya elevado sobre los seis metros del trono salpicado de oro descorrieron el cortinaje los chambelanes en riguroso negro que le portaban los objetos que cumplen el simbolismo de la corona en las monarquías occidentales. Son la espada y la joya que, según la leyenda, la diosa del Sol ofreció a sus antepasados. También un espejo, que ni siquiera salió del santuario de Ise.

A los fastos han acudido 2.000 invitados desde 180 países y con una nutrida representación del gremio monárquico, entre ellos los reyes de España, Felipe y Letizia. Escasean los republicanos en Japón y las polémicas son ahogadas por el fervor popular. Cabe consignar un par de ellas, sin embargo.

Factura de 130 millones de euros

La ceremonia sintoísta, alegan, vulnera la separación de poderes entre religión y Estado, de igual forma que el trono sobre el que se alza el emperador minimiza al primer ministro elegido por el pueblo. También han considerado excesiva la factura de 16.000 millones de yenes (más de 130 millones de euros), los cortes de tráfico o los 26.000 policías destinados a la seguridad en un país ejemplarmente seguro. El calendario de festejos terminará en noviembre con el paseo aplazado y la ofrenda del primer arroz.

La subida al trono de Naruhito ha alegrado especialmente al medio millón de condenados por delitos leves y faltas que han sido amnistiados. La ocasión, ha aclarado Tokyo, les permitirá “limpiar su espíritu y volver a empezar”. La mayoría de los casos son infracciones de tráfico.

Se espera que Naruhito siga acercando la milenaria institución al pueblo y ejerciendo de oficioso embajador en el mundo. Al emperador le gusta el senderismo, esquiar, el violín y todo lo relacionado con el medioambiente y los sistemas fluviales.

Estudió en la escuela privada Gakushuin, refugio de la aristocracia nacional, antes de partir a Oxford. Allí vivió dos años en un dormitorio universitario con el póster de Brooke Shields en la pared y se fue con un máster por una tesis sobre el río Thames. Naruhito siempre ha evocado con nostalgia aquella estancia en el extranjero. La depresión de su esposa, quien sacrificó su prometedora carrera diplomática por Palacio tras el tenaz galanteo de Naruhito, ha sido durante años una cuestión de Estado. 

Su padre, Akihito, se bajó del trono en mayo porque su declinante salud le impedía cumplir con la agenda. No escasean sus antepasados que cambiaron el trono por un monasterio budista cuando su vida agostaba pero la Historia moderna exigía que se marcharan con su último aliento. Su abdicación fue la primera en dos siglos y soliviantó a intelectuales nacionalistas y otros guardianes de las esencias  que temían un debilitamiento de la institución a largo plazo. La posibilidad ni siquiera estaba contemplada por la ley y el Parlamento hubo de elaborar una que estableciera la figura del emperador emérito.

Felipe y Letizia han seguido el acto desde primera fila, junto al emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Zani. / KIMIMASA MAYAMA / REUTERS