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PROCESO DE DESCOLONIZACIÓN

Hong Kong, la tensión perpetua

Deng Xiaoping articuló el modelo de un país dos sistemas en las negociaciones de la devolución de la colonia británia a China

Albert Garrido

Margaret Thatcher y Zhao Ziyang, durante la firma de una declaración conjunta del Reino Unido y China para la devolución de Hong Kong, en 1984.

Margaret Thatcher y Zhao Ziyang, durante la firma de una declaración conjunta del Reino Unido y China para la devolución de Hong Kong, en 1984. / NEAL ULEVICH (AP)

La tendencia de Hong Kong a cobijar protestas sociales de gran envergadura no deja de ser una consecuencia de las contradicciones que entraña la idea un país, dos sistemas, acuñada a partir de la retrocesión a China de la colonia británica el 1 de julio de 1997, 155 años después de su conversión en territorio administrado por el Reino Unido. De hecho, las negociaciones para la devolución de Hong Kong a China se plantearon a partir de una realidad ineludible, el vencimiento del arrendamiento por 99 años de los llamados nuevos territorios, firmado en 1898 por el Gobierno británico, y el deseo de Deng Xiaoping, líder supremo de China a finales de los años 70, de mantener la condición de Hong Kong como gran plaza financiera. La colonia debía estar de nuevo en manos chinas, pero no debía ser como China.

El primer contacto para la descolonización lo estableció directamente con Deng el gobernador de la colonia, Murray MacLehose, en 1979. Para el hombre fuerte de China, la negociación se desarrolló entre su proyecto de un Hong Kong capitalista, con división de poderes y elecciones democráticas, aunque tuteladas, y las presiones del maoísmo clásico, debilitado, pero aún muy influyente, que aspiraba a exportar el régimen comunista al territorio en discusión. Las conversaciones directas de la primera ministra Margaret Thatcher con el Gobierno chino en 1982 alumbraron en 1984 la declaración conjunta que fijó la fecha de la retrocesión para 1997, año en que vencía el arrendamiento.

Los términos de la devolución establecieron que Hong Kong sería una región administrativa especial durante 50 años a contar a partir del momento en que los británicos arriaran la bandera, se preservarían el sistema capitalista, la libertad de prensa y la celebración de elecciones libres y se mantendría el dólar hongkonés. Lo que nadie previó fue el rapidísimo crecimiento de China, el impacto que ello tendría en los mercados financieros y la economía global, de la que entonces aún no se hablaba, y la competencia de Shanghái, convertida la ciudad en el buque insignia de la nueva China.

Debate abierto

Ted C. Fishman, autor de 'China S.A.' (2006), intuyó algo de lo que iba a ocurrir porque en los años que siguieron a la declaración de 1984 se sucedieron una serie de acontecimientos que afectaron a la concreción de los mecanismos de control que sobre Hong Kong dispuso China. El primero fue la crisis de Tiananmen (1989), que decidió a Deng a blindarse con una guardia de hierro formada por Li Peng, primer ministro, y Jiang Zemin, secretario general del partido y presidente entre 1993 y el 2003, para presentar batalla a los aperturistas radicales que disintieron de la represión desencadenada, encabezados por el presidente Zhao Ziyang. La conclusión del debate abierto en el Partido Comunista Chino fue que cabía perseverar en la idea de un país, dos sistemas, que era no solo inevitable, sino deseable el viaje hacia un capitalismo sui géneris que reconociera el derecho al enriquecimiento, pero el control de los acontecimientos debía tenerlo garantizado el partido.

Poco tuvieron que decir los sucesivos gobiernos británicos en tal discusión. Mejor dicho, vieron con buenos ojos el crecimiento exponencial de Shenzhen, ciudad próxima a la colonia, como una gran oportunidad para que la Bolsa de Hong Kong ampliara su campo de operaciones hasta la República Popular China, algo que Deng previó que sucedería. El entusiasmo de la City ante la nueva situación contribuyó en gran medida a la pasividad británica. ¿Cabía esperar otra cosa? Con el acuerdo de 1984 en la mano, no se podía hacer mucho más de lo que hizo Downing Street: esperar y ver. A nadie debe sorprender que la reacción británica fuese poco más que rutinaria durante las protestas contra la aplicación de un sistema electoral pilotado desde Pekín (2014) y que lo sea ahora a raíz de la movilización contra la ley de extradición.

El historiador estadounidense Roger Louis, responsable de la 'Historia de Oxford del Imperio Británico', entiende que más allá de la recuperación de un territorio perdido al final de la primera guerra del opio (1839-1842), el interés de Deng por administrar Hong Kong perseguía tres objetivos: impedir que las ideas de democracia y libertad se extendieran sin control al resto de China, una hipotética aplicación del principio un país, dos sistemas a Taiwán y hacer de la excolonia "una fuerza motriz para una mayor creación de riqueza". Deng no pudo ver si sus planes se cumplían: murió el 19 febrero de 1997, menos de cinco meses antes de que se consumara el final de la colonia.

Temas: China Hong Kong