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La lacra de la violencia

Terrorismo racista frente a terrorismo yihadista: distopías paralelas

Las similitudes entre ambos extremismos son cada vez más patentes para las fuerzas de seguridad

Ricardo Mir de Francia

Terrorismo racista frente a terrorismo yihadista: distopías paralelas

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Aparentemente son como el agua y el aceite, mundos aparte y claramente antagonistas, pero al analizarlos detenidamente el terrorismo racista de los supremacistas blancos y el terrorismo yihadista de los islamistas radicales comparten mucho más que el asesinato indiscriminado de civiles en nombre de una ideología. Tanto en la metodología como en su interpretación de la realidad, cada vez más evidente para las fuerzas de seguridad y los expertos. Los dos albergan una visión apocalíptica del presente; utilizan internet para reclutar a sus cuadros y propagar sus ideas, o se ven a sí mismos como mártires dispuestos a sacrificarse por una causa para que otros emulen su ejemplo. El paraíso de unos es la “santidad” de los otros. El califato islámico de los primeros es el Estado etnocéntrico y cristiano de los segundos. 

Ambos polos se consideran inmersos en una suerte de choque de civilizaciones que reclama acciones violentas y urgentes para salvar a su especie en la gran batalla que se avecina. Los nacionalistas blancos creen que su raza está siendo relegada por la llegada de inmigrantes, los matrimonios interétnicos y los cambios demográficos. En su propaganda o en los manifiestos de sus terroristas, hablan de “genocidio blanco” o del “gran reemplazo”, acuñado a principios de la pasada década por el francés Renaud Camus y ya esbozado en ‘El desembarco’, la novela distópica del también francés Jean Raspail, que describe la destrucción de la civilización occidental por obra y gracia de la llegada de inmigrantes del mundo pobre. En el yihadismo, la obsesión pasa por liberar de “infieles” las tierras musulmanas para recuperar las viejas glorias de su civilización.

Canales de comunicación

Unos llaman a la “guerra santa”, los otros a la “guerra racial” y utilizan internet para airear su propaganda y reclutar adeptos, generalmente entre la juventud más marginada, furiosa y desorientada. Los yihadistas prefieren comunicarse por chats como Telegram; los supremacistas, a través de 8chan o Gab, según los expertos. Los primeros tienen una estructura más organizada, con líderes conocidos como Al Bagdadi o los difuntos Bin Laden Zarkawi. Los segundos son más una hidra sin cabeza, a medida que grupos como el Ku Kux Klan o las Naciones Arias perdían su relevancia. Cada vez más sus acciones son perpetradas por 'lobos solitarios', radicalizados en la sombra y con vínculos difusos en otras organizaciones. En ambos casos buscan generalmente “despertar” a otros para que se sumen al movimiento y emulen sus acciones. 

Quizás lo más peligroso es que ambos movimientos tienen campos de batalla donde aprenden las técnicas del combate. Los radicales islámicos tuvieron Afganistán en los 80, los Balcanes en los 90 y Siria en la última década. Los supremacistas blancos tienen Ucrania, una guerra a la que han viajado 17.000 extranjeros de 50 países desde su inicio, según el investigador Kacper Rekawek, entre ellos, bastantes neonazis y supremacistas. El pistolero de las mezquitas de Nueva Zelanda dijo haber estado en Ucrania en su manifiesto, al igual que cuatro de los individuos procesados tras la marcha racista de Charlottesville (Virginia) en el 2017. 

Quizás la gran diferencia entre los dos polos es el tratamiento que reciben de las fuerzas de seguridad y de los medios. Cuando un joven musulmán se inmola, se le cuelga inmediatamente la etiqueta de terrorista y se le vincula al ISIS Al Qaeda. Cuando es un chaval blanco y cristiano el que comete la masacre, impera la pausa y se le describe como un perturbado, una manzana podrida y descarriada en un tiesto sano.