08 ago 2020

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NUEVO FRENTE DE GUERRA

"Unos mandan a la guerra; nosotros morimos"

Qamishlo y Nusaybin son dos de las ciudades que más han sufrido la operación turca en Siria: nadie allí quiere más conflicto

Adrià Rocha Cutiller

Un vecino limpia escombros en su casa de Nusaybin tras un ataque con morteros desde Siria, el pasado lunes.

Un vecino limpia escombros en su casa de Nusaybin tras un ataque con morteros desde Siria, el pasado lunes. / ILYA U TOPPER (EFE)

Todos decían lo mismo: "¿A Nusaybin? Ve con cuidado allí. La entrada a la ciudad está cerrada por un control militar enorme. Hay gente a la que no le han dejado pasar. La situación allí está tensa".

El control, al llegar, estaba: imponente en medio de la autopista, tapando la calzada con barricadas, bloques de hormigón, arena y franqueado por blindados a ambos lados. Pero quien lo custodiaba, gran responsabilidad, era un soldado que había sucumbido, quién sabe cuándo, a varias horas de aburrimiento. El hombre estaba dormido.

Todo empezó hace poco más de una semana: cuando Turquía arrancó su operación militar en el norte de Siria contra las milicias kurdosirias de las YPG, consideradas terroristas por Ankara, el Ejército turco bombardeó, con su artillería, las ciudades del otro lado de la frontera.

Las YPG respondieron con morteros contra el lado turco. La que se llevó la peor parte fue, de lejos, la ciudad de Nusaybin.

Doce personas, solo en esta ciudad, murieron por las bombas. Cundió el pánico. La ciudad se vació. "En los días de ofensiva cayeron 200, 300 bombas. Somos nosotros los que estamos pagando el coste de esta guerra. Los dirigentes... ellos no pagan nada. Ellos deciden mandarnos a morir por algo que ni queremos. ¿Vale la pena morir por un puñado de tierra? Bah…", dice Fatih (no es su nombre real), habitante de la ciudad.

En medio de todo

Nusaybin no es un caso especial. Esta población, como muchas en la frontera turcosiria, no existía hasta 1923, cuando se estableció esa línea que marcaría las frontera de dos países —Turquía y Siria— que nunca antes habían existido. La línea fue trazada en el mapa, y acabó por dividir varias ciudades en dos. Así quedó la cosa: Nusaybin, Turquía, fue puesta al norte. Qamishlo, al sur, en Siria. Familias que vivían en barrios distintos fueron separadas en países distintos. Caprichos de la historia.

"Los tíos de mi padre están en el otro lado -dice Fatih, entorno al cual, mientras habla, sentado en una cafetería de Nusaybin, se ha formado un pequeño círculo de amigos-. Por eso aquí nadie quiere la guerra. ¿Quién iba a quererla? ¿Para qué? Los de allá, los de aquí… todos somos lo mismo. Somos familia. Pero, claro, esto que digo ahora no lo puedo decir en público. Iría a la cárcel. Hay libertad de pensamiento, porque es imposible evitar que la gente piense. Pero te lo tienes que callar. Si ahora viniese una televisión turca les diría que estoy encantado con su guerra".

A unos 10 metros, a la espalda de Fatih, está la valla que marca la frontera. Unos 50 más al sur, justo ahí delante, se levanta Qamishlo: está tan cerca que se puede ver a señoras tendiendo la ropa en sus balcones y se oyen los camiones retumbar por la carretera. Eso, según Turquía, es territorio controlado por terroristas.

"Fue justo desde allá -dice otro hombre, y señala los edificios del otro lado-. Empezaron a disparar contra mi local. Está lleno de agujeros. Pero no solo es eso. Nadie del Gobierno ha hecho nada. Yo pago mis impuestos. Pero ¿ha venido alguien a ayudarnos? ¿A evacuarnos de la ciudad? No. Nos abandonan porque somos kurdos".

Ciudades hermanas pero vacías

Tanto Qamishlo como Nusaybin, durante los primeros días de ofensiva y las bombas silbando por el cielo, se vaciaron del todo. Ahora, con el alto el fuego, la gente vuelve a sus casas. "Yo no me moví, pero mi mujer y mis hijas se fueron durante unos días. Ahora ya han vuelto", dice Na'man, kurdo de la ciudad pero del lado sirio.

Habla por teléfono, pero la conexión es tan mala que sería casi más fácil y fluido comunicarse a gritos a través de la valla. "Esta guerra nos ha puesto los unos contra los otros. Kurdos contra kurdos, y eso es vergonzoso. Deberíamos estar unidos, y no lanzándonos bombas entre nosotros", dice, antes de añadir que sabe que en el otro lado, como en el suyo, tampoco nadie quiere la guerra, que tiene familia en Nusaybin, y que solo espera que esto termine de una vez para que le dejen en paz. De momento, se está cumpliendo: estos días de alto el fuego, la zona está calmada y los soldados pueden dormir.

En contra

Con esta operación militar, Erdogan surfea una ola nacionalista que le da alas justo en un momento en el que más falta le hacía. Turquía -los turcos- está casi unánimemente a favor de esta guerra. Pero no los kurdos, porque ellos, a diferencia de los otros, están a ambos lados de la frontera. Y, así, Turquía se ha puesto dura: criticar la operación significa ser detenido y acusado de apoyar al terrorismo. La policía ha detenido ya a más de un centenar de personas.

Entre ellos, los alcaldes de Nusaybin, del partido prokurdo y opositor HDP. En su lugar, Erdogan ha colocado a dos interventores de su formación. "La gente escoge unos alcaldes y, después, el Gobierno hace lo suyo y coloca a quien quiere. Al final, a nosotros nadie nos escucha. Estamos aquí, abandonados en medio de todos los problemas. Pero, por favor, no reveles mi nombre", dice Fatih, que junta las muñecas y cierra los puños. Ahí, si ocurriera, irían las esposas.