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HISTORIA DE UN SECUESTRO (2)

Raqqa sin el Estado Islámico

La antigua capital de Daesh pugna por superar los traumas vividos mientras muchos habitantes expresan su alivio tras la expulsión de los ultrarradicales por la alianza kurdoárabe

Marc Marginedas

Militantes del Estado Islámico marchan por las calles de Raqqa, en una imagen difundida por una página de internet en enero del 2014.

Militantes del Estado Islámico marchan por las calles de Raqqa, en una imagen difundida por una página de internet en enero del 2014. / AP

El autoproclamado Estado Islámico cuenta en Raqqa con un emplazamiento, un lugar que durante generaciones permanecerá en la memoria colectiva de los locales como símbolo de sus excesos, su brutalidad y su irracionalidad. Se llama plaza del Paraíso ('Duar al Naeem', en árabe), una céntrica glorieta muy bien situada, a apenas unos metros del estadio municipal, donde los ultrarradicales habían instalado su principal centro de detención y tortura.

Durante el periodo en que Estado Islámico (EI) convirtió a la ciudad en la capital de un vasto país habitado por ocho millones de personas, aquí tenían lugar el grueso de las ejecuciones públicas organizadas por sus milicianos: Cuerpos crucificados y expuestos durante días, cabezas humanas segregadas del tronco y ensartadas en lanzas o vallasdecapitaciones públicas de reos de apostasía, sospechosos de homosexualidad lanzados al vacío desde los terrados en los edificios colindantes...

Evadirse no era una opción para los residentes; estos eran convocados mediante altavoces y obligados a contemplar este alarde de poder y terror, destinado no solo a castigar a los responsables de acciones que los extremistas consideraban como crímenes, sino también a meter en vereda a una población que no hacía mucho se había levantado contra el régimen de Bashar el Asad exigiendo democracia, la antítesis del grotesco 'califato' que los recién llegados habían implantado. Algunas de las más macabras y conocidas acciones atribuidas a las huestes de Abú Bakr al Bagdadi sucedieron en este lugar, que de inmediato pasó a ser conocido en la cultura popular de Raqqa como 'plaza del Infierno'.

Un pasado tenebroso

Con un pasado reciente tan tenebroso, no es de extrañar que la rotonda en cuestión se haya convertido en una de las prioridades del Consejo Civil de Raqqa, el órgano encargado de gobernar la ciudad, a la hora de acometer la reconstrucción. En este lugar yermo vacío, rodeado de escombros y repleto de esqueletos de vehículos carbonizados, según se identificaba en las fotos tomadas inmediatamente después de los últimos combates, hace ahora año y medio, se alza un conjunto de fuentes de buenos acabados, presidido por una inscripción que toda ciudad orgullosa de sí misma asume como eslogan e instala en sus puntos de mayor visibilidad: 'I love Raqqa'. Cuando los policías se distraen, algunos niños se introducen en los surtidores de la plaza y los convierten en bañeras ocasionales con las que se defienden de la opresiva canícula siria. 

Las heridas apenas han comenzado a cicatrizar y la ciudad está literalmente en ruinas. Ya mucho antes de que nuestro vehículo procedente del norte sirio con el equipo del documental a bordo traspase el puesto de control que da entrada a la población, se hace del todo imposible que la mirada evite una destrucción omnipresente, que surge por doquier. Ya sean edificios sin fachada de los que solo quedan las paredes maestras, ya sean montones de cascotes y escombros que a duras penas permiten el paso de coches y camionetas, lo cierto es que las ruinas sirias no tienan nada que envidiar a las de otras localidades que en su día fueron sinónimo de devastación tras una guerra: DresdenBerlín o incluso Grozni, la capital de Chechenia.

Numerosos comercios aún lucen en sus persianas el símbolo del Estado Islámico sobre un fondo negro, constatación gráfica de que sus propietarios pagaron en su día el impuesto que les exigía el liderazgo extremista y emblema que estos no parecen tener prisa en retirar. Pese a que el miedo y la tensión se masca en el ambiente, son muchos los ciudadanos que no ocultan su alivio al comprobar que el EI ha desaparecido de su horizonte y futuro inmediato.

Marc Marginedas, en la plaza del Paraíso de Raqqa durante su regreso a Siria. / EL PERIÓDICO

Khalid regenta un pequeño comercio a medio camino entre una papelería y una librería, y recuerda con enojo las constantes inspecciones a su establecimiento de milicianos extremistas buscando obras prohibidas. En una ocasión fue arrestado y llegó a pasar varios días en una prisión de los alrededores de la ciudad donde, según me comenta, le sacudieron de lo lindo. Lo que más obsesionaba a sus procaces y poco considerados visitantes eran los libros "con fotografías" en la portada o en las páginas interiores. Las versiones más rigoristas de la religión musulmana sostienen que toda representación gráfica, ya sea de seres animados o inanimados, es condenable, aunque en este extremo, como en muchas otras polémicas dentro del islam, ni siquiera existe consenso entre los eruditos.

-"Estuve preso del Estado Islámico. Recuerdo que con nosotros los combatientes presumían de ser los mejores musulmanes del mundo", le explico a mi interlocutor.

-"Esa gente no sabe nada de la sunna (tradición); algunos ni siquiera hablaban árabe", responde raudo.

-"El islam dice ser la religión de la clemencia; ¿dónde estaba la clemencia cuando gobernaban estos extremistas?", replico.

-"No había ninguna clemencia", constata con rotundidad.