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DRAMA MIGRATORIO

Samos: la cárcel al aire libre en la frontera este de Europa

3.000 refugiados e inmigrantes viven hacinados en tiendas de campaña rodeando el campo de Vathy, con capacidad para solo 650 personas

Adrià Rocha Cutiller

Campo de refugiados en la isla de Samos (Grecia). 

Campo de refugiados en la isla de Samos (Grecia).  / Adrià Rocha Cutiller

Christian salía el viernes por la mañana de su tienda de campaña cuando justo delante de él, al lado de la carpa de enfrente, la vio: una serpiente de dos metros que paseaba por ahí. El joven, nacido en Camerún, con un palo -porque no tenía nada más- consiguió atraparla y después matarla.

Estaba indignado: "Esto está lleno de ratas, de serpientes. Después de matarla la agarramos entre unos cuantos y la llevamos al despacho de la ‘mudira’, para que vea las condiciones en las que nos condena a vivir. Este es un lugar inmundo. No se puede vivir aquí", dice Christian.

Aquí es el campo de refugiados de Vathy, en la isla griega de Samos, y 'Mudira', la palabra -en árabe- con la que los refugiados, todos, conocen a la directora del centro. Es, seguramente, la persona más odiada y codiciada de toda la isla.

Manifestación en el campo de refugiados de Samos, Grecia. / EL PERIÓDICO

En el campo, en la actualidad, viven unas 3.000 personas, atrapadas en un espacio acondicionado sólo para 650. Todas, además, están encerradas en Samos, de dónde no pueden salir porque el pacto que, en el 2015, firmaron la Unión Europea, Grecia y Turquía convierte a las playas turquesas de las islas griegas en los barrotes que contienen hacinadas a las personas que llegan desde Anatolia en lanchas inflables.

Porque, aunque sean pocas, siguen haciéndolo: desde enero, 10.080 personas han llegado a Grecia desde Turquía por mar. En mayo, el número ha sido de 3.000123 de media al día. En Samos, el número diario está en la treintena, y estas semanas de principios de verano, con la cifra en aumento, el sol reina inclemente. Es mediodía, y el bochorno convierte el campo en lo que parece un desierto de tiendas de campaña deshabitadas rodeadas de basura por todos lados.

Sus habitantes están dentro de las carpas, cobijándose del sol. "Llegué aquí hace ocho meses" -dice Fabrice, congoleño, que, hábil, ha extendido de su tienda un toldo en forma de carpa- "y las autoridades del campo me han dado la entrevista para pedir el asilo a mediados del 2021. En dos años. ¿Qué quieren? ¿Que esté aquí encerrado por tres años? ¿Que muera aquí? Esto es una cárcel. Samos es una cárcel".

Años y años

El campo de refugiados de Samos está dividido en dos: el interior del campo, donde las condiciones son algo mejores, está habitado, por lo general, por familias y personas venidas de Afganistán, Siria e Irak. Pero eso es solo una parte: la mayoritaria es la que está fuera del recinto, rodeándolo: aquí, porque generalmente vienen solos y porque sus peticiones de asilo tardan mucho más, los africanos mandan en número. Son, sobre todo, de la República Democrática del Congo y de Camerún.

Christian, un refugiado camerunés, a la espera de ser transferido fuera de la isla de Samos. / Adrià rocha cutiller 

Todos explican lo mismo: que sus entrevistas están programadas para el 2020, el 2021, el 2022 y, en algunos casos, hasta el 2023. Pero tener la entrevista tampoco es garantía de nada, porque a mucha gente se le rechaza la petición a la primera intentona. Y eso solo significa una cosa: que la isla se convierte en una prisión.

"Grecia debe acelerar los procesos", dice Pipina Katsari, jefa de la misión de ACNUR en Samos. "Hemos visto algunos esfuerzos, pero las islas están sobrepasadas. Por culpa del congestionamiento en el campo, los servicios no son adecuados. Y la larga estancia a la que se somete a la gente provoca muchos problemas sanitarios y de enfermedades". Médicos de la isla hablan de muchísimos casos de ansiedad, epilepsia, estrés y problemas cardíacos.

La espera termina

Christian, convertido en héroe justiciero de serpientes y que lleva un año en Samos, tuvo suerte: hace dos meses recibió la aprobación de todos sus papeles y se le dio, por tanto, permiso para abandonar la isla. Pero el gobierno griego no le ha recolocado.

"Hace mucho que espero y nadie me dice nada. Si me voy ahora de Samos me quedaré en la calle y sin nada. Sigo atrapado en este campo. Esto es un infierno. Por la noche tengo pánico porque no sé qué está al otro lado de la tela. No duermo", dice, y que se pasa el día entero, de principio a fin, escuchando la megafonía -la voz temida y omnipotente de la ‘mudira’-, que llama, cada tanto, a las personas que ese día serán enviadas en ferry hacia Salónica o Atenas. Aún no le ha tocado.

Quedarse en Grecia

Tanto Christian, como Fabrice, y los otros 3.000 inquilinos del campo de refugiados lo saben: que su viaje, es casi seguro, terminará una vez lleguen al continente griego. Que Europa ha cerrado sus puertas. "Si pudiese iría a otro país, claro, pero ahora ya me da igual. Yo lo que quiero es poder vivir. Tener un trabajo y ganarme la vida dignamente. Si esto lo puedo hacer en Atenas o Salónica, me está bien", explica Fabrice.

Ha habido un cambio: hace unos años, la gente que llegaba a Grecia pedía estudiar, siempre, inglés primero y alemán después. El inglés sigue reinando, por supuesto, pero el alemán ha perdido fuelle. Ahora los refugiados aprenden griego.

Campo de refugiados en la isla de Samos. / Adrià rocha cutiller 

15.000 atrapados en las islas griegas

En la actualidad, Grecia, un país de 10 millones de habitantes, tiene dentro de sus fronteras a casi 80.000 solicitantes de asilo, en su mayoría afganos y sirios. De ellos, 15.000 están en las islas, atrapados a la espera de que su petición sea evaluada.

Cada verano, cuando las llegadas crecen, las islas acaban, siempre, colapsadas. En mayo de este año, por ejemplo, han llegado desde Turquía 3.000 personas; y el gobierno ha reubicado a 2.345. Una cifra insuficiente. Alexis Tsipras, primer ministro heleno, prometió en navidades vaciar los campos de las islas antes de verano. No lo ha cumplido.