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80º aniversario del mayor conflicto bélico

Segunda guerra mundial, ¿lección olvidada?

El auge actual de los neototalitarismos, el nazismo o la extrema derecha a nivel global hace temer que poco o nada hemos aprendido de una contienda armada que acabó con la vida de más de 50 millones de personas

Albert Garrido

Tanques nazis cruzan la frontera de Polonia el 6 de septiembre de 1939.

Tanques nazis cruzan la frontera de Polonia el 6 de septiembre de 1939. / AFP

La invasión de Polonia por Alemania, iniciada el 1 de septiembre de 1939, desencadenó la hecatombe de la segunda guerra mundial: al menos 50 millones de muertos, Europa devastada y Japón en ruinas. ¿Por qué fue inevitable la carnicería? ¿Por qué el pueblo alemán confió su futuro a Adolf Hitler? ¿Por qué Benito Mussolini pudo llevar el fascismo al poder? ¿Por qué las democracias liberales fueron incapaces de evitar el Armagedón? ¿Qué enseñanzas cabe extraer del desastre?

Más allá del aserto de Louis Althusser, que comparó la historia con una obra de teatro en la que los hombres son los actores pero no los autores, cabe considerar como acertada la conclusión según la cual las condiciones impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles (1919) al final de la primera guerra mundial fueron la primera piedra en el proceso de 20 años que llevó a la segunda. Lo fueron asimismo la reclamación italiana para disponer de un imperio colonial propio, el nacionalismo expansivo japonés, los errores del Reino Unido y Francia y también el desentendimiento estadounidense de los asuntos europeos. Y en general, lo fue el dinamismo de la izquierda, espoleada por el triunfo de la Revolución de Octubre y la alarma de la burguesía ante los cambios sociales que se vislumbraban.

La invasión de Polonia por Alemania, que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial

El diagnóstico de Zweig

Al sentirse humillada una parte de la opinión pública alemana por los términos de Versalles, cobró todo su sentido el diagnóstico del escritor judío austriaco Stefan Zweig en 'El mundo de ayer': “Para el pueblo alemán, el orden ha sido siempre más importante que la libertad”. Que debe completarse con el análisis del historiador británico Eric Hobsbawm: sin la llegada al poder del nazismo a principios de 1933, “el fascismo no se habría convertido en un movimiento general”. Dicho de otra forma, la agresividad italiana fue indisociable de la llegada al poder de Hitler; el triunfo de este fue inseparable de la búsqueda por “las capas medias y medias bajas” –otra vez Hobsbawm– de una opción política que prometiera recuperar lo perdido después de 1918 a causa de la fractura social, la inestabilidad política, la hiperinflación, la crisis económica de 1929 y las gravosas reparaciones de guerra.

Según escribió Arnold J. Toynbee en 'La Europa de Hitler', “el triunfo del nacionalismo económico hizo fracasar la cooperación internacional en estos años y contribuyó a la aparición de una serie de modelos económicos para superar las crisis que condujeron al agravamiento de las tensiones mundiales”. Lo cierto es que frente a las consecuencias de un nacionalismo económico exacerbado, completado en Alemania con la expansión territorial y la doctrina del espacio vital ('lebensraum'), la prédica de la superioridad aria y el antisemitismo vesánico, las democracias liberales claudicaron o buscaron sin acierto coexistir con los totalitarismos de derechas y, de paso, desviar la presión alemana hacia la Unión Soviética de Stalin.

Táctica desastrosa

El error de cálculo, cometido singularmente por el 'premier' Neville Chamberain, y el secretario del Foreign Office, el vizconde Halifax, ideólogo de la política de apaciguamiento de Hitler, fue desastroso, equiparable a las dudas de Francia y a la impericia de sus generales, empeñados en levantar, para desespero de Charles de Gaulle, una barrera defensiva –la línea Maginot– anticuada e ineficaz. Todo cuanto hicieron los gobiernos de Londres y París, incluido su papel en la guerra civil española, envalentonó a Hitler y Mussolini y contribuyó a precipitar los acontecimientos. Hicieron el resto un nacionalismo sin cortapisas, la primacía “del instinto y la voluntad” –Hobsbawm de nuevo– y la exaltación mitológica del pasado.

El tablero de hoy día

¿Qué sucede hoy? ¿Qué circuitos alimentan el crecimiento de los neototalitarismos? ¿A quién atraen? Ochenta años después del primer día de la Blitzkrieg (guerra relámpago) son enormes las diferencias entre entonces y ahora, pero en la estela del neofascismo –la voz de Matteo Salvini–, de los movimientos neonazis, del utraconservadurismo húngaro, de la extrema derecha española, de un sinfín de propuestas de corte nacionalista y populista, es posible hallar señas de identidad que remiten al pasado, situaciones ya vividas que estimulan el fenómeno. El politólogo francés Sami Naïr da algunas pistas: una reacción primaria frente a la gobernanza supranacional, los efectos sociales de la globalización neoliberal, el intento de construir instituciones europeas posnacionales y el propósito de “poner en jaque la actual construcción europea en nombre de la soberanía nacional”. No está de más añadir la aparición de un líder mundial en sintonía con todo ello: Donald Trump.

El éxito electoral de este programa genérico ha sido posible al coincidir en el tiempo el coste humano de la salida de la crisis de 2007-2008, la quiebra del pacto social promovido por democristianos y socialdemócratas al final de la segunda guerra mundial y el aumento de los flujos migratorios con destino a Europa y a Estados Unidos, presentados por los ideólogos de la extrema derecha como competencia desleal ante unas clases medias urbanas empobrecidas. De ahí a la proliferación de mensajes islamófobos solo medió un paso, facilitado por el terrorismo yihadista.

Política de emociones

Si la digresión teórica nunca fue el punto fuerte del fascismo y del nazismo, tampoco lo es ahora de los nuevos movimientos ultra, pero la remisión a la política de las emociones es suficiente para atraer a una parte de sociedades defraudadas. La pensadora judía húngara Agnes Heller, cuyo padre murió en Auschwitz, sostuvo en uno de sus últimos ensayos que Viktor Orbán, primer ministro de su país, no tiene ninguna convicción firme, “solo le interesa acrecentar el poder”. Ese desinterés por las etiquetas ideológicas libera a la extrema derecha europea de definirse en público y facilita la pesca de votos en los caladeros de la izquierda sin más apelaciones que un recurso genérico al nacionalismo económico, al combate contra las miserias heredadas, parecido a aquel que fue tan útil a Hitler y Mussolini. Nada es igual al pasado, pero hay músicas de fondo con estribillos parecidos.

Un efímero tratado de no agresión

Solo nueve días antes de la invasión alemana de Polonia, los ministros de Asuntos Exteriores del III Reich y de la Unión Soviética, Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Mólotov, firmaron en Moscú un tratado de no agresión y cooperación económica que incluía un protocolo secreto. Dicho documento fijaba las áreas de influencia de ambos países en Europa oriental y el reparto de Polonia.

El tratado dejó las manos libres a Adolf Hitler para hacer frente a la declaración de guerra del Reino Unido y Francia, el 3 de septiembre de 1939, sin tener que preocuparse del frente del este. Pero la vigencia del pacto fue breve: el 22 de junio de 1941, Alemania inició la invasión de la URSS (Operación Barbarroja), fundamental a la postre para la derrota del nazismo en 1945.