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Un gallo en el banquillo

La queja de unos jubilados molestos con el canto madrugador del animal llega a los tribunales en un pueblo de la costa francesa

Maurice se ha convertido en el símbolo del conflicto entre quienes viven en el mundo rural y los que solo van allí de vacaciones

Eva Cantón

Dos magníficos ejemplares de gallos negros del Penedès.

Dos magníficos ejemplares de gallos negros del Penedès. / archivo

Tiene cuatro años, pesa 2,5 kilos y se llama Maurice. Es el gallo más famoso de Francia y el símbolo de un conflicto sin resolver: el que enfrenta a los que viven en el pueblo con quienes van sólo una temporada de vacaciones para huir del estrés urbano.

Es lo que pasa desde hace cuatro años en Saint Pierre d’Oléron, de 6.700 habitantes y principal localidad de una isla de la costa oeste francesa. A Corinne Fesseau, una famosa cantante de la isla, le regalaron un gallo que hace sus primeros pinitos vocales en 2017 y provoca la ira de los vecinos del pareado contiguo, Jean Louis Biron y Joëlle Andrieux, una pareja de jubilados de Limoges que pasa allí unos quince días al año.

El canto mañanero de Maurice les despierta y deciden presionar para que se lleven al animal a otro sitio. Primero envían correos electrónicos a Fesseau. Luego, un agente judicial se persona en el corral para grabar el kirikí de Maurice y poder abrir un expediente.

Pero para entonces, Maurice es un personaje célebre que empieza a recibir apoyos. Empezando por el del alcalde de Saint Pierre d’Oléron, Christophe Sueur. Cabreado por la historia de Maurice y las quejas que recibe todos los años por el ruido de las campanas de la iglesia y hasta de los barcos de pesca, emitió un bando municipal recordando el “carácter rural del pueblo” y defendiendo el modo de vida en el campo y la presencia de animales.

Patrimonio nacional

A cientos de kilómetros, otro alcalde acude en su auxilio. Bruno Dionis du Séjour, un agricultor retirado al frente del ayuntamiento de Gajac, en la Gironda, publica una carta reclamando que el canto del gallo, el ladrido del perro, la campana de la iglesia, el mugido de las vacas, el rebuzno del asno y el piar de los pájaros sean considerados “patrimonio nacional” y que no se pueda iniciar un proceso judicial en su contra.  “Cuando atacas las campanas, atacas a todo el pueblo. Yo, cuando voy a la ciudad no pido que quiten los semáforos o los coches”, se queja.

Mientras, una petición on line lanzada por la dueña de Maurice y su asociación ‘Los gallos de Oleron enfadados’ lleva recogidas 120.000 firmas. “¿Qué tenemos que prohibir? ¿El canto de las palomas, el grito de las gaviotas, los pájaros que pian todas las mañanas?”, se pregunta.

 “El mundo rural son los 365 días al año. La gente vive ahí e intenta ganarse la vida. Es insoportable que personas que no son originarias de ahí quieran imponer sus ideas”, ha declarado en el diario Ouest-France, el diputado Pierre Morel, que hablará con el ministerio de Cultura para ver si se puede adaptar la reglamentación y evitar episodios como el de Maurice.

Como el conflicto iba engordando, un mediador propuso llevarse el gallo a otro sitio mientras la pareja de jubilados estuviera en su casa de Saint Pierre d’Oléron, pero la dueña del animal dijo que ni hablar.  Y aunque cedió en parte arreglando el corral para que Maurice estuviera encerrado hasta las 8.30 horas, no fue suficiente.

En resumidas cuentas, todos los intentos de solventar el asunto por las buenas fueron en vano y la cosa ha terminado en el tribunal de Rochefort, que tendrá que pronunciarse ahora sobre un hecho insólito.

El abogado de los demandantes, Vincent Huberdeau, no esperaba que el asunto llegara tan lejos y asegura que sus clientes tienen 68 años, están jubilados y solo quieren tranquilidad cuando van de vacaciones a su casa de Oléron. “No son urbanitas que quieren acabar con el medio rural sino jubilados que quieren dormir la mañana”, subrayaba el letrado en ‘Le Figaro’.

El gallo, deprimido

Mientras, el abogado de Fesseau, Julien Papinau, ha asegurado al diario Ouest-France que los de Limoges son los únicos a quienes incomoda Maurice. “Un vecino tiene un niño de 4 años en la habitación de al lado y no le molesta. Es gente que no soporta nada”.

A todo esto, el jaleo que se ha montado parece haber afectado al propio Maurice que, según su dueña, está deprimido y no canta como antes.  “Un gallo tiene que vivir, estar feliz. Tiene que cantar, puede que después de todo este barullo volverá a cantar. Pero no estoy segura”, ha contado en ‘Le Monde’.

Temas: Francia